El Athletic demuestra su fortaleza

LUIS ÁNGEL GÓMEZ/ LA LIGA

Los rojiblancos ya miran hacia Europa en la Liga tras ganar con justicia al Eibar en una nueva demostración de intensidad y consistencia defensiva

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Cinco temporadas en Primera han servido al Eibar para forjar una gran personalidad. Ha derribado grandes muros el equipo armero y hace mucho tiempo que no se siente –si es que se ha sentido alguna vez– un intruso en la máxima categoría. Ahora bien, le sigue quedando la espina de San Mamés, donde nunca ha podido ganar en Liga. Este sábado le derrotó con toda justicia un Athletic firme y bravo que ha conectado con su afición de una manera absoluta. La despedida final al equipo fue impresionante. Como para no imaginar que esos miles de hinchas, tras volver a comprobar ayer la espectacular armadura de su equipo –5 goles en 11 partidos–, salieron del campo pensando en Europa. ¿En qué van a pensar cuando su equipo tiene esa frontera a cuatro puntos y su empaque y competitividad empiezan a recordar al de esas escuadras italianas, o al mismo Atlético, que te marcan un gol –lo hizo Raúl García en la primera jugada del partido– y ya puedes ir encargando el entierro?

1 Athletic

Herrerín; Capa, Yeray, Iñigo Martínez, Yuri; Dani García, Beñat (San José, m.63); De Marcos, Raúl García (Kodro, m.71), Muniain (Ibai, m.90); y Williams.

0 Eibar

Riesgo; Rubén Peña, Arbilla, Oliveira, Cote (Pedro León, m.81); Orellana, Jordán, Diop (Escalante, m.60), Cucurella; Kike García (Sergi Enrich, m.60) y Charles.

GOLes:
Raúl García (41 segundos de la primera parte)
Incidencias:
43.363 espectadores en San Mamés
Árbitro:
Melero López

Como no hay regla sin excepción y está comprobado que al Athletic le cuesta una enormidad marcar goles, este sábado tardó 41 segundos en lograrlo. Muchos espectadores se quedaron sin verlo, se supone que por apurar en exceso el bonito ambiente de derbi que se vivió en las calles de Bilbao. Fue una buena jugada, limpia y letal, a la que contribuyó la desorientación de la defensa eibarresa. Que dejara prosperar por su banda a Berchiche fue un error, un pequeño desajuste. Ahora bien, dejar solo a Raúl García al borde del área pequeña fue un pecado mortal. La cara de Mendilibar en el área técnica, mezcla de furia e incredulidad, era un poema. Le dan un bola de billar y la estruja con una mano. Decir que la primera parte terminó ahí sería exagerar, pero algo de eso hubo. Los restantes 44 minutos fueron un pulso intenso e igualado en el que los dos equipos supieron anularse.

Por momentos, el juego dejaba esa sensación contradictoria que se produce cuando los futbolistas parecen hacer muchas cosas, pero en realidad en el partido no pasa nada. Salvo el gol, el Athletic sólo se acercó a Riesgo con peligro en tres ocasiones más hasta el descanso, un disparo al larguero de Beñat y dos buenas llegadas que Williams y Muniain desperdiciaron por sus malos controles. La contabilidad ofensiva del Eibar en la primera parte todavía fue más pobre. Imprecisos, incapaces de explorar las bandas –se temía mucho a Peña y Orellana por la derecha ante Muniain y Berchiche– y sin ideas por dentro, los armeros sólo inquietaron a Herrerín con un chutazo lejano de Kike en el minuto 34.

Era evidente que no estaban a gusto ante un Athletic al que, a día de hoy, es muy complicado buscarle las cosquillas. El orden, la presión, la intensidad en los quites y el juego directo de los rojiblancos puede que tenga el atractivo de un martillo hidráulico, pero desde luego tiene su misma capacidad de horadar rivales por el procedimiento de exigirles una sobresaliente versión de sí mismos. La necesitaban los armeros en la segunda parte, que por cierto comenzaron como la primera, con un error garrafal en defensa que a punto estuvo de costarles el 2-0. Esta vez sólo necesitaron 24 segundos para ponerse la soga al cuello. Su suerte fue que el balón le cayó a Muniain, que hizo uno de esos golpeos blanditos que a veces le salen, como de alevín apurado, incomprensibles en un futbolista de Primera. Los amigos de Mendilibar agradecieron el error del navarro. Marca el Athletic y se mete cartujo.

La ocasión de Cucurella

El pulso continuó con los mismos argumentos. Poco antes de la hora de juego, el Eibar, que defendió muy mal el balón parado –Yeray e Iñigo Martínez tuvieron dos buenas opciones– logró apretar las tuercas al equipo de Garitano. Lo suficiente como para que Cucurella estuviera a punto de empatar en dos ocasiones casi seguidas, un chutazo y un remate de cabeza que desvió su propio compañero Enrich. Fue, realmente, una jugada de mala suerte. O visto desde la otra perspectiva: de fortuna para un Athletic cuyo engranaje defensivo, cada vez más fiable, empieza a tener una virtud imprescindible. Eso que se llama la chamba en los momentos precisos. Ahora bien, como tampoco era cuestión de fiarlo todo a ella, Garitano metió a San José en lugar de Beñat después de las dos ocasiones de Cucurella.

Fue mano de santo. El Athletic ganó en consistencia y se quitó de encima el agobio del rival, que no ganó con las entradas de Escalante y Enrich. Herrerín ya no volvió a sufrir y las mejores ocasiones, hasta el final, fueron de la tropa de Garitano. De Marcos, Kenan Kodro, que sustituyó a Raúl García, y Williams pudieron hacer el 2-0. Ello hubiera evitado a la hinchada rojiblanca el apurillo lógico de la ventaja mínima, algo que también está en el ADN del Athletic.

No crean que todo es coraje, bravura, espíritu de sacrificio y demás virtudes morales del fútbol. También hay ciertos miedos históricos y viejas prevenciones, producto de la experiencia. El 1-0, de hecho, siempre ha sido en San Mamés un resultado sospechoso que obligaba a mirar el marcador con aprensión. Que ahora sea un sentencia, el epitafio en mármol del rival –«Aquí yazco tras encajar un gol del Athletic»– es tan sorprendente, tan milagroso podríamos decir, que casi mejor no pensar en ello. Celebrémoslo, sin más.