Así se vacía San Mamés

La pobreza del Athletic de Ziganda convierte en lógica la pérdida paulatina de público

Aficionados llegando a San Mamés./
Aficionados llegando a San Mamés.
JON AGIRIANO

Cuando los de mi generación éramos niños, los partidos del Athletic eran un acontecimiento único. Por entonces, apenas le televisaban cuatro o cinco veces por temporada, y sólo unos pocos afortunados tenían el privilegio de ver al equipo cada dos semanas en San Mamés. La gran mayoría acudíamos a La Catedral muy de vez en cuando y teníamos que conformarnos con escuchar los partidos por la radio, algo que tuvo un peso decisivo en nuestra educación sentimental como rojiblancos. Porque nosotros crecimos imaginando, fabulando sobre nuestros héroes, mitificándolos. No es extraño, por tanto, que el primer significado que muchos fuimos capaces de atribuir al adjetivo extravagante -o al concepto mismo de extravagancia- fuese el referido a la actitud de quienes siendo socios y pudiendo por tanto acudir a San Mamés decidían no hacerlo por alguna extraña razón. Eran pocos, pero muy llamativos. Todavía recuerdo a un amigo de mi padre diciendo que no, que esa tarde no iba al partido porque estaba un poco cansado y prefería echar la siesta. Aquello me pareció tan increíble, tan absurdo -¡preferir una siesta a un partido del Athletic!-, que tardé años en dejar de mirarle con suspicacia y convencerme de que no le faltaba un tornillo.

Que conste que me niego a pensar que la madurez sea precisamente eso -llegar a preferir una buena siesta a un partido de tu equipo-, pero debo reconocer que, a estas alturas, tampoco soy capaz de descartarlo del todo. Viendo jugar al Athletic de Ziganda, esa duda existencial me corroe cada vez más. Cómo no voy a entender, por tanto, el paulatino descenso de la asistencia a San Mamés, que el domingo tuvo su peor registro en un partido de Liga desde que la LFP ofrece oficialmente este dato: 30.787 espectadores. Ya la pasada temporada la asistencia experimentó una curva descendente muy significativa que terminó situando al estadio rojiblanco en el octavo puesto en porcentaje de ocupación. Lo peor, sin embargo, es que continúa bajando. Hasta cuatro puntos se ha desplomado en 2018, de manera que nuestra flamante Catedral está ya en mitad de la tabla en porcentaje de asistencia y, probablemente, todavía más abajo, en el furgón de cola, en volumen de decibelios. Mejor no imaginar lo que podría suceder si el jueves nos despedimos de Europa y hasta mayo ya sólo nos queda bostezar como hipopótamos y hacernos mala sangre en la Liga.

Noticias relacionadas

También en el mundo de ayer al que me refería en el primer párrafo se veían partidos muy malos en San Mamés. Por supuesto. Y el público se lo hacía ver a los jugadores con una rudeza de sargento fordiano que hoy algunos considerarían maltrato. La diferencia fundamental es que entonces los encuentros del Athletic no tenían competencia. Eran algo único y no acudir a ellos pudiendo hacerlo era, como decíamos, una extravagancia. Ahora, en cambio, uno puede pasarse la semana entera viendo sin parar partidos de todas las ligas del mundo, saltando de uno a otro cada noventa minutos, como la ardilla aquella que podía cruzar la península de árbol en árbol en tiempo de los romanos. Y cuando digo partidos digo películas, series de televisión, juegos de rol, de play station...

Existe un nuevo público en el fútbol, el menor de cuarenta años se podría decir, que tiene otras referencias, otras posibilidades y, por tanto, otras exigencias. La pretensión de que toda esta gente acuda a San Mamés como si asistiera a un suceso extraordinario o participara en una tradición religiosa de obligado cumplimiento si uno no quiere ser acusado de hereje, está fuera de la realidad. Y se le puede augurar un éxito similar al que tendría un intento de 'revival' de la misa de doce de los domingos entre la chavalería del botellón. A estos aficionados, que son el futuro del Athletic, hay que ofrecerles una buena razón para que continúen acudiendo al campo: que hacerlo le haga ilusión.

Es bien sencillo. Un partido de fútbol tiene que ser forzosamente una expectativa feliz, una promesa de emociones, un espectáculo sugerente. Y para ello se necesita un equipo valiente y comprometido con unos jugadores cuya actitud sea tan ejemplar que podamos sentirnos orgullosos de ellos por encima incluso de los resultados. Es decir, se necesita justo lo contrario de lo que está siendo el Athletic de Ziganda, capaz no sólo de aburrir a la momia de Amenofis II sino de obligarte a apartar la vista, avergonzado, viendo cómo termina encerrado en su campo para aguantarle un empate al Eibar, pidiendo la hora ante el Málaga o no disparando a la portería rival durante noventa minutos. Así se vacía San Mamés.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos