El mundo de Bielsa, recuerdos de su primera estancia en Bilbao

El técnico elegido por Arechabaleta si gana las elecciones protagonizó numerosas anécdotas y dejó su sello personal cuando entrenó al Athletic

EL CORREO

Lo primero que hizo Marcelo Bielsa al llegar a Bilbao en 2011 fue asentar las bases de una comunicación clara y contundente con la plantilla. La sinceridad en su estado más genuino, primario, sin dobles lecturas ni interpretaciones que pudiesen llevar a equívocos. La verdad con mayúsculas. El 13 de julio de ese año, seis días después de la victoria electoral de Josu Urrutia, se presentó en Lezama, saludó a los jugadores de uno en uno y solicitó de inmediato una reunión con los cuatro capitanes -Andoni Iraola, Carlos Gurpegui, Aitor Ocio y Pablo Orbaiz- para comunicarles su lista de descartes. Facilitó siete nombres, gente con la que en principio no contaba, y luego salió al exterior donde le aguardaban cerca de 2.000 aficionados.

'El Loco', apodo que le genera cierta incomodidad, se acercó de repente a un niño y le preguntó: «¿Vos querés caminar conmigo?». Hasier Otxoa, un prebenjamin del Indautxu, aceptó encantado y paseó junto al entrenador de Rosario y su fiel colaborador Gabriel Aravena, con quienes dio la vuelta al campo número uno. «Es un acto demagógico que practico allá a donde voy», bromearía más tarde este hombre recto, justo y singular que atrae por su personalidad única.

Los jugadores tardaron en acostumbrarse a su forma de trabajar y a ciertas conductas que, al principio, les parecían extraordinarias. Durante la preparación en Oliva (Valencia) jamás se subió al autobús del equipo para ir a los entrenamientos, sino que cubría la distancia a pie junto a Aravena, ahora de vuelta en Chile. Un día recibió la visita de Dragoslav Stepanovic, extécnico rojiblanco, y también le hizo andar hasta el campo.

La rutina es la rutina. Su relación con los medios de comunicación se limita a las ruedas de prensa -no concede entrevistas porque, según argumenta, no quiere hacer distinciones entre empresas grandes y pequeñas- y procura mantener las distancias con los periodistas. Uno de ellos se le presentó un día en Oliva sin darse cuenta de que llevaba una camiseta de Inglaterra. Cuando reparó en la inscripción, le pidió disculpas al rosarino. «Por favor, no lo interprete como una provocación», agregó en forma de excusa. «No se preocupe, las heridas ya han cicatrizado», le replicó con amabilidad y le agradeció el detalle.

«¡Gabi, a su izquierda!»

Desde el momento en el que se puso el chándal y comenzó a trabajar, carpeta en mano y mirada clavada al suelo mientras pateaba los campos de Lezama, Bielsa no paró de ofrecer pistas que descubren a un hombre perfeccionista e intolerante con la dejadez laboral y la falta de implicación en las tareas diarias. Todo tiene que estar bajo control, medido y calculado, y los preparativos de un entrenamiento requieren mucha dedicación por parte de sus ayudantes. El terreno de juego parece un polígono lleno de obstáculos, con conos, pantallas, cintas fijadas al suelo con clavos, muñecos... Algunas veces ordena equipar una esquina para un ejercicio de apenas un par de minutos, un abrir y cerrar de ojos, que vuelve a desmontarse de inmediato. Un día, durante su estancia en el equipo rojiblanco, Gabilondo derribó una de las estacas cuando intentaba poner un centro. La puso como estaba, o eso creía él. Desde el otro lado de la cancha, 70 metros más o menos, se oyó al rosarino. «¡Gabi, un poco más a su izquierda!». Debía clavarse en su emplazamiento original, unos centímetros más allá.

El gesto con Mikel San José

Su vida es el fútbol y emplea todo su tiempo en estudiarlo y en pensar cómo mejorar al equipo, tanto a nivel colectivo como individual. Dice las cosas a la cara y es muy sincero con sus jugadores, que han aprendido a agradecer su franqueza. Una vez mantuvo una interesante charla con Mikel San José, que con la llegada de Bielsa perdió el sitio en el once inicial. «Es usted el central con más calidad que he entrenado nunca, y he entrenado a muchos», le dijo al navarro. «Y es el que presenta las mayores diferencias entre la calidad que tiene y lo que demuestra en la cancha», remató en forma de sentencia. Reconoce su potencial y lo que quiere es que lo saque a la luz, que explote en toda su intensidad. Cuando el jugador perdió a su padre a mediados de septiembre, recibió las condolencias de todo el mundo en Lezama menos de su entrenador. Le extrañó. Se fue a casa para estar con su familia y horas después alguien llamó a la puerta. Era Bielsa, quien se había desplazado a Pamplona para darle el pésame y estar un momento con él porque entendía que debía hacerlo en su hogar, el epicentro de la tristeza, y no en la frialdad de las instalaciones deportivas.

Solo con sus pensamientos

No era raro verle pasear a primera hora de la mañana -daba igual si llovía o hacía sol- ni sorprenderle tomándose un café en una gran superficie comercial, solo con sus pensamientos. Los que le conocen dicen que vive por y para el fútbol, el eje sobre el que pivotan todos y cada uno de sus 66 años, y que su demanda de información es constante, insaciable. Lo ve y lo lee todo, con muy poco tiempo dedicado al sueño y al descanso. De hecho, nada más llegar a Bilbao en 2011 se hospedó en uno de sus hoteles y protagonizó una curiosa anécdota. A las cinco de la mañana llamó a la recepción: «Buenos días. Soy Marcelo Bielsa. ¿Podrían traerme la prensa, por favor?». Uno de los empleados le hizo saber que a esas horas todavía no había periódicos. Dio las gracias y colgó. Al día siguiente volvió a marcar el mismo número, pero media hora más tarde. La misma presentación y la misma petición. Le dijeron que tampoco, que todavía era muy temprano. Se le hacía eterna la apertura de los quioscos. Quizás por eso, años atrás, se había comprado uno en Rosario para tener todos los diarios con los gallos, cuando amanecía. Luego se lo regaló al amigo que lo regentaba y que comía de aquel negocio.

