Athletic

Lo que le faltaba a este Athletic

Iñigo Martínez, cabizbajo tras uno de los goles de la Real./Ignacio Pérez
Iñigo Martínez, cabizbajo tras uno de los goles de la Real. / Ignacio Pérez

El equipo de Ziganda hace un papelón lamentable en el derbi y otorga a la hinchada de la Real la mayor satisfacción de la temporada

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Lo último que le faltaba a este Athletic ya casi póstumo, lo que podríamos llamar la guinda negra del desastre de esta temporada, era dar el cante en Anoeta y proporcionar a la Real la mayor satisfacción de la temporada. Pues bien, esto es justo lo que sucedió. Las gradas del estadio donostiarra terminaron con los aficionados bailando, cantando, dando olés y pitando con saña a Iñigo Martínez. Esto era lo que más deseaban y esto fue justo lo que le concedió un Athletic vergonzoso. Solo a partir del minuto 58, cuando estaban al borde de la hecatombe con 3-0 y acortaron distancias gracias a un penalti, mostraron los rojiblancos un mínimo de dignidad, que al menos les sirvió para no sufrir más daños. Hasta ese momento, sin embargo, su actitud fue indignante. No es fácil encajar la palabra oprobio en una crónica deportiva. Abulta mucho y pesa demasiado. Pero esto es que lo que sintió este sábado la afición del Athletic durante una hora de derbi viendo cómo la Real toreaba a su equipo.

3 Real Sociedad

Moyá; Aritz (Odriozola, min. 82), Llorente, Navas, De la Bella; Illarramendi, Zurutuza, Canales (Rubén Pardo, min. 78); Oyarzabal, Januzaj (Zubeldia, min 89) y William José

1 Athletic

Kepa; De Marcos, Nuñez, Iñigo Martínez, Balenziaga; San José, Iturraspe (Mikel Rico, min. 72); Córdoba (Muniain, min. 67), Raúl García, Lekue (Susaeta, min 49) y Williams

ÁRBITRO
Sánchez Martínez (Murcia). Roja directa a Rubén Pardo en el minuto 85. Tarjetas amarillas a Illarra, Llorente, Willian José, Raúl García, Willians, Susaeta, Muniain y De Marcos.
gOLES
1-0, min. 15: San José (p.p.). 2-0, min. 36: Oyarzabal. 3-0, min. 53: San José (p.p.). 3-1, min. 59: Raúl García, de penalti.
Incidencias
23.972 espectadores en el estadio de Anoeta, con una afición local que tuvo en su recuerdo durante los 90 minutos a Iñigo Martínez, constantemente pitado en cada acción de juego en la que intervino.

Una vez más, fue imposible creer en la tropa de Ziganda. ¿Cuál era su plan? Salvo que éste fuera defenderse, pegar pelotazos y pasar el tiempo vilmente, no había ninguno. Fue escuchar el pitido inicial y meterse atrás a ver lo que pasaba, a comprobar cuantas ideas y ganas tenía la Real, y quizá a calcular el nivel de decibelios de las pitadas a Iñigo Martínez... Una actitud contemplativa, en fin, que nunca es aceptable pero, en un derbi, con el orgullo en juego, resulta directamente insultante. Tampoco es que pudiéramos esperar un alarde de los rojiblancos, pero sí al menos la actitud exigible en un partido en Anoeta. El equipo de Ziganda tenía demasiadas cosas que hacerse perdonar como para permitirse el lujo de añadir a su cuenta más pecados. Y entrar en un derbi a pasar el rato, con toalla, chancletas y un sombrero de paja de Ron Bacardí, es un pecado mortal. Entre otras razones porque la Real nunca lo cometería.

Tampoco lo hizo este sábado, por supuesto. Los pupilos de Imanol Alguacil cogieron rápido las riendas y no las soltaron. Su juego era espeso en el arranque. Solo en acciones intermitentes de Canales, Oyarzabal y Januzaj se iluminaba un poco. Pero lo cierto es que el juego solo iba en una dirección y era contra la portería de Kepa. Lo cual siempre es un peligro. Se demostró al cuarto de hora, cuando San José se marcó el 1-0 en propia puerta al intentar despejar un córner. La verdad es que le salió un remate perfecto. Digamos que fue el comienzo de una tarde nefasta del centrocampista navarro, que lleva un 'annu horribilis' y acabó siendo objeto de mofa de la hinchada txuriurdin.

El gol no cambió nada. Salvo el marcador, se entiende. La Real continuó a lo suyo y el Athletic también, aunque tuvo cinco minutillos en los que al menos se dejó ver por los dominios de Moya y hasta tuvo una ocasión en un cabezazo alto de Iñigo Martínez. Ese signo del partido, sin embargo, escondía un riesgo enorme para los bilbaínos: que su rival se fuera agrandando, cada más a gusto por la forma en que se desarrollaban los acontecimientos, más seguro de sí mismo. Zurutuza tuvo cerca el 2-0 en el minuto 28 y, a partir de ese momento, los donostiarras cogieron vuelo. El resto de la primera mitad se convirtió en un infierno para un Athletic roto y desarbolado, de nuevo sumido en una indigencia futbolística de la que va a ser muy complicado curarse para la próxima temporada. Al menos, con estos jugadores. Llegar al descanso solo con 2-0 -lo firmó Oyarzabal tras un gran pase de Januzaj en una jugada que arrancó con una falta no pitada a Iturraspe- fue una buena noticia. Y es que pudieron ser más. Lo evitaron los postes en dos ocasiones y Kepa, que le sacó un balón milagroso a Llorente.

El derbi tenía muchos boletos para convertirse en una pesadilla para los rojiblancos y así lo detectó la hinchada txuriurdin, encantada de la vida. Tras meses de sinsabores, por fin una satisfacción, debían pensar. Si se lo hubieran permitido, cientos de hinchas hubieran saltado al campo en el descanso para bailar alguna danza guerrera bajo la granizada. Eran felices y todavía lo fueron más viendo el cariz que tomaba el derbi en la reanudación, con Llorente a punto de hacer el 3-0 y San José haciéndoselo otra vez en propia puerta, esta vez no en un remate suicida sino en un rebote desafortunadísimo tras un saque de esquina.

El fantasma de una manita escandalosa sobrevoló Anoeta. Algunos comenzamos a agobiarnos recordando imágenes muy duras del pasado, de jolgorio y cadenetas en las gradas; hasta nos pareció escuchar las primeras notas de 'Paquito, el chocolatero'. Felizmente, las aguas no se desbordaron. Un penalti por manos de Llorente lo ejecutó con su fiabilidad de siempre Raúl García, que por cierto volvió a demostrar que es el único buen rematador que tiene el Athletic cuando no está Aduriz y el hombre llamado a ser su sustituirle como delantero centro. El 3-1 dio un poco de vitaminas a la desnutrida tropa de Ziganda, a la que se incorporaron Muniain y Rico en lugar de Córdoba e Iturraspe. El pulso se igualó y la última media hora fue un vistoso toma y daca con ocasiones en ambas porterías. El marcador, sin embargo, no se movió. El Athletic, por tanto tuvo que tragarse uno de los peores sapos del año. Fue culpa suya. Había llegado tarde de nuevo. Y esta vez de una forma más dolorosa que otras, en el derbi, cuando no puedes permitirte la más mínima impuntualidad.

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