El Correo
Athletic Club

LA COPA DE 1931 | ESTADIO DE CHAMARTÍN, 21 DE JUNIO

Un rodillo en Chamartín

BAJO LA LLUVIA. Los rojiblancos se adaptaron mucho mejor al estado del césped que los sevillanos.
BAJO LA LLUVIA. Los rojiblancos se adaptaron mucho mejor al estado del césped que los sevillanos. / HISTORIA DEL ATHLETIC
  • El Athletic marcó 287 goles en los 67 partidos oficiales de la temporada 1930-31

El Athletic había formado el mejor equipo de su historia, una máquina de hacer fútbol y marcar goles -en la temporada 1930-31 logró 287 tantos en 68 partidos oficiales-, que hacía soñar a sus aficionados y se ganó un respeto reverencial en toda España. Resulta obligado detenerse a recordar a aquel Athletic invencible. En la portería estaba Blasco, un magnífico portero, sobrio y seguro, al que sólo la figura estelar de Zamora privó de un puesto fijo en la selección. Castellanos y Urquizu eran un seguro de vida en la defensa. El primero era hijo del presidente, pero nadie discutió que su sitio en el once de mister Pentland lo había ganado por méritos propios. Juanito Urquizu era un ondarrés rápido, duro y tenaz. En la década de los cuarenta, sería el entrenador de otro Athletic campeón. Por delante de ellos jugaban Garizurieta, Muguerza y Roberto. Su compenetración trascendía más allá del campo. También eran los encargados de amenizar los largos viajes del equipo con sus canciones, el 'Boga boga', 'Desde Santurce a Bilbao', 'Ilunabarra'...

Estudiante de los Escolapios como Pichichi, 'Pichi' Garizurieta jugaba con el 4, por la derecha. Le llamaban el arquitecto porque medía sus centros con escuadra y cartabón. El eibarrés Roberto Echeverría se movía por el otro costado. Tenía un físico privilegiado que le hacía abarcar mucho campo y un magnífico remate de cabeza. Entrenaría al Athletic después de la Guerra Civil. Muguerza era el hombre del buzo, dedicado a barrer y secar en la medular. Trabajaba sin descanso y era un recuperador excepcional. Había un sector de la afición que discutía su titularidad en un equipo de seda, pero otro le adoraba. Sus incondicionales eran tan entregados que inauguraron un movimiento llamado 'muguercismo', precedente de las actuales peñas. Tenían hasta sede social y organizaban fiestas con gallardetes y música de gramola cada vez que su ídolo hacía un gran partido.

De memoria

El resto del once lo compone la primera línea delantera en la historia del club que iba a recitarse de memoria, las más laureada de todos los tiempos: Lafuente, Iraragorri, Bata, Chirri II y Gorostiza. Lafuente era un extremo derecha extraordinario. Los que le vieron jugar y pudieron compararle con sus grandes sucesores -Iriondo y Artetxe- aseguran que fue el mejor, una de las grandes figuras del Athletic de todos los tiempos. Tenía un toque de balón excepcional, dribling, gol y casta. A su lado, como interior, jugaba el 'Chato' Iraragorri, un prodigio físico con un disparo descomunal. A los 17 años, ya era titular indiscutible. Agustín Sauto, 'Bata', era el ariete, un rematador incansable y voraz. El Barcelona, al que marcó seis goles esa temporada en San Mamés, puede dar fe de ello. Chirri, el segundo de los Aguirrezabala, era un zurdo elegante con clase para exportar. Tenía muchas misiones en el equipo, pero una de ellas le hacía particular ilusión: aplastar el bombín de mister Pentland cada vez que ganaban un título.

Y queda Guillermo Gorostiza, el mítico 'Bala Roja'. Era hijo de un médico de Santurce, un niño de buena familia, pero había nacido para correr. No quiso estudiar, ni buscar un empleo confortable y su padre, desesperado, lo mandó a México para que se hiciera un hombre de provecho. No hubo manera. Gorostiza sólo quería jugar y vivir; vivir jugando, aunque fuera por la comida, la pensión y unos vinos de lástima, como los que le pagaron los aficionados del Juvencia de Trubia asturiano cuando llegó al club, ya con cuarenta años, arrastrando su leyenda. Murió a los 57, enfermo de los pulmones, convertido en un juguete roto, en el sanatorio de Santa Marina. El fútbol español no había conocido un 'wing' como él. A Pentland le bastó un entrenamiento para descubrir su inmenso valor y ordenar a sus pupilos que buscaran a 'Goros' jugándole en largo, no al pie sino al espacio. Lo demás era cuestión de aquel genio indomable: ganar el cuero en velocidad, recortar hacia dentro y centrar o chutar a gol. Sólo en su primera temporada fue el máximo realizador de la Liga con 19 tantos.

Con estos mimbres, a los que hay que añadir otros futbolistas importantes como Careaga, Felipés, Uribe, Castaños o Ispizua, el Athletic completó su segundo doblete consecutivo. La Liga, en la que los rojiblancos lograron la que todavía es la mayor goleada de la historia del torneo -un 12-1 al Barça- la ganó por tener mejor coeficiente de goles que el Racing y la Real, con los que acabó empatado a puntos. La Copa fue más fácil. El Athletic eliminó sin problemas al Sabadell, el Real Unión y el Logroñés para plantarse en la final ante el Betis, el verdugo del Arenas.

Sin problemas

A diferencia de lo que ocurrió el año anterior en Montjuic, el Athletic no necesitó esta vez completar un gesta heroica para alzarse con el título. En Chamartín, en una tarde gris y lluviosa, ante un Betis de "fútbol pirotécnico", como dejó escrito un cronista, los rojiblancos se limitaron a pasar el rodillo. La gran delantera no tuvo su día. Lafuente no estaba en el campo. Se había lesionado dos días antes en un accidente de moto y su lugar lo ocupó Felipés. Iraragorri y Bata no rindieron a su nivel y Gorostiza sufrió un auténtico 'habeas corpus' por parte del defensa verdiblanco Peral. Así las cosas, el equipo de Pentland se sostuvo con el buen hacer de su capitán, Pichi Garizurieta, y con la clase de Chirri II, que abrió el marcador de un fenomenal disparo en el minuto 25.

La superioridad rojiblanca fue absoluta en un campo con barro en el que el Betis naufragó. Un gol de Roberto en el minuto 40 y un tercero de Bata en el 53 dejaron sentenciada la final. El Betis acortó distancias tres minutos después y el Athletic decidió no arriesgar más. Se dedicó entonces a lo que se conocía como 'juego lateral', consistente en perder el tiempo sin ningún recato lanzando balonazos a la tribuna, una táctica que le valió los pitidos del público. Hay que entenderlos. La gente quería espectáculo. Es lo que daba aquel gran Athletic.