El tiempo pasaba en Bilbao y de repente la gente reparó en unos extraños carteles en el banquillo del Athletic en San Mamés. En uno de ellos podía leerse un escueto 'Clarisas' y en el otro ponía 'Ire Abnega. Madrid-Castro. Agosto 2011'. Las cámaras de 'Cuatro' captaron la imagen y luego grabaron al delegado del primer equipo despegando las hojas del techo. El cuarto árbitro, según se supo después, exigió su retirada por contravenir el reglamento vigente. Le explicaron que era una cosa del entrenador, nada publicitario, pero el auxiliar se mostró inflexible. El misterio iba creciendo de forma exponencial hasta que el propio Bielsa habló de los «mensajes de la felicidad».El primer mensaje tenía que ver con la orden religiosa de las Clarisas radicada en Gernika. Resulta que el técnico acudió el al Monasterio Santa Clara de la villa foral junto a su mujer, Laura, y pidió a las monjas que rezaran por el Athletic. «Es un hombre muy simpático. Muy religioso. De mucha intimidad», le definiría poco después la madre abadesa, Begoña Gerrikabeitia. Pues bien, el preparador argentino siguió llamando durante semanas para que las hermanas continuaran con las plegarias.

Implacable

El caso es que dentro del terreno de juego es implacable. Exige el 110% a cada jugador y aprecia los buenos detalles, las muestras de implicación espontáneas con las que un futbolista puede ganárselo para siempre. Lo sabe bien Íñigo Pérez-retirado esta temporada en Osasuna y desde la próxima ayudante de Iraola en el Rayo- cuya suerte cambió de golpe en un entrenamiento. Durante un ejercicio quiso rematar de cabeza y Gorka Iraizoz le golpeó con la mano y le hizo sangre en la boca. El masajista Juan Manuel Ipiña le atendió de inmediato y quiso llevárselo para curarle bien la herida. Bielsa detuvo al jugador. «¿Puede seguir?», le preguntó. El navarro, con el labio partido, tardó poco en responder. «Creo que sí». Al escuchar sus palabras le invitó a reincorporarse al grupo y tranquilizó a Ipiña. «Si se muere, yo seré el responsable». Desde aquel día, el futbolista comenzó a aumentar su presencia en las alineaciones.

Siempre pide máxima intensidad a sus hombres -la blandura le saca de sus casillas, tanto como las trampas y las simulaciones- y no tiene ningún inconveniente en censurar ciertas acciones que a su juicio son incompatibles con un guerrero del balón. Un ejemplo, en un partido en Mestalla, Susaeta recibió un golpe en la cara de un rival y estuvo varios minutos fuera, con un corte en el labio No le gustó ni un pimiento a Bielsa. Se lo hizo saber nada más terminar el partido, en el autocar. El eibarrés trató de explicarse: «Es que me dolía, míster». Es probable que ahora ya retirado, el exrojibanco recuerde aún la respuesta: «Le dolerá si se estrella contra la luna del autobús», le replicó.

Recuperó las concentraciones

Bielsa recuperó la costumbre de las concentraciones en un hotel de la ciudad antes de los partidos en casa. Al entrenador le ofrecieron en la recepción una «suite», propuesta que declinó de inmediato. Exigió la habitación más barata del establecimiento y también ordenó que a sus cuatro ayudantes les alojaran de dos en dos. Nada de cuartos individuales ni de lujos innecesarios. Desprecia la ostentación y el clasismo, que entiende como algo anacrónico. Y hay que tener cuidado con mentarle ciertos personajes oscuros, manchas ignominiosas de la historia. En la primera expedición europea con destino a Estambul, el técnico se levantó de su asiento -por cierto, odia volar- y se dirigió a la parte trasera del avión para saludar a un grupo de aficionados. Uno de ellos le dijo que había viajado a menudo a Chile, «desde los tiempos de don Augusto». Su rostro cambió, campo de sombras. Cortó la conversación de raíz y aseveró que las personas que agreden los derechos humanos no merecen ser señaladas con respeto, en referencia a aquel inoportuno 'don' adjudicado a Pinochet.

Casado y con dos hijas, amante del cine, Marcelo Bielsa adora a los niños. Durante su estancia en Bilbao, sacó a más de un chaval al terreno de juego, con el entrenamiento en marcha. Siempre tiene tiempo para ellos, para las familias, y jamás se marcha antes de atender sus peticiones de autógrafos y fotografías. En uno de sus paseos por La Arboleda -le encanta la zona- conoció a un lugareño con el que estuvo tomando unos potes y luego fue abordado por un grupo de escolares, quienes quisieron compartir un momento con el entrenador del Athletic. ¡Nada más y nada menos! El rosarino les atendió encantado y les emplazó a todos para una futura reunión: «Mañana aquí, a la misma hora». Recogió sus álbumes de cromos y se marchó. Al día siguiente regresó y se los devolvió firmados, con una entrada dentro para cada uno de ellos. Otro de sus «mensajes de felicidad», genuinos, sinceros...