Raúl García calma las aguas

Los jugadores rojiblancos celebran uno de los goles de Raúl García./MANU CECILIO | JORDI ALEMANY| BORJA AGUDO
Los jugadores rojiblancos celebran uno de los goles de Raúl García. / MANU CECILIO | JORDI ALEMANY| BORJA AGUDO

Dos goles del jugador navarro en los primeros veinte minutos dan al Athletic una victoria tranquila y rebajan la tensión ambiental

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

El Athletic de Ziganda logró ayer su objetivo. Quedó demostrado tras el pitido final, cuando el público se fue de San Mamés tranquilo y el himno del club sonando a todo volumen no pareció un recurso acústico para tapar los pitos y los dicterios del gentío. Esta vez no los hubo. Y de esto se trataba, de que el estadio no fuese un polvorín y la indignación reinante estallara. De que la noche transcurriese sin sobresaltos tuvo gran parte de la culpa Raúl García, impecable en dos remates que decidieron el partido en veinte minutos. Ziganda le tiene que estar muy agradecido a su paisano, que lleva un par de meses muy bajo de juego, pero tiene carácter y gol, dos atributos que valen su peso en oro. Y más en este Athletic cuyo juego sigue siendo deplorable. Lo es hasta el punto de cualquier migaja del juego se celebra como si fuese una maravilla. Es lo que tiene el hambre.

Los rojiblancos se encontraron con una buena noticia nada más empezar. Hablamos de la actitud del Leganés, que no salió con el cuchillo entre los dientes, precisamente. Lejos de mostrar su versión rocosa y solidaria, la que le ha permitido sostenerse en Primera con tanto mérito e incluso eliminar de la Copa al Real Madrid, el grupo de Asier Garitano salió en plan contemplativo. Con los puestos de descenso a trece puntos, se le notaba a la legua ese relajo espiritual de los equipos que ya han hecho los deberes y disfrutan de la mar en calma de la media tabla. El Athletic agradeció sobremanera las pulsaciones tan bajas del rival y, sin grandes alardes, pudo ocupar su campo y buscar un poco de profundidad por las bandas. En una de esas incursiones, cumplido el minuto nueve, De Marcos puso un centro en el área y Raúl García cabeceó a gol aprovechando un salida horrible de Cuéllar.

Dos cosas a la vez

El navarro celebró con rabia el tanto. Normal. Llevaba tiempo a un nivel pobre. Le había abandonado hasta el desodorante del gol. Y necesitaba resarcirse. Lo hizo como mejor sabe hacerlo: rematando. Raúl García le pega con todo y con todo bien. Esto siempre es un gran valor, pero en un equipo como el Athletic, donde ver una jugada bien trenzada es casi como ver la aurora boreal desde el Pagasarri, es una fuente de vida. Esta impresión tuvo la hinchada cuando, en el minuto 16, el futbolista navarro marcó el 2-0 en una acción que le retrató. En una misma jugada, tuvo tiempo de chutar, protestar al árbitro pidiendo manos del rival y volver a rematar el rechace a gol. Seguro que tiene mérito esta capacidad para hacer dos cosas a la vez. En el caso de Raúl García, sin embargo, es que son muchos años de práctica. Toda una vida protestando y rematando, generalmente por separado pero a veces al unísono. Su gran genialidad, su obra cumbre en mi opinión, sería estar en el suelo jurando en arameo por un golpe en la cara y mirándose si le sangra la nariz como él suele hacerlo y, de repente, pegar un respingo y marcar de chilena.

El segundo gol tuvo un efecto calmante. Quitó al partido su carga de tensión. Pese a que San Mamés registrara la peor entrada en lo que va de Liga, había en las gradas miles de aficionados con el colmillo retorcido, cansados e irritados por una temporada lastimosa. Digamos que eran gente muy sensible a la que el equipo de Ziganda no podía volver a maltratar. Con el partido bien encarrilado y el Leganés en un extraño estado gaseoso -sólo Amrabat y El Zhar parecían un poco enchufados-, San Mamés entero se relajó. A algunos se les vio envainar sus espadas. Y los jugadores rojiblancos debieron percibir ese ambiente de paz porque decidieron dedicarse a pasar el rato y a disfrutar de la paz reinante.

Un gran Kepa

Todo se volvió muy plomizo; más de lo que ya lo era. El equipo pepinero, eso sí, decidió estirarse un poco, se supone que picado en su honrilla. Y no tardó nada en comprobar que no hacía falta descifrar la piedra de Rosetta para crearle peligro al Athletic. Bastaba con muy poco. Apareció entonces en el partido Kepa Arrizabalaga, cuya figura se está agradando a ojos vista. El portero de Ondarroa firmó tres paradas excepcionales antes del descanso. La primera, en el minuto 28, tras un remate de Iñigo Martínez hacia su propia portería en un intento de despeje, fue impresionante, al alcance de muy pocos. El Athletic, en fin, empieza a tener un portero de esos que decide partidos, cada vez más asentado y poderoso. No podemos saber si Florentino Pérez se estará estirando de los pelos por haberlo dejado escapar, pero debería.

La segunda parte continuó por los mismos derroteros. Los rojiblancos se dedicaron a controlar la situación, sin más. Lo de liarse la manta a la cabeza e intentar dar un poco de espectáculo no fue posible. En realidad, no entraba en los planes de nadie. Este equipo da para lo que da. De manera que hubo que conformarse con asegurar el marcador, crear dos o tres ocasiones más en la portería de Cuéllar en jugadas aisladas y contemplar cómo el Leganés, pese a su dominio territorial, pifiaba todas sus llegadas -las tuvo hasta en el descuento- y no podía lograr ni el gol de la honrilla. ¿Que fueron 45 minutos soporíferos? Cierto. Pero a día de hoy el sopor casi lo metabolizamos y nos conformamos con que los minutos que pasa el Athletic en el campo no sean indignantes. Y esto se logró.

Athletic - Leganés

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