Segundo ‘match ball’ salvado

Williams celebra el gol de la victoria frente al Hertha./Manu Cecilio
Williams celebra el gol de la victoria frente al Hertha. / Manu Cecilio

Apoyado en Herrerín y en dos penaltis regalados por el Hertha, el Athletic remonta en la segunda parte y se queda a un solo punto de la clasificación

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Segundo 'match ball' salvado. Un empate en Ucrania clasificará al Athletic. Esta es la cuenta que hay que hacer. El cuento, es decir, el relato del partido, casi sería mejor obviarlo. Digamos que el equipo de Ziganda ganó de la única manera que es capaz de hacerlo hoy en día: tirando de redaños en la segunda parte, aprovechando los regalos del rival -en este caso dos penaltis que transformó Aduriz-, y apoyado en las intervenciones providenciales de su portero. No hay otra forma. El fútbol del equipo sigue siendo de una pobreza alarmante. Descorazonadora. Tanto es así que los aficionados rojiblancos presentes en San Mamés celebraron la victoria, faltaría más, pero se fueron a casa con la misma cara de preocupación que les acompaña toda la temporada. Cómo no iban a tenerla tras haber presenciado la primera parte, una calamidad.

El Hertha tenía ilusión por la Europa League y lo demostró desde el pitido inicial. A partir del mismo saque de centro intentó una jugada de ataque y acabó centrando desde la banda. Fue obligatorio tomar nota. El equipo de Dardai, con casi tres mil seguidores en las gradas, había venido a San Mamés con esa determinación que los deportistas alemanes llevan en los genes. Podrían envasarla al vacío y venderla en los supermercados. Convertido, por tanto, en un rival muy serio, el Hertha no tardó en sacar los colores al Athletic, cuya actitud fue justo la contraria. Débil, confusa y medrosa. La gente acabó pitando al equipo en el descanso y con toda la razón del mundo. Y es que la primera parte fue una de las más deprimentes de la temporada y miren ustedes que hay competencia en ese museo de los horrores.

Los rojiblancos no dieron una a derechas. No les funcionó nada, ni siquiera los dos hombres de refresco en el centro del campo, Rico y Aketxe. Apenas se les vio. El problema es que ese mismo mal -la invisibilidad, me refiero- la padecieron Córdoba, Aduriz, que al menos asomó para marcar de penalti el fugaz 1-1, y Williams, cuya mayor contribución fue provocar esa pena máxima. Y qué decir de San José, para más inri capitán ayer. El ‘Cuco’ parece estar dispuesto a inmolarse con él. Debe ser un tipo de acto penitencial navarro que a mí se me escapa. En realidad, todo el equipo parecía estar contagiado de un mal que le ablandaba por dentro, que le hacía ir y venir por el campo con el encefalograma plano y a un ritmo más propio de los veteranos del Botafogo tras una resaca de Carnaval que de un equipo de la Europa League.

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Daba pena ver a los rojiblancos, que convierten a sus rivales en el Milan de Sacchi. Es asombrosa esa capacidad que tienen de agigantar al rival. Tengo miedo a que venga el Formentera y parezca la Hungría de Puskas. Los berlineses pudieron jugar con una comodidad que nunca hubieran imaginado. Ya en el minuto 4, Herrerín salvó a los suyos del 0-1. Volvería a hacerlo más veces. En el minuto 12, una doble parada soberbia dejó claro que, más allá de lo que ocurra con Kepa, la portería es el puesto mejor cubierto de la plantilla del Athletic con mucha diferencia. Herrerín, eso sí, no puede hacer milagros. El Hertha siguió atacando, siempre a través de Lazaro, Leckie y Selke, y acabó logrando el 0-1.

Fue desconsolador ver la manera en que el Athletic permitió el centro de los alemanes y lo fácil que lo tuvo Leckie para rematar de cabeza. Ese desconsuelo, sin embargo, se convirtió en irritación poco después. Los rojiblancos habían logrado algo milagroso: marcar un gol con su fútbol pobre y rumiante. El 1-1 era un resultado magnífico. Pues bien, duró un minuto. Lo que tardó la defensa del Athletic en defender mal un balonazo largo de Kraft. Laporte, de nuevo en su versión defectuosa, no vio a Lazaro, que centró de maravilla a la carrera de Selke.

La heroica

A San Mamés se lo llevaban los demonios. El meneo de los germanos continuó hasta el descanso, de ahí los pitos. Más allá de la bronca, sin embargo, quedaba una esperanza para la segunda parte. La de siempre. El abordaje típico de las situaciones desesperadas. La heroica. La agonía. El zafarrancho. El irrintzi montaraz. Llámenlo como quieran. A falta de fútbol, temperamento. Para ese cometido, Ziganda cambió un par de piezas en el engranaje. Iturraspe sustituyó a San José y Susaeta a Aketxe. Luego saldría Raúl García. Los rojiblancos cumplieron lo que se esperaba de ellos. Tiraron hacia arriba y el público les respaldó en sus acometidas. Su juego no pasaba de voluntarioso, pero a base de intensidad y adrenalina acabaron encerrando al Hertha.

Kraft empezó a tener trabajo tras una primera parte eminentemente turística. No eran ocasiones claras, pero sí un goteo de llegadas en las que siempre puede pasar algo. Por ejemplo, que tu central con más oficio, el capitán Langkamp, que ya había cometido el penalti sobre Williams en la primera parte, regalara un segundo, en esta ocasión con unas manos incomprensibles. Vaya manera de arruinar a los tuyos. Tagliavento pareció dudar, pero terminó señalando los once metros. Aduriz cambió de palo y marcó con suspense. Era el minuto 65. Quedaba, por tanto, una eternidad. Más exigido ya que el empate le dejaba casi condenado, el Hertha volvió a estirarse. El partido se convirtió en un toma y daca. El Athletic aprovechó mejor el descontrol y acabó firmando el 3-2, obra de Williams, en un magnífico contragolpe. Verlo para creerlo. Eso pensarían los berlineses tras el pitido final, que llegó segundos después de que Selke perdona el 3-3 en una volea dentro del área.

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