Williams aprovecha la coyuntura

Williams aprovecha la coyuntura
Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Todos esperábamos la renovación de Iñaki Williams, que estaba al caer, bien madura tras las últimas declaraciones de amor entre las dos partes. Urrutia estaba encantado con el jugador, cuya actitud ha venido contraponiendo a la de Kepa. De ser aficionado a la ópera, pensaba yo, el presidente podría disfrazarse de poeta bohemio y cantar el ‘O soave fanciulla’ cada vez que Williams le viniese al pensamiento. Era lógico pensar, por tanto, que esta renovación iba a ser especial, que se distinguiría del resto de las que se vienen sucediendo en las últimas semanas a una velocidad de crucero que no se recuerda en el Athletic. No dirán que no es llamativo este frenesí, este insólito apresuramiento que parece más propio de un gran patriarca muy rico al que le quedaran dos horas de vida y tuviera que cambiar, de repente, todo su testamento.

Aunque ya imaginábamos que la de Williams no iba a ser una firma más, lo sucedido ayer no lo esperaba nadie. Me refiero al «pedazo contrato», como lo calificó el propio firmante. Ni más ni menos que hasta 2025 y convirtiéndole en uno de los tres futbolistas mejor pagados de la plantilla. La sorpresa hizo inevitable que, a lo largo del día, se dispararan las comparaciones con lo sucedido con Julen Guerrero en 1995. La analogía, sin embargo, presenta serias dificultades para cuajar. Y no tanto por las diferencias de los contratos sino por la condición de sus beneficiarios. Guerrero era una estrella internacional, un ídolo apetecido por los mejores clubes europeos. Williams no ha llegado a ser nada de eso. Todavía no pasa de ser un futbolista importante y una gran esperanza. Un solo dato para los más desmemoriados. Sólo en la temporada 93-94, Julen marcó los mismos goles en la Liga (18) que los que ha marcado Iñaki en los 101 partidos que ha disputado en esta competición desde su debut en diciembre de 2014.

El presidente era el primer interesado en cerrar esta operación en pleno culebrón Kepa

La noticia ha generado división de opiniones, como es habitual. Son muchos los que están encantados y echan cohetes porque creen tener garantizada la continuidad de la ‘Pantera’ hasta dentro de siete años. La verdad es que Williams tiene mucho tirón, sobre todo entre los más jóvenes. Y hay que entenderlo ya que su velocidad resulta fascinante. En el Athletic no se ha visto nunca un atleta semejante. La satisfacción general de haber atado al jugador, sin embargo, no nos impide a algunos sentirnos alarmados por la forma en que se ha conseguido este objetivo.

Tengo la sensación de que entre Urrutia y Williams se ha producido una comunión de intereses personales que no coinciden exactamente con los del Athletic. Al mandatario rojiblanco le interesaba cerrar una operación que le ayude a quitarse de encima el estigma de ser un presidente del que huyen los mejores jugadores -¡ya sólo le faltaba que se le diera el piro Williams!-, y un tipo agarrado al que, por una discusión con la calderilla, se le escapan fichajes importantes. Y no sólo eso. No podemos olvidar que estamos en el mes crucial del culebrón Kepa y que, ofreciendo este megacontrato, Urrutia manda a todo el plantel un mensaje de resonancias bíblicas, casi evangélico. «Todo esto, hijos míos, puede ser vuestro si permanecéis fieles a la casa del Padre». Algo así.

Y qué decir del jugador. Sencillamente, que Dios le ha venido a ver. ¡Como para no defender la filosofía del Athletic con las ganas con que lo hizo ayer en Lezama! Después de esto, estoy convencido de va a ser uno de sus grandes paladines. Hable usted por la calle de fichar extranjeros con un amigo y se le aparecerá Williams, saltando desde una azotea como Spiderman para afearle la conducta y exigirle un inmediato acto de contrición. Pensemos que el chaval terminaba contrato en 2021 y que su rendimiento estaba siendo normal, tirando a corriente. La realidad es que el mejor Williams fue, con diferencia, el que vimos en 2015, es decir, cuando tenía todavía un contrato de meritorio. De hecho, lleva más de un año sin marcar en Liga en San Mamés y su indiscutible importancia en el equipo -las cosas como son- tiene hoy más que ver con la edad de Aduriz y con el dramático vacío de delanteros que se observa en las categorías inferiores que con la altura de sus prestaciones.

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Pero, en fin, el futbolista no tiene la culpa de nada. Ojalá esta renovación le siente de maravilla y, dentro de unos meses, su nueva cláusula de 80 kilos nos parezca obsoleta. A la espera de que esto ocurra, nos quedamos pensativos, preocupados por la peligrosa burbuja que este contrato puede generar y por lo que supone haberlo ofrecido. Y es que una cosa es que la filosofía del Athletic obligue a asumir riesgos y otra muy diferente es caer en temeridades que pueden llegar a hacerla inviable. Porque si dejamos que los jugadores se aprovechen de la evidente posición de privilegio que les otorga la filosofía y el Athletic, como institución, deja ver su debilidad y no es capaz de vincular estrictamente los contratos a los méritos y utilizarlos para incentivar la ambición y competencia entre sus contratados, estamos perdidos.

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