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La gran paradoja

No deja de ser curioso que el candidato experto en redes sociales haya sufrido precisamente en ellas un golpe muy duro a tres días de las elecciones

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Las elecciones del Athletic vivieron ayer una de las polémicas más extrañas que se recuerdan. Fue algo asombroso que situó a la candidatura de Jon Uriarte en un brete insólito: ni más ni menos que anunciar a su director deportivo por la mañana y formar a mediodía un gabinete de crisis que a las dos de la madrugada anunció su sustitución al considerar que el contenido de los tuits es incompatible con los valores que defiende su plancha. ¿Cómo pudo ocurrir algo así a tres días de las elecciones? No es fácil de entenderlo y todavía menos de explicarlo. Lo ocurrido con el mexicano Carlos Aviña es sencillamente incomprensible.

Aproximémonos al caso, por tanto, con mucho cuidado y de manera cronológica. El nombre de Aviña salió a la palestra hace ya dos semanas vinculado a la candidatura de Uriarte. Y fue toda una sorpresa. Nadie esperaba que un joven mexicano de 31 años, especialista en Big Data y director deportivo de un club tan modesto como el Círculo de Brujas, pudiera ser elegido para ejercer ese mismo cargo en el Athletic. Y más teniendo en cuenta que Jon Uriarte daba un valor enorme a ese puesto, hasta el punto de asegurar que era la piedra angular de su proyecto deportivo.

En las dos semanas siguientes ya no volvió a hablarse apenas de Aviña. Hasta ayer, cuando el empresario bilbaíno presentó su proyecto deportivo y anunció que, efectivamente, lo encabezaría el joven mexicano. Era una apuesta de alto riesgo, sin duda. El Athletic parecía mucho toro para un técnico con ese curriculum. Esta circunstancia, sin embargo, ha acabado siendo intrascendente. El problema de Aviña no estaba en su escaso bagaje sino en su cuenta de Twitter, donde una serie de vergonzosas bromas machistas, homófobas y racistas, realizadas en 2012 y 2013, salieron a la luz ayer a mediodía. Tras una larguísima reunión, la candidatura de Jon Uriarte anunció pasadas las nueve de la noche que todavía estaba investigando la veracidad de los tuits y que, en caso de ser ciertos, prescindirían de su autor, lo que finalmente ha sucedido esta pasada madrugada.

La reacción general a esta polémica ha sido de perplejidad. Y es que, si algo no podía esperarse de la candidatura de Uriarte, que frente a las otras dos más clásicas ha pasado por la campaña electoral como un dechado de modernidad, control del mundo virtual y dominio de las redes sociales, es que cometiera un error semejante. ¿Cómo no investigaron el historial de Aviña en sus redes antes de ofrecerle el cargo más importante en la estructura deportiva del club? La sensación de improvisación, de ligereza, y desde luego de que Jon Uriarte está mucho peor rodeado de lo que seguramente piensa, fue inevitable.

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Muy tocado por una polémica que era lo último que esperaba, el candidato tiró de victimismo hablando de «fuerzas oscuras» y juego sucio sin especificar cuáles eran éstas y quiénes los que lo practicaban. Y luego hizo una lectura moral. Habló de las redes sociales en los mismos términos viejunos en los que podríamos hacerlo quienes huimos de ellas. «Las carga el diablo», llegó a decir, antes de advertir sobre sus mayores peligros. Sus palabras eran ciertas, pero inevitablemente paradójicas.

Claro que es cruel y muchas veces injusto que a uno le condenen de por vida por una sarta de idioteces que dijo en el pasado. Claro que es cierto que ninguno de nosotros pasaríamos el filtro de la corrección absoluta que se ha impuesto como un dogma de hierro en nuestras sociedades. Pero lo incomprensible es que quienes mejor conocen este peligro, los grandes expertos en las redes, sean los que se peguen semejante tiro en el pie. Nadie espera que el socorrista se ahogue en la playa por imprudente.

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