El suplicio continúa

El suplicio continúa

El Athletic firma un partido lamentable en el Sánchez Pizjuán y se libra de la goleada gracias a la magnífica actuación de Kepa

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Después de siete meses de competición, recordar las declaraciones de Ziganda antes de los partidos y luego confrontarlas con la realidad se ha convertido en un ejercicio extraño, entre cómico e indignante. Algunos, de hecho, comenzamos a percibir el enorme contraste entre lo que predica el técnico y lo que ejecuta su equipo como un ejemplo de humor negro al que, por nuestras personales inclinaciones, no somos capaces de encontrarle la más mínima gracia. «La clave estará en la decisión con la que afrontemos el partido», sentenció el Cuco el pasado viernes. Y decía la verdad. Nadie podía discutirlo. Pues bien, la decisión con la que afrontó este sábado el partido del Sánchez Pizjuán fue la peor posible. Como consecuencia de ello, el resultado fue una nueva derrota al que sólo la extraordinaria actuación de Kepa Arrizabalaga mantuvo en unos parámetros razonables. O al menos, alejados del sonrojo. Vamos, que un 2-0 en un campo maldito -y eso que llovió y la tarde salió fresca y ventosa en Sevilla- y ni tan mal, oiga.

2 Sevilla

Sergio Rico; Layún; Mercado, Lenglet (Kjaer, m.86), Escudero; Nzonzi, Éver Banega; Sarabia, Franco Vázquez, Correa (Pizarro, m.90); y Muriel (Nolito, m.68).

0 Athletic

Kepa; Lekue, Yeray Álvarez, Iñigo Martínez, Saborit; Mikel Vesga (Aduriz, m.46), Iturraspe (Beñat, m.46), San José, Córdoba (Raúl García, m.46); Susaeta y Williams.

Goles:
1-0, M.27: Muriel. 2-0, M.32: Franco Vázquez.
Árbitro:
Alberto Undiano Mallenco (Comité Navarro). Amonestó a los visitantes Saborit (m.63), San José (m.79) e Íñigo Martínez (m.83), y a los locales Nolito (m.75) y Nzonzi (m.83).
Incidencias:
Partido de la vigésima séptima jornada de LaLiga Santander disputado en el estadio Ramón Sánchez Pizjuán ante unos 25.000 espectadores. Tarde ventosa y lluviosa

Ziganda agitó el once, lo cual siempre da mucho miedo porque la lucidez en la experimentación no podemos decir que sea uno de sus fuertes. Esta vez dejó fuera a De Marcos, Beñat, Raúl García y Aduriz, se supone que pensando en el duelo del jueves en Marsella, y volvió a apostar por los tres medios centros, esa fórmula táctica a la que ya podemos calificar como explosiva. El problema es que lo que con ella explota, hasta acabar reduciéndolo a escombros, es el propio Athletic. Cada vez que Cuco la prueba, el equipo sale carbonizado. Habrá que confiar en que, tras lo visto, sobre todo unos primeros 45 minutos tan grotescos que, en el descanso, el técnico rojiblanco se vio tan desesperado que hizo los tres cambios a la vez, ya no vuelva a tropezar más en esta piedra. Y es que hay un punto en la sensación de ridículo que provoca tu equipo que, sencillamente, no se puede sobrepasar.

Desde la perspectiva del Athletic, el arranque del partido provocó un efecto desmoralizador inmediato. Bastaron cuatro o cinco minutos para que todos los aficionados rojiblancos desearan que Undiano Mallenco pitara el final y, de este modo, se libraran de un nuevo suplicio. Y es que el calvario se vivo venir a lo lejos, igual que en el Wanda ante el Atlético. El Sevilla se puso a dominar con toda la facilidad del mundo. N’zonzi, el Mudo Vázquez y Banega se hicieron los amos del cotarro ante la incomparecencia de San José, Vesga e Iturraspe, tres futbolistas cuyo rendimiento está siendo tan paupérrimo que sólo la filosofía del Athletic les va a librar de ser empaquetados con un lazo a final de temporada y enviados por correo urgente a la lejana liga China. Cómo sería su flojera y atolondramiento, que hubo momentos en la primera parte en los que vimos a Susaeta cayendo a coger el balón de los centrales para salir con él y ver si se le ocurría algo.

Tembleque pensando en el porvenir

La caraja del Athletic era brutal en todas las líneas. Sufrían los laterales, sobre todo Lekue con Correa; los centrales, sobre todo Yeray; de los centrocampistas ya hemos hablado y mejor no insistir; Córdoba y Susaeta intentaban sin suerte poner un poco de picante; y Williams volvía a naufragar como delantero centro en lo sustancial de esa posición: el remate. En sus botas y su cabeza estuvo la posibilidad de acortar distancias antes del descanso, pero falló de mala manera; tan mala que hizo inevitable recordar una de esas estadística de esas que provocan un cierto tembleque pensando en el porvenir: sin Raúl García o Aduriz en el . Resumiendo, se podía decir que no hubo nada que les saliera bien a los bilbaínos en una primera parte atroz en la que los pupilos de Montella, muy superiores en todos los conceptos, sentenciaron con dos goles de Muriel y Vázquez. En ambos fue inevitable señalar los errores defensivos que los propiciaron. De San José e Iñigo Martínez en el primero, y de Yeray, en el segundo.

La segunda parte también mereció cubrirla con un tupido velo. Enfocaron las cámaras a los jugadores del Athletic dándose ánimos en el túnel de vestuarios y parecieron bien mentalizados para intentar salir de las arenas movedizas en las que se habían metido hasta el cuello. La entrada de Beñat, Raúl García y Aduriz en lugar Iturraspe, Vesga y Córdoba era un mensaje ambiguo. Siendo una clara orden de ataque -a la carga, mis muchachos-, también parecía una petición de socorro. La realidad es Ziganda se lo jugó todo a cara y cruz, con un punto de desesperación que daba hasta un poco de miedo. Y es que se hizo inevitable imaginar el lío que se hubiera montado si, por las razones que sea, uno de los jugadores del Athletic se hubiera lesionado en esa segunda parte y el equipo se hubiese quedado con diez. (Pienso en ello y, sugestionado, hasta escucho el tam-tam de los tambores en la selva de las redes sociales, como en las películas). No sucedió, sin embargo. Y tampoco importó demasiado.

Los pupilos de Ziganda adelantaron líneas en busca de un gol que les devolviera la esperanza. Durante un cuarto de hora, ocuparon el campo del Sevilla, que se dejó hacer, muy tranquilo Incapaz de inquietar a Rico, impotente una vez más, el Athletic no creó ni un sola ocasión digna de tal nombre y vio cómo, a partir de la hora de juego, el Sevilla volvía crecerse y a llegar al área rival. Tuvo tres o cuatro oportunidades muy claras para ampliar el marcador y en todas ellas apareció Kepa, excepcional, para que el escarnio no fuera a mayores. Habrá que darle las gracias.

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