Regusto amargo en Riazor

Regusto amargo en Riazor
MANU CECILIO

El Athletic mejoró su rendimiento como visitante, pero el error de recular las dos veces que se puso en ventaja le condenó a empatar un partido que debió ser suyo

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

A veces se hace muy difícil entender las reacciones de los equipos, concretamente su atracción por el abismo. Ocurrió este domingo a la mañana con el Athletic en Riazor, donde sólo pudo rascar un empate en un partido en el que se adelantó en dos ocasiones. Los rojiblancos no saben defender. No es algo que lo digamos los cronistas o los aficionados, sino que lo reconoce en público su propio entrenador. Pues bien, ahí surge la gran pregunta que nos perseguirá en los próximos días. ¿Por qué un equipo se pone a hacer lo que no sabe en el momento más inoportuno? ¿Por qué cada vez que logró adelantarse, sobre todo tras el 0-1, el Athletic acabó dando un paso atrás y viendo cómo acababa perdiendo la ventaja? Habrá que achacarlo a los nervios que provoca la exigencia de buenos resultados que tienen los rojiblancos, colgados de la cornisa por la que uno cae a los puestos de descenso.

El empate acabó teniendo mal sabor para el Athletic, que se dispone a recibir al Madrid con una victoria en sus diez últimos partidos de Liga. El 2-2 fue más o menos justo atendiendo a las alternativas del juego y a las ocasiones de los dos equipos. Pudo tener alguna más el Athletic en la segunda parte ¬–un chutazo al poste de Iturraspe y un disparo cruzado de Williams que también tocó en la madera–, pero lo cierto es que Juanfran tuvo el 3-2 en el último segundo. El amargor para el equipo de Ziganda tuvo que ver con la percepción de que, a poco que hubiera tenido cuajo y carácter para no recular cuando se vio en ventaja, la victoria hubiera sido suya sin ningún género de dudas. Entre otras razones, porque la defensa del Deportivo es una de las mayores calamidades de la Liga. Si el Athletic tiene problemas en su zaga, los gallegos tienen un agujero negro. Lo de Albentosa ayer fue como para que, al acabar el partido, le regalaran una armadura, un casco y una espada y le dijeran que busque trabajo como extra en ‘Juego de Tronos’.

Ziganda sorprendió a todos con la alineación. Que De Marcos volviera al once podía ser una posibilidad, aunque tampoco era lógico apostar por ello teniendo en cuenta que llevaba tres meses sin jugar un minuto. Quiero decir que, en general, tras una larga lesión, los futbolistas reaparecen poco a poco, no de sopetón y menos en un partido en el que te estás jugando el bigote. Y no sólo el de ‘november’ sino el que te puede salir en ‘december’. Que el de Laguardia jugara, además, como media-punta, volviendo a los viejos tiempos, era algo que nadie podía esperar. Había que interpretarlo como un experimento en una situación de necesidad y como un toque de atención a Raúl García. Mucho más entendible fue que Susaeta saliera de inicio, esta vez por la izquierda pero con libertad de movimientos, y que la pareja de medios centros la formaran Mikel Rico e Iturraspe. Lo raro, de hecho, es que no lo lleven siendo desde hace tiempo.

Depor - Athletic

Los cambios mejoraron claramente la versión que el Athletic ha venido dando fuera de casa. Tampoco es mucho decir, pero hay que consignarlo. La puesta en escena fue la correcta. Los pupilos de Ziganda quisieron el balón y lo manejaron con alegría y dinamismo ante un Deportivo en el que Cristóbal ha impuesto un libreto muy simple. Acumulación de tropa por detrás del balón, Lucas Vázquez en punta y dardos al contragolpe. El problema de esta táctica no es que sea bastante jurásica sino que, para ser efectiva, necesita de una retaguardia solvente. Practicarla con la defensa que tienen los coruñeses es pasarse el partido jugando a la ruleta rusa.

Los rojiblancos se fueron sintiendo cada vez más gusto y el minuto 16 encontraron la recompensa que buscaban. Todo comenzó con una recuperación de Mikel Rico en el centro del campo, donde el de Arrigorriaga viene a ser una curiosa mezcla de secador y aspiradora. A este Athletic su energía desbordante le viene como anillo al dedo. El balón fue a parar a De Marcos, que tiró hacia arriba hasta que encontró a Aduriz. La espuela del donostiarra fue una maravilla. Sólo por disfrutar de la expectativa de verle hacer este tipo acciones de orfebrería uno le renovaría de por vida y le seguiría por los campos de Dios como algunos taurinos seguían a Curro Romero cuando ya sólo era capaz de dejar su perfume en el paseíllo. Susaeta se encontró sólo delante de Rubén y le batió por bajo. Fue uno de esos golazos que dan categoría a un equipo.

A partir de ese momento, se trataba de insistir, de jugar con la ansiedad del Deportivo. Pues bien, el Athletic hizo justo lo contrario. Hubo un dato estadístico que lo explicó todo. Pasado el cuarto de hora, tras el 0-1, la posesión de los bilbaínos era de un 54%. En el minuto 35, cuando Adrián empató tras aprovechar un barullo en el área, ese porcentaje se había desplomado al 40%. El error fue mayúsculo porque el partido era suyo y dejó que se le escapara.

La segunda parte arrancó con bastante equilibrio. Las dos defensas hacían sufrir a sus equipos, que no eran capaces de imponerse en un pulso más animoso que lúcido. El Athletic, sin embargo, volvió a aprovechar una exquisitez de su delantera para ponerse en ventaja. Raúl García, que tuvo que entrar en el minuto 53 ya que De Marcos se lesionó de nuevo, hizo un control de espaldas magnífico y dio una gran asistencia a Williams, que batió a Rubén con un disparo cruzado. La jugada –y en general el juego del navarro esta temporada– volvió a hacer evidente que su futuro está en el área, como delantero centro alternativo a Aduriz. Tras el 1-2, fue obligatorio preguntarnos si el Athletic tropezaría de nuevo en la misma piedra. En un principio, pareció que no. El Deportivo quedó muy tocado y los rojiblancos continuaron controlando la situación. Rico e Iturraspe estuvieron cerca de firmar el 1-3 desde fuera del área. La historia, sin embargo, se repitió. En el fondo y en la forma. Recular demasiado le acabó costando el Athletic el 2-2, obra de Schär tras una peinada de Adrián en un córner, y este regusto amargo que tenemos en la boca.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos