Siete días de enero: algo se ha roto en el Athletic

Creo que algo importante se ha roto en el Athletic con los casos de Williams, Kepa y Laporte

Urrutia y Kepa tras la firma del contrato./ATHLETIC CLUB
Urrutia y Kepa tras la firma del contrato. / ATHLETIC CLUB
Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Me vino ayer a la cabeza el título de aquella película de Juan Antonio Bardem, ‘Siete días de enero’. Fue durante el desayuno. Pensaba en la actualidad rojiblanca con una melancolía pegajosa contra la cual empiezo a sospechar que voy a tener que acabar necesitando algún tipo de higiene personal, como el cepillado de los dientes, y de repente me acordé de aquella historia sobre la matanza de los abogados de Atocha. Y no es que crea que el Athletic esté viviendo unos momentos trágicos como los de 1977, pero probablemente sí un momento histórico, acotado también en siete días de enero, los que van desde la renovación de Williams el 17 al anuncio ayer, 24, de la marcha de Laporte al Manchester City.

Me temo que ya nada va a ser igual en el Athletic tras lo sucedido en este vertiginoso final del mercado de invierno que quizá nos depare nuevas sorpresas. Sí, ya sé que este tipo de afirmaciones son arriesgadas. O algo aún peor: indeseables. Son muchos los aficionados rojiblancos que desearían que el fútbol se hubiera detenido hace cuarenta años y el Athletic no tuviera que vivir, cada vez más asediado e indefenso, en este mundo de locos. Pero la realidad es la que es y acabamos de recibir un baño muy frío de ella. Tan helado y desagradable ha sido que sólo desde una ceguera absurda se puede mirar hacia otro lado y no reaccionar. Y cuando digo reaccionar, que se me entienda. No me refiero a salir por ahí a cazar jeques, potentados rusos, dirigentes de las grandes ligas, directivos de canales de televisión, representantes avarientos y demás especies depredadoras del fútbol. Me refiero a la necesidad de reflexionar sobre lo que se nos ha venido encima.

En el fútbol se ha producido un cambio fulminante en todas sus coordenadas. Los traspasos de Neymar (222 millones), Coutinho (160), Dembelé (105 más 40 en variables) y Van Dijk (85) han sido como hitos inaugurales de una nueva época incierta y desorbitada. Todos sabemos que el Athletic lleva muchos años luchando contra la corriente, contra eso que se llama el signo de los tiempos. Cada nuevo paso que daba el fútbol le perjudicaba más y le hacía más complicado mantener su singularidad. Han sido tantas las dificultades a superar, sobre todo en las dos últimas décadas a raíz de la ley Bosman, que, a falta de títulos como los que el club ganaba antaño, la defensa de ese ideal romántico se ha convertido en un fin en sí mismo. La duda que se nos ha planteado a muchos ahora es si esa lucha vamos a poder seguir librándola sin engañarnos a nosotros mismos y sin hacer más tonterías de las justas.

Pienso en Laporte y busco en la hemeroteca las palabras de Josu Urrutia cuando anunció su renovación en 2016. «Estamos encantados de que gente como él, que se puede sumar a otras formas de competir, decide seguir aquí porque entiende que esto le llena y que se están haciendo las cosas bien». «Este equipo es muy distinto, muy diferente a todos los demás (...) Nosotros prometemos el privilegio que es jugar en este club, en el que se viven experiencias únicas e irrepetibles». «Debemos estar satisfechos con esta renovación. Es una decisión, igual que otras, que da sentido al Athletic». Eran palabras bonitas. El problema es lo pronto que han caducado. En año y medio, ya les ha salido moho y hay que echarlas a la basura. Lo cierto es que han dejado de tener sentido y ya sólo sirven para alimentar una ficción extemporánea: la del futbolista profesional que antepone el amor a sus colores a cualquier otra ambición que tiene a su alcance; la del buen rojiblanco, que sería una versión autóctona y deportiva del buen salvaje rousseauniano. Pues bien, seamos sinceros. Esta especie, de la que siempre ha habido muy escasos ejemplares, ya no existe. Se la ha tragado el mercado, ese zoco global al que Urrutia, con los 65 millones de Laporte en la bandolera, supongo que entrará hoy como William Munny entró aquella noche de tormenta en Big Whiskey.

Creo que algo muy importante se ha roto en el Athletic, al menos en muchos de sus aficionados, en estos siete días de enero. Me refiero a la gran ilusión que nos mantenía firmes, al pie del cañón, dispuestos a batallar contra todos los elementos: la de que nuestra cantera seguiría produciendo grandes futbolistas que nos harían felices al subir al Athletic. Siempre nos ha gustado ir a Lezama y ver a ese cadete tan prometedor, o a ese juvenil con una zurda exquisita. Y si no podíamos verlos en directo, al menos disfrutábamos escuchando las explicaciones de lo más informados y descontando los años en los que ese chaval alcanzaría el primer equipo. Pues bien, todo eso ya es pasado. Hemos perdido bruscamente la inocencia. Ahora ya sabemos que no, que nuestras perlas serán para otros a las primeras de cambio, que deberemos pagar millonadas a jugadores que no se las merecen y se aprovechan de nuestra singularidad. No es un futuro prometedor, lo reconozco, pero es lo que hay. Y deberíamos reflexionar muy seriamente sobre ello.

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