«Siempre sacaba la bandera del Athletic»

Inocencio, el ertzaina fallecido, en una fotografía reciente/E. C.
Inocencio, el ertzaina fallecido, en una fotografía reciente / E. C.

Sus allegados recuerdan a Inocencio como un hombre «superbuenazo» y propenso a la risa

C. BENITO / A. LASUEN

Al recordar a Inocencio Alonso García, el ertzaina fallecido el jueves tras los altercados de San Mamés, muchos amigos y conocidos hacían ayer hincapié en un mismo detalle: su risa. Se trataba de una risa frecuente y contagiosa, que constituía un rasgo esencial de su personalidad desde la infancia. «Era el típico superbuenazo y majetón, uno de esos chicos de los que nadie puede decir nada malo. Lo que más se me ha quedado grabado de él es que se reía mucho: nos reíamos juntos en el autobús, en el recreo...», comentaba una compañera de estudios, que hizo con él los dos primeros cursos de bachillerato en el instituto Ignacio Zuloaga de la vecina Eibar.

También Ignacio Pérez, reportero gráfico de EL CORREO, tenía costumbre de reírse a menudo con ‘Ino’, como todos le llamaban. Eran vecinos en Ermua desde hacía veinte años, puerta con puerta y pared con pared, y compartían cierta actitud ante la vida: la convicción de que las relaciones humanas resultan mucho más sencillas si se engrasan con una dosis generosa de buen humor. «Era grandullón, bonachón, bromista, un padrazo... -describía ayer Ignacio-. Le gustaba la bici y también era muy futbolero: siempre sacaba la bandera del Athletic al balcón y un vecino de arriba ponía la de la Real. Cada vez que marcaba el Athletic, nos dábamos golpes en el tabique que separa los dos pisos».

A causa de sus oficios, Ignacio e ‘Ino’ solían coincidir en los lugares más inesperados. El jueves, los dos estaban trabajando en la plaza Moyúa, donde iban a reunirse los seguidores del Spartak, y tuvieron ocasión de charlar un rato. Inocencio le comentó que estaba cansado, un poco saturado, soñando ya con la semana de libranza que le vendría encima en cuanto acabase el partido. Pero, cómo no, también hubo tiempo para las bromas, ese código fundamental en su relación: «Me dijo que al final casi iba a ser más peligrosa la manifestación de los jubilados. Recuerdo cómo me despedí: ‘Bueno, Inocencio, protégeme’. Y él me contestó: ‘Estaré atento’». Horas después, tras un mensaje de WhatsApp que no obtuvo respuesta, volvió a toparse con el ertzaina en la explanada de San Mamés: Inocencio estaba ya desplomado en el suelo, consciente pero aturdido, e Ignacio ayudó a prestarle los primeros auxilios.

«Nunca estaba cabreado»

«Era un tío diez», concluye, y esas palabras son secundadas por todo el mundo en Ermua, empezando por el alcalde: «Yo he coincidido con él en la bici y, sobre todo, en la vida. Era un encanto de persona, amabilísimo y sonriente, muy jovial. Algunos han dicho incluso que no parecía policía, porque rompía con ese estereotipo quizá injusto de dureza», recuerda Carlos Totorika, que lo veía a menudo en el bar ‘Kus’. Inocencio, que tenía 51 años y ha dejado dos hijos -un chico de 19 años y una chica de 16-, se había separado hace un par de años y había iniciado una nueva relación. También había atravesado serios problemas de salud que le tuvieron de baja durante un año.

Ayer, en Ermua, todos destacaban esa calidad humana que hacía de él una excelente compañía. «¡Con él lo pasábamos en grande!», evocaba un amigo de su edad, mientras su memoria repasaba escenas festivas de las ‘quintadas’. «Como compañero era igual que como persona, nunca estaba cabreado», resumía un ertzaina. Ya en el colegio, cuando estudiaba en el antiguo Centro Cultural, este hijo de orensano y zamorana era un niño bueno y amistoso: «Yo fui a clase con él de los 5 a los 9 años. Le gustaba mucho el fútbol y no tenía ninguna malicia. Mira que ha pasado tiempo desde entonces, pero era un tío que siempre se paraba y te hablaba: no se conformaba con el saludo y punto», elogiaba otro conocido.

Y, por supuesto, en esos recuerdos sonaba una y otra vez la risa que muchos añoran desde el jueves. «Cuando pienso en él, me acuerdo sobre todo de esas carcajadas suyas que se oían a través de la pared», explica Ignacio, el fotoperiodista de este periódico. Y, con la emoción en los ojos, consulta la pantalla de su móvil: «Su estado de WhatsApp dice ‘Cada día más feliz, gracias’».

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