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Los secundarios del Chopo

Hablan tres porteros que aprendieron de Iribar y vieron agigantarse su mito desde el banquillo en los setenta

Javier Muñoz
JAVIER MUÑOZ

Víctor Marro 1971-1975 «Estoy orgulloso de haber sido el suplente de Ángel»

Víctor Marro muestra fotos de sus tiempos en el primer equipo del Athletic.
Víctor Marro muestra fotos de sus tiempos en el primer equipo del Athletic. / Jesús Garzarón

Había debutado en 1971 ante el Celta en San Mamés, pero aquella temporada apenas disputó cuatro partidos. Esta vez era distinto. El 11 de febrero de 1973, Víctor Marro era un manojo de nervios en la concentración del Athletic del hotel Hernán Cortés de Gijón. José Ángel Iribar, titular y capitán indiscutible desde hacía once años en el primer equipo y portero de la selección, convalecía de unas fiebres tifoideas, y a Marro, que se había resignado a contemplarlo todo desde el banquillo, el técnico Milorad Pavic le había encomendado la misión de reemplazarlo un par de jornadas antes. Como les había ocurrido a Juancho Deusto y a Manu Zamora, predecesores en la suplencia (ambos fallecidos), otro guardameta rojiblanco se ponía bajo los palos abrumado por la responsabilidad. «Iribar me envió un telegrama para darme ánimos», relata el destinatario. «Aúpa 'Charro'. Eres el mejor y vais a ganar. Abrazos. Chopo»

Cuarenta y cinco años después, Marro (Balmaseda, 1946) todavía conserva aquel mensaje que llegó a sus manos antes de enfrentarse al Sporting en Liga, once palabras que resumen lo que Iribar significa en su trayectoria deportiva y en su vida. «Creo que era consciente de su condición de figura, sólo que no lo demostraba. Como persona es igual que de portero, si no mejor. Si necesitabas cualquier cosa, siempre escuchaba, y cualquier consejo te lo daba».

En las cuatro temporadas que militó en el Athletic, de 1971 a 1975, Víctor Marro sólo fue portero titular doce jornadas seguidas, poco más de dos meses de efímera satisfacción entre el 28 de enero y el 15 de abril de 1973, y además con la afición en vilo por la delicadísima salud del Chopo. «No lo hice mal», asegura. «La 'Hoja del Lunes' concedía su 'Hoja de Plata', y las puntuaciones que recibí fueron relativamente buenas. Pero no jugué los partidos suficientes, se necesitaba la mitad más uno de la temporada, y no pude llevarme el galardón».

A finales de abril de 1973, el Chopo se había restablecido y estaba listo para regresar. Marro, que había cumplido 26 años, volvió a un segundo plano. «Tenía la impresión de que no iba a jugar nunca en el Athletic», recuerda. «Ángel todavía no era muy mayor (30 años) y sus actuaciones eran terriblemente buenas». El de Balmaseda se sentía emparedado porque detrás de él asomaban porteros jóvenes como el bilbaíno José Miguel Aizpuru, que no llegó a jugar en el primer equipo, Juan Antonio Zaldua y Peio Agirreoa.

«Zaldua era internacional juvenil y Aizpuru lo había sido antes, pero no era mi caso. No es que sacaras el tema con la directiva, pero alguna vez te preguntaban: '¿Tú qué quieres hacer?' Yo respondía: 'Hombre, si puedo salir, salgo; si no, me quedo'. Pero el club no me obligaba. Hablé de pasada con Manu Zamora cuando marchaba y le comenté: 'Qué tengas suerte, porque sabes que con Ángel...'. Pero nada más».

