Salvajes sin escrúpulos

Vienen los rusos, avisaban. Y vinieron, sí, pero había otros que también llegaron, o ya estaban. Me comentaba un compañero de televisión: «Los que me han dicho en perfecto castellano que apague la puta cámara o me matan a hostias no eran rusos»

Jon Rivas
JON RIVAS

No había visto un ambiente tan mustio hace tiempo, horas antes de un partido en San Mamés. Hace tiempo o puede que nunca. Tal vez era una sensación mía, pero parecía que por la calle circulaba menos gente que cualquier otra tarde a las siete, que en Bilbao es hora punta, de tiendas abiertas y calles colapsadas.

Aparcar en Pozas era lo más fácil del mundo; suele ser complicado a esa hora, pero esta vez no. Tal vez por precaución sobraban plazas para dejar el coche y sobraban aceras, porque se veían clientes en los bares, pero casi nadie fuera de ellos. Salían algunos niños con sus padres de las extraescolares del colegio de la Pureza y marchaban raudos a los coches.

Como en la serie ‘Occupied’ en la que el ejército ruso invade temporalmente Noruega, la gente hablaba a media voz y sólo los «ocupantes» gritaban y reían. De hecho, el único sonido que se escuchaba era el persistente racarraca del helicóptero de la Ertzaintza sobrevolando el centro de la ciudad, un sonido insistente, a veces desagradable, pero probablemente necesario, porque no se olía nada bueno. También, de vez en cuando, las sirenas de las furgonetas policiales.

Vienen los rusos, avisaban. Y vinieron, sí, pero había otros que también llegaron, o ya estaban. Me comentaba un compañero de televisión: «Los que me han dicho en perfecto castellano que apague la puta cámara o me matan a hostias no eran rusos».

Así que se lió la que se tenía que liar, mientras los equipos calentaban, y los angelitos de uno y otro lado sacaban a relucir en la calle ese instinto que no es de izquierdas ni de derechas sino de salvajes sin escrúpulos, escondidos bajo diferentes tendencias políticas.

Desde las rendijas de la tribuna de prensa veíamos carreras de encapuchados y bengalas volando; escuchábamos los disparos de los cohetes y las pelotas de goma, todo un espectáculo macabro a cargo de gentuza intolerante, capaz de convertir Bilbao en una ciudad apagada, sin brillo. Y con un muerto.

Algunos ya tienen su muerto

Y el fútbol que se vaya a freir espárragos. Vinieron los rusos y los mas salvajes la liaron, y lo volverán a hacer mientras tengan espacios de impunidad y encuentren a otra gentuza como ellos dispuesta a pegarse. Por supuesto, todo queda a expensas de las investigaciones correspondientes, y quienes la hicieron la tendrían que pagar, pero tampoco estaría mal que desde el Athletic, en la medida en que el club pueda, se tomen las decisiones más drásticas que sean posibles para erradicar esa lacra. A la gente pacífica nos sonaría a música celestial un cántico de ‘Urrutia vete ya’ si estuviera motivado porque, por fin, se estuvieran adoptando decisiones para que el Athletic dejara de estar del todo bajo sospecha.

Si tiene que hacerse, que se haga. Ni un muerto más con la excusa del fútbol, ni uno. Bilbao estaba mustio por la tarde, porque la gente se olía que podía pasar lo que pasó. Todos -casi todos- queremos un Bilbao alegre, donde el fútbol sea una excusa para la integración y no todo lo contrario, como sucedió anoche. Y la UEFA tiene también mucho que decir en esto, sin escudarse en que ocurrió fuera del estadio.

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