El silencio que se escucha

Como de Ibaigane no sale absolutamente ni un sonido, los periodistas nos dedicamos a interpretar las señales como mejor podemos

El silencio que se escucha
Jon Rivas
JON RIVAS

En el Athletic suena un estruendoso silencio. No se oye nada, pero se escucha todo. Como de Ibaigane no sale absolutamente ni un sonido, los periodistas nos dedicamos a interpretar las señales como mejor podemos. Recuerdo aquella fotografía que publicó EL CORREO, creo que a principios de junio de 2012, en la que se veía a Bielsa y su tropa, camino de la Comisaría de Policía de Indautxu, de la que hubo que deducir que se dirigían todos a renovar los papeles de residencia; es decir, que parecía que se quedaban un año más. En aquellos días de incertidumbre, a mí me llegó el mensaje de un amigo al que un conocido le había dicho que coincidió con el técnico argentino en el videoclub que frecuentaba, renovando el carnet para otro año. Ya teníamos dos fuentes. Cogidas con pinzas, eso sí, pero al final los medios acertamos con nuestros cabos atados y Bielsa se quedó.

Así andábamos y así andamos, sin que nadie concrete nada ni a nadie, con ese miedo atávico a encarecer el mercado, cuando el mercado se encarece con otras cosas. Vamos a acabar interpretando las entrañas de una paloma muerta, leyendo los posos de café o acudiendo de madrugada a las puertas de Ibaigane con la grabadora, a ver si capta alguna psicofonía con la voz de Josu Urrutia susurrando: «Berizzoooo, Berizzooo...».

En fin: ya hemos cogido la habilidad suficiente en estos años como para saber que si debemos tirar del hilo hay que hacerlo desde el otro extremo. Lo difícil es encontrar ese extremo, porque hay demasiados.

Pero a pesar de que en el Athletic no pasa como en la CIA o el MI5, donde siempre hay filtraciones aunque se reúnan a discutir en esas cámaras herméticas que salen en las películas, al final todos estamos de acuerdo en que movimientos hay, que Urrutia y su junta directiva no están sentados viendo pasar la temporada, y que tratarán de remediar lo remediable para que no se repita una campaña tan nefasta y que ha sacado de sus casillas a San Mamés, y de las gradas del campo a una parte significativa de la masa social.

Quienes me leen, ya sabrán que mi punto fuerte no es el de lanzar halagos a la directiva del Athletic, entre otras cosas, porque los periodistas no estamos para hacer relaciones sociales ni establecer lazos de amistad con los dirigentes, pero habrá que dar al menos un pequeño margen de confianza al club, aunque sólo sea por recordar la celeridad y la eficacia con la que reaccionaron ante la marcha de Aymeric Laporte, amarrando de inmediato a Iñigo Martínez, que mucho me temo, será la persona más odiada el sábado en Anoeta. Ya circulan billetes de banco con su cara, los foros donostiarras echan chispas y empezará a recordarse en breve su traición, que no hubiera sido tal si llega a fichar por otro equipo. Es lo que hay.

Esperemos que, al menos, no se repitan escenas como las que se pudieron ver cuando Joseba Etxeberria decidió cambiar de aires y se montó la mundial, con lanzamiento de objetos e incluso escupitajos al entonces presidente del Athletic. Aquel día, algunos seguidores rojiblancos decidieron no volver nunca a Anoeta y mucho tiempo después, siguen cumpliendo su promesa.

Habrá silbidos, palabras gruesas y malas caras, pero recemos porque la cosa no pase de ahí en un derbi tan descafeinado que sólo tiene ese aliciente de desvelar si el recibimiento al jugador vizcaíno, que por cierto, está dando un gran rendimiento al Athletic, es malo, muy malo o peor. Vamos, que posiblemente se podrá medir con la escala de Richter. No va a ser, desde luego, como el silencio de los despachos de Ibaigane.

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