El Athletic se olvida del descuento

El Athletic se olvida del descuento
IGNACIO PÉREZ | FERNANDO GÓMEZ

Un apagón en el tiempo añadido arruina el buen trabajo del equipo de Ziganda, que hizo méritos para lograr la victoria y sin embargo estuvo a punto de perder

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Hay que convenir que a este Athletic siempre le falta algo. Este sábado, por ejemplo, le faltó un poco de suerte, un árbitro con mejor vista y, sobre todo, una gestión normal de los minutos de descuento, que fueron una calamidad. A los rojiblancos, que habían hecho méritos de sobra para ganar, se les apagaron las luces en el momento menos indicado, en la zona Cesarini, como dicen en Italia. El resultado de este desastre técnico o natural fue que un partido que tenían en el bolsillo no lo acabaron perdiendo de milagro. Y es que, aparte de encajar el empate en el minuto 91 en una buena llegada de Brais Méndez, el pitido final se produjo justo cuando a Maxi Gómez le acababan de anular un gol un poco después de que Kepa acertara a desviar al poste, con una estirada fantástica, un chutazo desde el borde del área.

De manera que la gente rojiblanca salió de San Mamés sin saber qué pensar, cariacontecida. Dispuesta como estaba a aplaudir a sus jugadores, que se habían fajado con dignidad y se habían merecido los tres puntos, de repente se vio sumida en una mezcla de estupor y bajonazo moral. Y no supo bien lo que hacer, salvo desear, todavía con más fuerza, que termine esta temporada tan ingrata. Bien mirado, es el mejor deseo que se puede tener cuando ya no hay nada en juego y hasta en sus tardes más potables el equipo acaba haciendo borrones inexplicables en su maltrecha y deficiente hoja de servicios.

El caso es que se acabó ensombreciendo una tarde bastante agradable en San Mamés, donde se dio cita más público del previsto. Que con todas las cosas que se podían hacer -o bellos lugares en los que se podía estar- más de treinta y tres mil personas optasen por presenciar el Athletic-Celta no dejaba lugar a dudas: el Athletic es invencible. Esta es la sensación que nos quedó a muchos al ver semejante gentío cuando esperábamos unas gradas casi vacías y un ambiente lúgubre de procesión zamorana. Como quizá los propios jugadores rojiblancos esperaban también algo así, la modesta pero respetable afluencia de público y el buen rollo vacacional les animó. Y ello les permitió tomar la iniciativa ante un Celta que decidió jugar andando durante los primeros 45 minutos. Y más allá. En realidad, los gallegos sólo existieron en el último cuarto de hora, a partir de la entrada de Tucu Hernández y de Sisto, y sobre todo en el descuento, donde gastaron toda su pólvora.

Fue la suya una imagen extraña, tan abúlica y contraproducente en un teórico aspirante a la Europa League que algunos, viendo a Sergio perder tiempo con avaricia en cada saque de puerta y al resto del grupo yendo de aquí para allá a trote cochinero, llegamos a sospechar que podía tratarse de una malévola táctica de Unzué. Dormir el partido hasta el descanso -nunca mejor dicho- y dar el golpe en la reanudación. Así las cosas, el Athletic pudo jugar con más comodidad de la prevista. Pese a sus buenos peloteros y a ese fuera de serie que es Iago Aspas, los gallegos apenas se acercaron a la portería de Kepa en toda la primera parte. Un cabezazo muy malo de Jonny, que fue una calamidad durante los noventa minutos, fue lo único parecido a una ocasión de gol que lograron fabricar.

Williams afilado

Los pupilos de Ziganda, en cambio, funcionaron con propiedad. Presionaron bien y hasta llegaron a circular el balón dignamente. Su fútbol no pasaba del aprobado, pero lo cierto es que el equipo se movía con criterio y buscaba con ahinco los errores de la defensa celtiña, blanda y abotargada. En cuanto Williams se afiló un poco, empezó a hacer una sangría. Fue el hombre del partido, sin duda. Trabajó hasta quedar exhausto, fue una pesadilla para sus marcadores, le hicieron un penalti (y medio) que el árbitro no pitó, y dispuso de varias ocasiones de gol, la mejor un cabezazo en el minuto 34. Su impacto en el choque fue enorme. El problema es que los daños que provocó no se tradujeron en goles. Algo ya habitual. Y lo queramos o no a un delantero centro -y Williams jugó en esa posición hasta la salida de Aduriz en la recta final- se le mide por sus goles.

En su descargo, eso sí hay que decir que tuvo mala suerte con el colegiado. Del Cerro Grande le maltrató y fue raro porque siempre ha sido un árbitro que ha tratado al Athletic con cierto cariño, hasta el punto de que solíamos celebrar sus designaciones. No tanto como las de nuestro predilecto Gil Manzano, claro que no, pero con cierta satisfacción. Su presencia nos ofrecía la tranquilidad de que nada muy malo o enrevesado podía pasarnos. De ahí la sorpresa y la indignación de muchos, escandalizados por los dos penaltis que tuvo que pitar y se olvidó de hacerlo. A algunos sólo les faltó improvisar a toda velocidad una pancarta: «¿Tu también Bruto, hijo mío?»

Las penalizaciones del árbitro madrileño, sin embargo, hubieran pasado más o menos desapercibidas si el Athletic hubiese mantenido el control del partido hasta el pitido final haciendo valer el primer gol de Unai Núñez como rojiblanco. Pero no fue posible. A raíz del cabezazo de Maxi Gómez en el minuto 77 y de las entradas de Sisto y el Tucu, el Celta empezó a coger aire. Eso le cambió la cara, le quitó la palidez, aunque su fútbol continuó siendo bastante plano e inofensivo. Su mejor oportunidad, de hecho, fue un disparo criminal hacia su portería de Iñigo Martínez que Kepa salvó in extremis. En fin, que todo parecía que iba a extinguirse con un suspiro, como quería el poeta que se extinguiera el mundo, y no fue posible. En la prórroga llegó el estruendo que amargó el partido a la penitente parroquia rojiblanca.

Athletic - Celta

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