El día que fueron bestias

Susaeta es seguido por Messi, autor del empate. /Luis Ángel Gómez
Susaeta es seguido por Messi, autor del empate. / Luis Ángel Gómez

El empate a dos entre Athletic y Barça en San Mamés en noviembre de 2011 es uno de los duelos más recordados de la historia reciente del club

Robert Basic
ROBERT BASIC

A veces, junto a los títulos y las grandes goleadas, en la memoria se guardan partidos grandiosos sin sello de victoria. En el caso del Athletic, no fue una derrota, sino un empate. Aquella noche no paraba de llover. Abajo, en la hierba, dos gigantes batallaban por el triunfo, intercambiaban golpes, dejando para el final su admiración y elogios. Nadie daba un paso atrás, por mucho que doliesen las piernas y faltase el aire en los pulmones, que quemaban por el esfuerzo. Las gradas, encendidas, no se apagaban ni bajo el peso del agua. En las áreas técnicas, Marcelo Bielsa y Pep Guardiola. Cinco años atrás habían compartido un asado y 11 horas de conversación que les conectaron para siempre. Sus caminos, hasta entonces divergentes, se cruzaron en una noche memorable en San Mamés. El 6 de noviembre de 2011, Athletic y Barcelona firmaron un duelo inolvidable. Los gladiadores del 'Loco' cedieron un empate en el descuento (2-2) ante el mejor equipo de todos los tiempos, que sobrevivió gracias a un error defensivo y la aparición de Leo Messi. El domingo volverán a verse las caras en una Catedral llena hasta la bandera, y la historia seguirá escribiéndose.

Al Athletic de Bielsa le tocaba disputar su séptimo encuentro en tres semanas. Había ganas por saber cómo responderían los muchachos del rosarino ante el gran dominador del fútbol mundial construido por Guardiola, quien jamás había ocultado su admiración por el hombre al que iba a enfrentarse. Los dos últimos en salir al campo eran ellos. Se saludaron brevemente y se sentaron en sus respectivos banquillos. Ellos y sus hombres estaban a punto de brindar una batalla épica que se seguirá recordando dentro de diez años, o 50. Porque lo que hicieron aquel día los rojiblancos y los blaugranas fue un «canto al fútbol».

No paraba de llover en el viejo San Mamés. Estaba bendecido. Por un lado, unos guerreros con el cuchillo entre los dientes y el corazón en la mano; por el otro, uno de los mejores onces que ha visto el mundo. Y el balón echó a rodar. Aguantaba bien el césped de La Catedral, que se encendía con cada gota. El Athletic soltó el primer zarpazo. Iturraspe lanzó a Susaeta por la banda izquierda y el eibarrés, hoy capitán, asistió a Ander Herrera, quien con un soberbio remate batió a Valdés. Volaron los paraguas y colorearon la grada los chubasqueros rojos, negros, verdes. Piqué daba ánimos a sus compañeros, les pedía calma y reacción. Y la reacción llegó. Abidal se sacó de la chistera un magnífico centro que Cesc cabeceó a la red desde el punto de penalti. Golazo. Igual de bello que el otro. De nuevo, los dos contendientes estaban de frente mirándose a los ojos, sin apartar la vista. «¡Vamos, vamos!», se le leían los labios a De Marcos. Asentimiento de cabezas como respuesta. A seguir.

Final épico

Sonaban los choques y las ocasiones se sucedían, sobre todo las blaugrana. Pero los rojiblancos fueron a la guerra y retirarse estaba prohibido, más con el 'código Bielsa' en vigor. El partido, maravilloso, enloqueció en el último cuarto de hora. A la salida de un córner el balón le llegó a Llorente, quien remató como pudo y con la ayuda de Piqué puso el 2-1 en el marcador. San Mamés se frotaba los ojos, no tanto por la lluvia como por la emoción. Sentía con toda su alma que aquellos chavales le representaban, que en aquel preciso instante eran sus héroes, bravos, honestos y comprometidos. Guardiola hablaba con sus ayudantes, Bielsa miraba al suelo. Quedaban 11 minutos eternos. Amorebieta vio la segunda amarilla, el de Rincón de Soto andaba con la camiseta rota, las piernas pesaban un mundo, al igual que el empuje del Barça. Un balón que iba a las manos de Iraizoz lo despejó Iturraspe y llegó a las botas de Messi, quien hizo el empate en el descuento. 2-2.

Los más de 35.000 espectadores despidieron a sus héroes con todos los honores. Seguía lloviendo. Y entonces, camino de los vestuarios, coincidieron los dos entrenadores. Se dieron la mano, se abrazaron y Guardiola le dijo unas palabras a Bielsa. En realidad, solo tres. «Sois unos bestias». El rosarino sonrió, agachó la cabeza y desapareció.

 

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