El Correo
Athletic Club

Y ganó la fiesta entre Copa y copa

La Plaza Nueva, abarrotada, horas antes del inicio del encuentro.
La Plaza Nueva, abarrotada, horas antes del inicio del encuentro. / Jordi Alemany
  • Chicas endomingadas, jóvenes beodos, guiris apasionados... Todos unidos en la Plaza Nueva por un común sentimiento rojiblanco que no entendía de derrota

Maquilladísima, con unos pantaloncitos a punto de desaparecerle entre las nalgas y unos taconazos de dos palmos. A su habitual uniforme de los sábados le ha añadido una camiseta del Athletic que cualquier padre de este mundo definiría como demasiado pequeña y demasiado ajustada. En una mano, el móvil con el WhattsApp hirviendo y en la otra, una garrafa llena hasta arriba de kalimotxo.

-¿Y si ganamos?

-¡Qué dices! Si no nos meten cinco, ni tan mal.

La estampa tiene lugar en el metro, camino del Casco Viejo de Bilbao. Naiara y Marta se van a encontrar en la Plaza Nueva con la cuadrilla y con otros cientos de almas más. Forofos, familias, jóvenes, niños, mayores y aficionados de todo pelaje: todos con la ilusión a flor de piel, todos con ese sentimiento que para el intruso en el mundo del fútbol en general y en el microcosmos de la religión rojiblanca muy en particular resulta tan difícil de entender. Y a la vez, todos ellos parecen cargar a las costillas con una cierta resignación, una profecía obvia que, al final, se hizo realidad. "Vamos a palmar, tío", avanza Jon, mientras le da un trago largo a su katxi. "Pero, ¿y lo bien que nos lo vamos a pasar?" Es el día de esa gran final que hoy las crónicas dirán que el Barça se llevó sin salir de casa tras un amargo 1-3. Pero se equivocan. Entre Copa y copa, ganó la fiesta.

Quedan casi dos horas para el inicio del encuentro y el corazón del Casco Viejo ya está al borde de la taquicardia. Entre el gentío destacan dos tipos con sendas banderas enormes, con mástiles igual de gigantescos. Con la txapela bien calada, uno de ellos mira de reojo a la tela del otro, como rumiando entre dientes un "la mía es más grande", a lo que el contrario responde agitando la suya con brío, que si algo así tuviera lugar en unos urinarios públicos, aquello acabaría con los dos en el calabozo, detenidos por escándalo público. Rozando el escándalo, cerveza en ristre, un hombre orondo se pasea con el pecho al aire, luciendo algo que un día fue la cabeza de un león tatuado cerca del corazón y que hoy languidece entre una mata de pelo cano y una piel tirando a poco tersa. Muy cerca, Barbara Wye, estadounidense del mismo Boston, apura un kalimotxo con sus amigas. "Es una fiesta muy grande", resuelve con un esforzado castellano la chica de pelo rubísimo, que lleva una ikurriña pintada en uno de sus generosos carrillos. "Siento una conexión muy fuerte con la ciudad y quiero que vuestro equipo sea mi equipo", apostilla, regresando de nuevo a su lengua natal cuando se le pregunta por aquello tan manido de 'qué hace una chica como tú en un sitio como éste'.

Muchos decidieron seguir el encuentro por las televisiones de los bares.

Muchos decidieron seguir el encuentro por las televisiones de los bares. / J. Alemany.

Entre esas cuadrillas de seres felices, algo beodos algunos, pasadísimos otros; el intruso se pregunta cómo será toda esa gente en la vida real, fuera de esta arcadia feliz y futbolera en la que se ha convertido Bilbao estos días. Porque, puede que, donde hay una elástica bajo la que se adivina una cuidadísima figura de fofisano, con sus hechuras conseguidas a base de horas levantando vidrio en Pozas y rabas en Somera, el lunes habrá americana, camisa y corbata, como santísima trinidad del ejecutivo. Y desde su rincón, con su libretita en la mano, uno juguetea a imaginar cómo se ganará los garbanzos ese tipo que brama cual vikingo sediento de hidromiel o ese otro barbudo que lleva peluca roja y se ha colocado dos globos bajo la camiseta a modo de enormes pechos, que parece que para algunos cualquier excusa es buena para entregarse a los brazos del transformismo. Con cierto pavor, sólo reza porque ninguno de esos dos sea el funcionario de Hacienda encargado de revisar su declaración de la renta. O peor, el urólogo de Osakidetza de la próxima revisión.

Un Vietnam rojiblanco

A pocos minutos de comenzar el partido, en la Plaza Nueva no cabe ni un alfiler. Cientos de almas enfundadas en camisetas rojiblancas empujan para llegar a las primeras filas, allá donde se adivina la pantalla y se intuye algo de lo que grita el speaker. Pero no es fácil. A codazos, por el camino, defienden su territorio seres con los pómulos pintados con bandas en rojo y blanco, como las pinturas de guerra de un marine a la caza del Charlie por el frondoso valle del Drang. Sólo que por aquí no huele a Napalm, sólo a humanidad, cerveza derramada y vahos canábicos. Y así, entre tanta gente uniformada, gritando al unísono ese "Athletic gu gara!" uno vive su propio Vietnam.

En la pantalla, los jugadores miran con solemnidad al infinito y hasta el corazón del Caso Viejo bilbaíno parecen llegar los ecos antipatrióticos desde lo más hondo del Nou Camp: el personal se pone a pitar y a gritar ante el himno y los planos de un rey más o menos impertérrito, que trata de aguantar el tipo ante semejante papelón. Hay regates, pases y todo eso que se presupone en un partido de fútbol, aunque resulta difícil adivinar qué está ocurriendo: en el caso de la pantalla instalada en la Plaza Nueva, lo de gigante se queda en socarrón eufemismo y muchos optan por entrar en los bares, para seguir el encuentro desde las televisiones. Y gol. "Me lo veía venir", se lamenta Xabier, que se muerde el cuello de una camiseta que al final de la noche acabará dada de sí. Tanto a tanto, el guión se iba cumpliendo, deshinchando el entusiasmo de la afición, que para el fin del primer tiempo ya se había entregado definitivamente a la botella.

Al inicio de la segunda mitad, el ambiente recuerda más a un macrobotellón que a un partido de fútbol. Unas chicas comen pipas y comentan que lo de Eurovisión fue una injusticia, otros se alivian agazapados entre los contenedores y unos chicos están quemando piedra cuando, de pronto, Williams insufla de nuevo la ilusión entre el personal, que con ese gol tardío comienza a vibrar como si el partido comenzara de nuevo, como ignorando que faltan pocos minutos para el desenlace, como ¡ay!, si todo fuera posible. Pero no, no pudo ser. En la pantalla, primerísimos primeros planos de los hinchas masticando la derrota. Y en la realidad, a 610 kilómetros de Barcelona, allá donde habían volado los sueños de la afición, rostros desencajados y alguna lágrima contenida. "Ya te dije que íbamos a palmar", apunta Jon, más beodo, menos feliz, nada satisfecho porque su profecía al final se cumpliera. No hay Copa. Pero hubo fiesta. Mucha fiesta. Y hoy habrá una tremenda y monumental resaca, que para eso no hace falta entender de fútbol.