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Athletic Club

final de copa

Soñé con la gabarra

Aficionados del Athletic en Barcelona.
Aficionados del Athletic en Barcelona. / Ignacio Pérez
  • No vi a Gurpegui levantar la Copa, tampoco a Valverde manteado por sus jugadores, ni la diana de Williams, pero observé la embarcación surcando la ría: habíamos ganado. Solo fueron 30 segundos, como mucho, pero de una tremenda emoción

Fue durante la noche del jueves al viernes. Quizá por los nervios y la emoción del viaje para vivir en directo la primera final del Athletic. Acaso por las conversaciones mantenidas hace una semana en San Mamés con algunos futbolistas rojiblancos en ese alabable día de puertas abiertas de los profesionales con los medios de comunicación: el brillo en los ojos y la confianza de hombres como Ander Iturraspe e Ibai Gómez de que a la tercera tenía que ser, que no iban a caerse más hojas del calendario para que Bizkaia entera se sumergiese en una tremenda y descomunal celebración. Tal vez era también ese encendido deseo de gozar con un monumental triunfo rojiblanco, ese que toda una generación hemos sido incapaces de paladear, todos aquellos nacidos en los primeros años de los 80. Lo confieso, soñé con la gabarra.

Se trató de una visión efímera. No vi la diana de Aritz Aduriz, ni de Iñaki Williams, ni a Carlos Gurpegui, enorme, sonriente, elevando la Copa del Rey al cielo de Barcelona. Nada de eso entró en mi sueño. Tampoco el manteo a Ernesto Valverde –y el habitual baño en champán al entrenador–, a Muniain corriendo por todo el campo. Faltaron las bromas de Iturraspe y De Marcos, el abrazo de Mikel Rico con Beñat y San José, los tres hombres que habían triturado al centro del campo azulgrana. Tampoco observé a Balenziaga 'secando' a Messi, ni la explosión de alegría de esas 55.000 gargantas entregadas desde horas antes de que arrancase el encuentro ante el campeón de la Liga y el finalista de la Champions. Nada. Tampoco estaba Iraola, en su despedida del Athletic. Ni siquiera me encontré con ese momento en el que el medio centenar de periodistas bilbaínos nos miramos y no sabemos si reir, estallar, llorar de alegría, preguntándonos como íbamos a rematar la faena. Solo fue ese instante. Observé la gabarra surcando el Nervión, llegando al Ayuntamiento, con el capitán al frente, al mando de esa tropa que había destrozado al conjunto que, decían, era el más potente del mundo. Hasta que se topó con este grupo rojiblanco. Las orillas estaban repletas, miles y miles de bilbaínos tenían de dos colores la villa. Era impresionante. Un tsunami. Bueno, no, no se puede describir lo que era aquello.

Pero me desperté. Había sido un sueño. Mágico. Fabuloso. Mas se quedó en eso, en esos segundos, quizá diez, quince, a lo sumo medio minuto, que se construyeron en mi corteza cerebral. ¡Qué bonito hubiera sido! Increíble, alucinante, como -eso sí se vivió en Barcelona-, el apoyo incondicional de una afición fantástica, fabulosa, que tumbó con goleada a la hinchada culé. Por desgracia, ellos, algunos hundidos, tendrán que seguir esperando. Sí, es una decepción, pero lo único que nos queda es agradecer a este equipo que nos haya permitido tener ese sueño, el de volver a sacar la gabarra después de 31 años. ¿Quién nos lo hubiera dicho hace cuatro o cinco meses, cuando sólo pensábamos, nosotros y los jugadores, en escapar de la quemar, en huir de los puestos de descenso? ¿Quién se veía en una final en el Camp Nou frente al Barça el 30 de mayo? No, que nadie venga ahora de optimista máximo, de mago del buen rollo y de las buenas sensaciones.

Por eso, hay que agradecer ese esfuerzo a este vestuario que ha protagonizado una estupenda remontada hacia la séptima plaza que haya regalado este partido a su afición, en una temporada que arrancó cargada de ilusión, con una mochila lleno de entusiasmo con el pase a la fase de grupos de la Champions. Mostró el grupo su voracidad frente al Nápoles. Pero todo se quebró. Y, claro, empezamos a temblar. Hasta que apareció marzo en el calendario. Ya había arrancado la escalada, y ese miércoles 4 en el que estalló la alegría y la euforia, en Cornellà. Luego, la séptima plaza, ese pasaporte para la Europa League, para una fase previa que arrancará el 30 de julio vete a saber dónde. Y el sábado, por desgracia, la triste derrota, sin ninguna capacidad ni siquiera de plantar cara. Sin embargo, solo queda aplaudir. Por eso, porque nos han permitido soñar con la gabarra. Yo lo hice.