A Valencia y Pamplona

Zamora fichó por el Hércules y luego por el Nàstic de Tarragona, siguiendo el camino de Juancho Deusto, que había emigrado al Málaga y llegó a la selección. Marro pensó en salir de Bilbao como ellos y en 1975 se mudó a Valencia. Dos temporadas después recaló en el Osasuna y se estableció definitivamente en Navarra. «Mis tres hijos son nacidos en Bilbao, pero mis ocho nietos son de Pamplona». En la capital navarra el exguardameta se retiró del fútbol e inició otra carrera como responsable comercial y de distribución en medios de comunicación. Su vida dio un giro, pero nunca olvidó su relación con el Chopo, que describe en términos cálidos y en cierto modo casi paternales. «No es alguien que te deja tirado. Y tenía una clase... Piensa sólo en los saques con la mano. Fidel Uriarte empezaba a correr desde la línea del medio campo, esperando el balón para salir al contraataque. También Txetxu Rojo. Como es lógico, San Mamés no mostraba la misma confianza con los porteros. Cuando salía él, la gente se relajaba; cuando era yo, se preguntaba: 'Qué va a hacer éste'. Pero los compañeros me decían: 'Venga, Víctor, que llegaremos'. Te respaldaban, y las cosas te salían bastante bien. Cogía moral».

Ser el 'segundo' de Iribar marcó a Marro en las enciclopedias del fútbol pero él no reniega en absoluto de ese papel secundario, sino todo lo contrario. «Ibas por la calle y te encontrabas a un conocido que le decía a otro: 'Mira, éste es Marro'. El hombre ponía cara de interrogación y le insistían: 'Sí, Marro, el suplente de Iribar'. Enseguida se acordaba. Lo he asumido. Siempre he estado orgulloso de ser el suplente de Ángel, uno de los mejores porteros del mundo».

En la memoria de Víctor Marro, la austera figura del Chopo reina en la caseta del Athletic. «Tenía un rito para vestirse, empezando por los tobillos, las muñecas… En ese instante no podías decirle ni 'mu'. Era impresionante. Aprendías a ponerte la gorra viéndole. Un día, creo que en Salamanca, entró un directivo del Athletic en el vestuario y le dijo a Ángel que fuera había un niño que quería verle. Lógico, porque era un ídolo. Él dijo: 'Hombre, me estoy preparando'. Pero le insistieron y aceptó. Aparece el crío y cuando ve a Iribar rompe a llorar de emoción, no te imaginas cómo. Él le da un beso y le dice: 'Bueno, tengo que salir'. Así es él».

Juan Antonio Zaldua (1974-80) y Peio Agirreoa (1979-1981) «A Iribar no lo tratabas de usted sólo porque es como es»
Agirreoa, a la izquierda, y Zaldua posan con las actuales camisetas de portero del Athletic delante de San Mamés.
Agirreoa, a la izquierda, y Zaldua posan con las actuales camisetas de portero del Athletic delante de San Mamés. / Fernando Gómez

En cuanto se reconocen en el Hotel Hesperia, junto a San Mamés, sus rostros se iluminan. «¿Zer moduz?». De inmediato se funden en un largo abrazo. A Juan Antonio Zaldua (Gernika, 1952) y Peio Agirreoa (Ondarroa, 1954) les ha faltado tiempo para sumarse al homenaje al Chopo, el hombre que condicionó sus respectivas carreras de forma bien distinta. A Zaldua lo abocó a la suplencia durante toda su trayectoria en el Athletic, que empezó en la temporada 1974/75 y acabó precipitadamente en la 1979/80 por una lesión. Un golpe del destino que lo llevó al mundo de la restauración. Sin embargo, a Agirreoa –en el primer equipo de 1979 a 1981, más tarde en el Elche y hoy técnico de Lezama– el Chopo le dio la oportunidad de su vida. Fue un 18 de noviembre de 1979, cuando, estando en el banquillo, le cedió la titularidad en San Mamés contra el Espanyol.

