Bizkaia, de la euforia al desengaño

borja agudo

Bizkaia, de la euforia al desengaño

Decepción 37 años después. Bizkaia vivió un radical contraste de emociones, desde el ambiente festivo que marcó la jornada en todos los rincones del territorio hasta la desilusión final tras la derrota

Carlos Benito
CARLOS BENITO

La de este sábado era una jornada sin guion establecido. Estamos acostumbrados a que las grandes ocasiones sigan una pauta más o menos invariable, consolidada por esas repeticiones tozudas y rituales a las que llamamos tradición, pero la pandemia ha hecho que todo sea distinto y nos ha obligado a improvisar un poco, o un mucho. Este sábado hubo unos cuantos (unos cuantos miles) que improvisaron muy mal y amargaron la tarde a los demás a base de aglomeraciones insensatas y violencia sin sentido en Pozas, pero eso no debe hacernos olvidar que la mayoría (o sea, unos cuantos cientos de miles) supo combinar ilusión y prudencia, sentimiento y responsabilidad.

Es toda esa gente que salió por la mañana, más chula que un ocho, con su camiseta del Athletic, su bandera, incluso sus lazos rojiblancos en el carrito del bebé, y que saboreó a fondo la combinación de nerviosismo y alegría tan propia de los momentos decisivos. A las doce del mediodía, todos los pueblos de Bizkaia vivían ya el ambiente de las grandes ocasiones: en Barakaldo, en Portu, en Getxo, en Leioa, en Basauri, en Etxebarri, en Bermeo, en todas partes la marea rojiblanca inundaba las calles de poteo, pero también el resto de cada casco urbano, porque había ilusión suficiente para repartir por todos los barrios. Los redactores de este periódico tomaban el pulso a ese enorme corazón y charlaban, por ejemplo, con el baracaldés Jesús Jiménez, tocado con una txapela del Athletic tan grande como un platillo volante; con Fernando, Yoli y Ugazi, de Bermeo, que habían vestido para la ocasión a su perro Bizkor; con Agurne Azkarate, de Durango, que había tenido que cancelar su alojamiento en Sevilla pero pensaba aprovechar al máximo la jornada; con Marian, que había colocado un maniquí en su ventana de Arrigorriaga para que los ánimos al equipo no cesasen ni un momento, aunque el muñeco fuese más bien callado; con Jacob Vela, de Sopela, que se preguntaba si había llegado por fin la hora de ver realizarse un sueño.

1. Abrazo de consuelo en Bilbao. | 2. Amistosa rivalidad en Gernika. | 3. Todo es rojiblanco en Sopela. / Rafa Gutiérrez, Maika Salguero y Txema Izagirre

Gloria o amargura

Todos sabían que la pandemia mandaba, que iba a marcar la extraña organización de la jornada. Así debía ser, aunque algunos de los reunidos en Pozas no acabasen de entenderlo. A las ocho, los bares cerraron. A eso de las nueve, era el momento de las despedidas y de que cada grupo se retirase a su casa. «Me siento loco, loco, muy nervioso. Hemos pasado la tarde en Pozas, pero con tranquilidad, no como los cuatro desgraciados de siempre. Ahora, a Santutxu, a ver el partido en casita», comentaba Ángel Rodríguez, la prueba de que se puede llevar la cabeza entera pintada de rojo y blanco sin que eso afecte al cerebro que hay dentro. Las calles se quedaron vacías: parecían un claustro monacal, silencioso y desierto, y nadie habría dicho que las viviendas eran en ese momento ollas a presión donde se decidía el sabor final de la jornada. ¿Iba a ser sábado de gloria o sábado de amargura?

Banderas en un coche de Leioa. / JOrdi Alemany

Al final, no hubo ocasión de sacar la fiesta a los balcones engalanados, ni siquiera con la euforia coyuntural de un gol, y esta jornada de celebración distinta a todas las anteriores, levantada con mimo en mitad de una época de tantas tristezas, acabó en desengaño. Tenemos el consuelo de que nos queda otra final, pero este sábado algunos se tomaban el resultado con dramatismo: nada más acabar el partido, en un tercer piso de la Plaza de Unamuno, una mujer retiraba de su ventana uno a uno los globos rojos y blancos, que iban cayendo al suelo como ilusiones rotas.