Una temporada eterna

Tendremos que empezar a pensar en un nuevo proyecto, con jugadores que aireen el vestuario, que saquen de la autocomplacencia a muchos de los que componen la actual plantilla

Ziganda se echa las manos a la cara en un gesto de impotencia./
Ziganda se echa las manos a la cara en un gesto de impotencia.
Jon Rivas
JON RIVAS

Antes de nada, permítanme un pequeño homenaje a dos personas anónimas, náufragos en una isla, pero no una isla cualquiera sino la de Alcatraz. Me refiero a los dos únicos ocupantes de la grada visitante, rodeados de seis guardas de seguridad, uno de ellos a menos de tres metros y en actitud vigilante, de espaldas al campo. El resto, rodeando el perímetro de la jaula, porque aquello es una jaula, con vallas a los lados y una cristalera detrás.

Supongo que además tuvieron que pasar ambos por el fielato de los habituales cacheos. Sentados en la primera fila, no aparentaban, desde la distancia, tener un aspecto demasiado peligroso. Les vi comer un bocadillo y parecían estar, a ratos, consultando su teléfono. En fin. A veces las medidas de seguridad se antojan ridículas. Posiblemente, esas dos personas se lo habrían pasado mejor junto a los seguidores del Athletic.

Y los del Athletic también se lo hubieran pasado mejor con alguien para la cháchara, porque después de cinco minutos prometedores que acabaron en un golazo, el fútbol volvió a esfumarse de las botas de los jugadores rojiblancos, como si la visita de los colistas ejerciera una influencia negativa sobre el ánimo de los futbolistas, que tal vez sólo se motivan contra el Madrid y el resto de equipos grandes, lo que no deja de ser complejo de equipo pequeño.

El Levante se puso a jugar y a morder a partes iguales; Boateng por un lado y Morales -que es un pedazo de jugador infravalorado-, volvieron locos a los defensores del Athletic, mientras la sala de máquinas rumiaba apaciblemente sobre el césped de San Mamés, a la misma velocidad que las vacas en un prado. Se veía venir la tragedia; la mosca empezaba a molestar detrás de la oreja de los hinchas.

Y como en una profecía autocumplida, Bardhi castigó la complacencia del Athletic, dos veces en dos minutos, con la misma acción en lanzamiento directo. El Kepa del Bernabéu se achicó y colocó una barrera defectuosa; los centrales que pararon a Cristiano se derritieron.

Sí, claro, luego lo intentaron de todas las maneras posibles en la segunda parte, cuando todo estaba ya cuesta arriba, con un fútbol miserable, como el de casi toda la temporada, otra vez frente a un equipo que se debatía entre la vida y la muerte. La campaña final de Bielsa se parece mucho a ésta. Al menos aquella vez, a los aficionados del Athletic les quedaba la ilusión de tener frente a ellos la inauguración del campo nuevo, que el equipo actual está despoblando con sus lamentables espectáculos.

Habrá que sacar el punto que falta para la salvación matemática y después proceder a la depuración de un vestuario que empieza a dar síntomas de descomposición. Y que nadie empiece a decir que en el Athletic no, que éste es un club diferente. Pues claro que lo es. Aquí nadie hubiera reaccionado como la afición y la directiva del Sevilla después de la final de Copa, pero hay cosas y cosas.

Tendremos que empezar a pensar en un nuevo proyecto, con jugadores que aireen el vestuario, que saquen de la autocomplacencia a muchos de los que componen la plantilla. Lo que queda hasta que acabe una temporada que se está haciendo eterna, puede ser insoportable. El gol del comandante Morales, premio a su trabajo incansable, puso el triste corolario a otra noche trágica para los seguidores de un equipo que es una sombra de lo que fue.

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