San Mamés se indigna con el adiós a Europa

San Mamés mostró su descontento al final del encuentro./Ignacio Pérez
San Mamés mostró su descontento al final del encuentro. / Ignacio Pérez

El Athletic de Ziganda colma la paciencia de su afición tras ofrecer de nuevo una imagen pobrísima y caer ante un Olympique de Marsella que le ha dejado fuera de la competición continental con la gorra

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

La inercia del periodista, la vieja tentación del lugar común, nos llevaría a escribir que ayer no se produjo el milagro y el Athletic quedó eliminado de la Europa League tras perder con el Olympique de Marsella en San Mamés. Y efectivamente así sucedió. Ahora bien, esa información tan cierta estaría desenfocada. Porque, en realidad, el milagro ya había sucedido antes del partido. El verdadero milagro era que un equipo de la pobreza futbolística del Athletic estuviera en los octavos de final de una competición europea y salvado en la Liga con quince puntos de distancia sobre el descenso. Lo de ayer, la derrota ante un Olympique que se paseó por San Mamés y ganó con la gorra, no fue más que el finiquito definitivo a una temporada lamentable. Ya no quedan clavos ardiendo a los que agarrarse, ni nuevas oportunidades para la venta de humo a granel a los aficionados. Queda un erial, un proyecto en ruinas, si alguna vez estuvo en pie, que a día de hoy avergüenza a la hinchada de San Mamés. Lo demostró con una gran pañolada al final del encuentro. Y decimos pañolada para mantener la convención. El público agitó las cartulinas que el club le había dado para hacer el mosaico inicial; toda una paradoja.

El partido se presentó con una escenografía imponente: el enorme mural de un león, recortado sobre un cielo de tormenta, en la Tribuna Este, las pancartas gigantes en los anillos, el mosaico en las gradas... Todo ello mientras sonaba el himno del Athletic a todo volumen y los ultras marselleses quemaban sus bengalas. Parecía que la batalla iba a ser tremenda, que ardería Troya. Y, sin embargo, sucedió todo lo contrario. El partido arrancó sin energía, desenchufado, como si ninguno quisiera iniciar las hostilidades. Beñat sacó de centro directamente fuera de banda, algo que repitió el Olympique tras el descanso vaya usted a saber por qué, y quizá esa jugada insólita dejó a la gente un poco aplatanada. Madre mía qué manera de empezar, qué manera de llamarnos al abordaje, se dirían para sus adentros.

1 Athletic

Herrerín, De Marcos, Yeray (Unai Núñez, min. 44), Etxeita, Lekue, Beñat (Vesga, min. 78), Iturraspe, Williams, Mikel Rico (Susaeta, min. 23), Córdoba y Aduriz.

2 O. Marsella

Mandanda, Sakai, Rami, Rolando, Amavi, Luiz Gustavo (Zambo Anguissa, min. 55), Lopez (Sanson, min. 78), Thauvin (Sarr, min. 66), Payet, Ocampos y Mitroglou.

Goles
0-1: min. 38, Payet (p.). 0-2: min. 52, Ocampos. 1-2: min. 74, Williams.
ÁRBITRO
Anthony Taylor (inglés). Amonestó a Williams del Athletic y a Rami del Marsella; y expulsó por doble amarilla a Aduriz (min. 76), del conjunto local.
iNCIDENCIAS
Partido de vuelta de octavos de final de la Liga Europa disputado en el estadio de San Mamés ante 40.586 espectadores. Dos guardias de seguridad han resultado heridos por ultras del Marsella. El conjunto galo pasa a cuartos con un marcador global de 5-2.

Mucho hablar de la importancia de adelantarse en el marcador, pero el caso es que los rojiblancos no dieron la más mínima sensación de peligro. ¿Sería algo calculado? ¿Habrían visto por fin Ziganda y sus jugadores la película ‘89’ -o se la contaron Aduriz y De Marcos- y querrían copiar la táctica de George Graham en Anfield Road, es decir, llegar a cero al descanso, abrir el marcador mediada la segunda parte y dar la puntilla en los instantes finales? Pues no. Todo era pura impotencia. ¿Remontada? No creían en ella ni los propios jugadores, que saben reconocer a un equipo indigente aunque sea el suyo. El Athletic, con Mikel Rico de media punta hasta su retirada por lesión en el minuto 21, sólo tenía una estrategia en ataque. Y era más vieja que un clavicordio: buscar a Williams con balones largos y tirar centros desde la banda. Nada, en fin, que creara problemas a un equipo con el oficio del Olympique de Marsella, que se fue asentando en el campo hasta dar la sensación de que lo tenía controlado.

Lo peor para el Athletic, desde luego lo que mejor reflejaba la pobreza de su juego, es que la tropa de Rudi García no necesitó ni hacer méritos durante la primera parte para estar más tranquilo que un ocho. Sólo un cabezazo alto de Aduriz a pase de Córdoba en el minuto 25 se pudo consignar como ocasión de gol. ¿Cómo no iban a dedicarse a pasar el rato si el domingo se la juegan contra el Olympique de Lyon? Su superioridad era evidente. Y no se trataba de que hiciera más cosas que el Athletic -hasta el 0-1, de hecho, sólo había creado una ocasión al principio que Herrerín despejó con brillantez- sino la sensación de absoluto dominio que transmitía.

Con Thauvin apareciendo con cuentagotas, allí el amo era Payet, un futbolista extraordinario, de los que hace de todo: cortar, mandar, jugar, repartir, poner pausa y marcar goles. Cada vez que le daba por activarse un poco, al Athletic le dolían todos los huesos. En el caso de los aficionados, ese dolor tenía que ver con la comparación, odiosa como pocas: la de Payet y cualquier centrocampista ro jiblanco de la actualidad. El jugadón que se marcó para terminar provocando el penalti que supuso el 0-1 en el minuto 37 fue espectacular. Con ese gol quedó sentenciada la eliminatoria. Dicho así, el cronista siente que cae en la inercia, en la vieja tentación del lugar común. Y es que la realidad es que la eliminatoria estaba sentenciada desde el partido del Vélodrome y puede que incluso antes, desde el mismo sorteo, dada la diferencia existente entre los dos equipos.

La segunda parte fue un calvario. Todos hubiéramos agradecido al inglés Anthony Taylor que pitase el final en el minuto 52, cuando Ocampos firmó el 0-2 con un zurdazo cruzado magnífico. El partido, sin embargo, continuó y el paso de los minutos tampoco fue inclemente para los locales, que se libraron de una tunda y hasta lograron marcar el gol de la honrilla... Lo firmó Williams, empujando la pelota sobre la raya. Fue lo único decente que hizo durante los noventa minutos este futbolista cuya capacidad de autocrítica le alcanza para decir que «a veces» le falta «una pizca» de lucidez de cara a portería. ¿A veces? ¿Una pizca? Un grande el tío. Aunque tampoco es cuestión de personalizar. La verdad es que ayer no se libró ni el apuntador. Ni los más fiables. Yeray, por ejemplo, se fue lesionado y Aduriz, expulsado. Lo peor fue la gente, que harta de todo dijo lo que pensaba al equipo, al entrenador y al palco.

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