iván mata

El hincha esencial

«Las elecciones presidenciales deberían servir para renovar la ilusión de unas metas más altas. (...) No renunciaremos al ideal de un futuro mejor»

Miguel González San Martín
MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN

Escribe Iñaki Uriarte en sus 'Diarios' que el hincha esencial no sabe el nombre de ninguno de los jugadores, tampoco el del entrenador, suele vivir en otra ciudad, pero no se acuesta ningún domingo sin enterarse del resultado de su equipo. Manu Leguineche manipulaba las emisoras de onda corta en lugares remotos, en medio de guerras, tifones, terremotos y golpes de Estado, hasta saber lo que había hecho el Athletic. Tras el funeral de Monseñor Romero, Jon Sobrino, que tenía un transistor, le gritó a Ignacio Ellacuría, con quien se había refugiado en el campanario cuando el ejército abrió fuego contra la multitud, una frase para la historia: «No todo está perdido, acaba de marcar Noriega». El hincha esencial garantiza la supervivencia de la mística, es el sostén ontológico de la existencia en la realidad. El hincha más habitual vive más de cerca la épica modesta de la vida cotidiana, es un analista impaciente que no se pierde un detalle del presente y confía con la fe del carbonero en un futuro mejor.

Los aficionados del Athletic somos hinchas esenciales por la aceptación del club tal como es, tanto que nos parecería irreverente cambiar lo que le hace un caso único en el fútbol mundial. Estaríamos dispuestos a permanecer en la fe en cualquier circunstancia, incluida la más extrema, que no se debe ni siquiera nombrar, que nunca ha sucedido en su historia más que centenaria, y nunca sucederá.

«Los aficionados del Athletic somos hinchas esenciales por la aceptación del club tal como es»

Ahora bien, por más que el Athletic sea para nosotros la versión menos truculenta del patriotismo, de la que no pensamos desertar en las circunstancias más adversas, tampoco vamos a conformamos con esto, con el orgullo de las tradiciones, con la memoria de quienes nos precedieron en el sentimiento y ya no están, con el recuerdo de nuestra propia infancia, tierra fértil para la mitología. Ahora, tanto tiempo después, orgullosos de algunos títulos que pudimos compartir hace ya muchos años, saboreando aún en el recuerdo determinados partidos memorables, así como el juego de tantos futbolistas inolvidables, de quienes recordamos hasta los andares, su modo de llevar el balón, sus jugadas sorprendentes -a veces inventadas por ellos y que no hemos vuelto a ver-, pero licenciados también en decepciones, en la murria de las derrotas y los berrinches morrocotudos, nos gustaría vislumbrar expectativas verosímiles de nuevos objetivos exaltantes, como la presencia en Europa y la determinación irrenunciable de pelear por algún título.

Cuando fuimos niños, el fútbol eran los futbolistas. Ahora sabemos la importancia de cada persona y cada cargo, lo mismo que hemos aprendido que el cine no son solo los actores, sino también el director, el guionista, el director de fotografía, el productor. Las elecciones presidenciales deberían servir para renovar el sueño de unas metas más altas. Seguiremos orgullosos del pasado, pero no renunciamos al ideal de un futuro mejor. Si el Athletic ha doblegado a los mejores de la Liga, y los mejores de la Liga están entre los mejores de Europa, por qué no vamos a codearnos con cualquier equipo europeo.