Agirreoa: Yo estaba acojonado. Había jugado con el Bilbao Athletic en San Mamés e igual iban 20.000 espectadores. Pero cuando el Chopo dice que se va y entras tú, pasas a otro escenario. Más de una vez he hablado con Ángel de ello, aunque no se acuerda. Lo que yo recuerdo, 'mi recuerdo', es que me viene una mañana y me suelta: 'El domingo debutas, vete preparándote'. Lo miro extrañado, evidentemente. Luego Koldo (Aguirre, el entrenador) me lo confirma. De repente, la responsabilidad es mía. Te lo puedes imaginar. Cuando empecé a entrenar con el primer equipo, Iribar y Zaldua imponían, pero el Chopo más (risas). Había unos guantes para él y otros, vamos a dejarlo en 'distintos'. Pero me las ingenié. Le decía: 'Mira cómo están mis guantes'. Y me dejaba los suyos.

Zaldua: Conocí personalmente a Iribar y a Marro con Ronnie Allen de técnico (1961-1971). Yo estaba en juveniles y me hizo entrenar con el primer equipo. Deusto ya había marchado. Yo era joven y el Chopo, diez años más viejo, de modo que trataba de situarme. Estaba también Juan José Santamaría (luego recaló en el Rácing), pero al irse Marro fui yo quien quedó de segundo portero. Más adelante, cuando Iribar tenía sus años y mi oportunidad se acercaba, me lesioné en una rodilla. Seguí una temporada más, pero tuve que dejar el fútbol. Justo unos meses después, el Chopo, que había sido mi ‘guía’, se retiró y Peio entró de forma natural.

Agirreoa: Ser suplente del Chopo era la leche, lo más grande que te podía suceder. Yo no me planteaba otra cosa. Sustituirle fue duro, porque en cuanto llegaba el primer balón todo el mundo estaba pendiente de si lo parabas o no. Pero no había otra. Eso que dicen de la sombra del Chopo... Estabas más cómodo en el banquillo (risas).

Peio Agirreoa y Juan Antonio Zaldua.
Peio Agirreoa y Juan Antonio Zaldua.

Zaldua: Tampoco era exactamente así (risas). Una cosa es lo que sentías antes de jugar, y otra cuando ya estabas metido en el partido. Lo que deseabas era rendir bien. Luego se vería si lo habías conseguido. Porque el Chopo podía hacerlo bien, normal e incluso mal, pero si aparecía otro que te descolocaba... Ahí está la frontera entre un portero que es fijo y con peso, y otro que está en camino de demostrar lo que tiene. La diferencia en la reacción del público es tremenda.

Agirreoa: Percibes el 'runrún' en cada balón. Y encima yo debuté con el jersey de Iribar, que no es negro, sino verde botella, con el cuello negro. Lo tengo enmarcado. Salir con esa prenda... Iribar era un mito entonces y ahora. No lo tratabas de usted sólo porque él es como es. Hablabas en euskera. Me acuerdo de haber entrado al vestuario del Athletic y escuchar a los jugadores: 'Tú, siéntate aquí'. Viene el Chopo y me dice: 'Peio, ¿qué haces en mi sitio?'. Es un hombre muy cercano.

Zaldua: El Chopo es extremadamente normal. Siempre buen compañero. Por encima de todo fue el capitán y le debíamos el respeto debido, pero en el vestuario no fue una persona impositora.

Agirreoa: No sólo hablaba él. Había otros pesos pesados, cinco o seis internacionales. Aunque él tenía visión de entrenador, y después lo fue.

Zaldua: Podía hacer alguna apreciación sobre el juego. Los porteros tenemos esa ventaja visual. Técnicamente, de Iribar sobresalía su control de los ángulos. Tenía unas manos extraordinarias y su pase de mano era largo y preciso, maravilloso. Con el pie era bueno y por arriba salía mucho, aunque los centros no eran como ahora. Pocos guardametas consiguen parar y que parezca sencillo. Kepa (Arrizabalaga) lo hace.

Agirreoa: Tanto el Chopo como Kepa son técnicamente limpios. Cuidado, hablo sólo técnicamente. Iribar es el más grande, es la referencia. A partir de ahí, Kepa tiene mucho, mucho camino para crecer.

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