Obituario

Eduardo Rodrigálvarez, un hombre con clase

Eduardo Rodrigálvarez, un hombre con clase

No he conocido a nadie que hablara mal de él como persona, ni tampoco que no valorase su maestría y ejemplo como periodista

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Se nos ha ido Eduardo Rodrigálvarez, amigo y maestro. Se nos ha ido a los 63 años una de esas personas excepcionales que se convierten en una referencia infalible para la mayoría de los juicios de la vida. No he conocido a nadie que hablara mal de él como persona, ni tampoco que no valorase su maestría y ejemplo como periodista. Edu, sencillamente, suscitaba la unanimidad. Y era algo lógico porque resultaba imposible no admirarle. Era imposible no valorar su sensatez, su saber estar, su cultura, su inteligencia para huir con elegancia del ruido absurdo del fútbol, su insobornable vocación de estilo cada vez que leías sus crónicas, sus artículos o sus libros. Bilbaíno ilustrado y sencillo, Edu tenía clase, como se dice que la tienen algunos grandes futbolistas de los que él escribió. Era la suya, sin embargo, una clase que tenía que ver con una humanidad extraordinaria cuyo último ejemplo admirable ha sido la manera en que ha sobrellevado su enfermedad. Hasta para morirse ha tenido estilo este hombre.

Ahora que lo estoy recordando emocionado, apenas unos minutos después de que su gran amigo Jon Rivas me haya informado de su muerte, no acierto a recordar una sola vez en la que Eduardo Rodrigálvarez me haya decepcionado en algo, aunque sea en una minucia. Todo lo contrario. Era como si a su alrededor se creara, de manera inevitable, un campo magnético de armonía, respeto y ponderación. ¡Hasta en las discusiones sobre fútbol, lo cual ya tiene mérito! Estamos de luto. Lo estamos todos sus colegas, entre quienes deja un vacío imposible de llenar, y desde luego lo está el Athletic, el club al que amó desde niño y del que tanto y tan bien ha escrito durante más de tres décadas primero en 'Deia' y luego en 'El País'. Le recordaremos con una sonrisa, en alguna sobremesa feliz, con su cigarro y un whiskito, hablando de lo que nos gustaba, de esas pequeñas cosas que tanto merecen la pena cuando hablan de ellas personas como Eduardo Rodrigálvarez.