El hermano Patxi Ezkiaga: un athleticzale ilustre

Patxi Ezkiaga. /Legorretako Udala
Patxi Ezkiaga. / Legorretako Udala

Jon Rivas
JON RIVAS

Hace tres años le visité en el colegio de La Salle de San Sebastián. Le iba a regalar un libro que había escrito sobre el Tour. Hablamos un buen rato. Me dijo que llevaba ya varias temporadas de prórroga, que los médicos le habían diagnosticado una enfermedad que le iba a llevar a la tumba en breve, pero habían pasado siete años de aquel pronóstico, que él trató de superar dando paseos por el monte y escribiendo. Subí con él a la terraza del colegio, en el barrio de Loyola, unas vistas magníficas de Donostia. No muy lejos asomaba el estadio de Anoeta: «Mira -me dijo- los vecinos ruidosos», porque Patxi Ezkiaga, que fue mi profesor en el colegio Santiago Apóstol, era profundamente athleticzale. Mientras vivió en Bilbao acudió cada domingo a San Mamés. Había nacido en Legorreta (Gipuzkoa), donde sus vecinos le convirtieron en 2002 en hijo predilecto y dieron su nombre al centro cultural del pueblo, pero siempre fue del Athletic.

Salió de allí en 1955, a los doce años, para estudiar en el seminario de La Salle, y sin saber ni una palabra de castellano, pero eso no le impidió, años después, sacar brillantemente sus estudios universitarios, cuando no se podía estudiar en euskera, y especializarse en literatura inglesa tras su paso por las universidades de Oxford y Cambridge.

Si entonces ya era seguidor del Athletic, durante su estancia en Inglaterra sintió la pasión por el Manchester United. Desde Cardiff, donde daba clases de historia en St Illtyd's, se hacía cada fin de semana, los 300 kilómetros que había hasta Old Trafford, en la vieja camioneta de un amigo jubilado para ver los partidos del equipo inglés. «Alegres cuando los Diablos Rojos vencían; tristes pero esperanzados cuando escocía la derrota», explicaba en un artículo que le pedí que escribiera con motivo del recordado Athletic-United de 2012. «E íbamos a Old Trafford, porque el Teatro de los Sueños era ya por aquel entonces un nombre lleno de pathos y de nostalgia. Revoloteaban por allí, como mariposas negras, las cenizas del desastre de Munich, y se oían, no muy lejanos, los cañonazos de los tanques soviéticos en las calles de Budapest. Y es que mi viejo amigo escocés no sabía que dos años antes de la tragedia, el Athletic había jugado en San Mamés contra el Honved exiliado de Puskas, Szibor, Kocsis…Y yo recordaba a Merodio, a Arieta…Tampoco sabía que en aquel nombre, Manchester United, para mí había muchas cosas inexpresables: la nieve de San Mamés entre otras, cuando en la temporada 56-57 el Athletic había batido a aquel United esplendorosamente juvenil, de Violet, Taylor… Mi amigo escocés estaba muy acostumbrado a la nieve y no sabía que la Catedral nevada pudiera ser tan fascinante para mí. Con mi amigo escocés viajé una vez, una sola vez, a Wembley a ver al United ganar la final de Copa, y aprendí a cantar «Abide with me» -Quédate conmigo-. Y me explicó que lo había escrito el pastor escocés Henry Francis Lyte tres semanas antes de morir de tuberculosis».

El hermano Patxi nos enseñó esas canciones a los chavales de Santiago Apostol, además del himno del Athletic; y las de Joan Baez o Cat Stevens. Leo en una reseña que «impartió clases durante veinte años en San Sebastián, donde su personal estilo de docencia dejó un hondo rastro en sus alumnos». Doy fe, así era. También dejó rastro en Legorreta, y en la literatura vasca. Ganó numerosos premios literarios como el Felipe Arrese (1984), Lizardi (1985 y 1987), el de la Crítica (1988 y 1997), Julene Azpeitia (1990), Jon Mirande (1991 y 1995), y Augustin Zubikarai (1998 y 1999), entre otros.

Ayer, después de varios días ingresado en el hospital, su espíritu regresó a la cueva del Pirineo aragónes donde le gustaba meditar en solitario durante semanas. Se ha ido un athleticzale ilustre.

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