La historia de los cuatro porteros

El club ha hecho sin pretenderlo una magnífica operación económica, y los aficionados, presidente, se lo explican perfectamente, aunque no les guste

Kepa, Herrerín, Remiro y Unai Simón. /EC
Kepa, Herrerín, Remiro y Unai Simón. / EC
MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN

Eduardo Galeano inició una frase que ha ido creciendo. «En su vida un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol». Caparrós, recogiendo seguramente el chiste de algún sevillano gracioso, le añadió que un hombre puede cambiar de sexo, pero no de equipo de fútbol. Aquí va otra modesta aportación: un hombre no puede cambiar de equipo de fútbol salvo que sea futbolista profesional. Esto es así, no aceptarlo conduce al error. Las cosas son como son, no como nos gustaría. Uno puede desilusionarse la primera vez, pero cuando los jugadores con ofertas tentadoras se acaban marchando, sólo queda considerarlo más que posible muy probable, y andar listos con los contratos, sin fiarse nunca de nadie, y menos de las solemnes, incluso cursis, declaraciones de amor incondicional a los colores, no hay que fiarse de nadie salvo de la afición.

Zidane le regaló al Athletic un buen montón de dinero. Su obstinada negativa a fichar a nadie permitió que Kepa Arrizabalaga, quien se iba a ir encantado de la vida, se quedara cobrando una cantidad desorbitada y aceptando una cláusula más desorbitada aún. El Madrid se lo pudo llevar por veinte millones, el Chelsea ha tenido que soltar ochenta.

El club ha hecho sin pretenderlo una magnífica operación económica, y los aficionados, presidente, se lo explican perfectamente, aunque no les guste, claro está. Las ideas pueden discutirse, pero los hechos son incontestables. Convendría aceptar de una vez cómo son las cosas en el mundo del fútbol, y que el Athletic no es una excepción. Los futbolistas que tuvieron ofertas tentadoras de grandes equipos se fueron. Sólo aceptando cómo son las cosas se puede hacer un buen diagnóstico y una buena prescripción. ¿Alguien creyó a Kepa Arrizabalaga en sus declaraciones de amor a los colores tras su fallido fichaje por el Madrid? ¿Alguien creyó realmente que si volvía a tener una gran oferta no se iba a marchar?

Juan Tallón ha escrito que un jugador cambia de equipo por muchas razones, y suelta a continuación algunas gracietas hasta que de pronto se pone serio: «No estamos hechos para conformarnos con lo que tenemos, aunque sea maravilloso».

La vida puede convertirse en una ambición imparable. Eduardo Galeano sería muy crítico seguramente con los futbolistas de ahora. A él le parecía suficiente pago para un jugador «que el barrio le envidie porque se ha salvado de la fábrica o la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería». Ahora aspiran a ser multimillonarios, ya lo son, de hecho, en los clubes de los que se van, antes de dar el salto a otro más rico y conocido. Aspiran a la fama mundial, creen que entonces serán felices. «Cuanto más éxito tienen y más dinero ganan –decía Galeano–, más presos están».

Kepa se fue, que le vaya bien, y Herrerín ha tenido la mala suerte de lesionarse. El club repesca a Remiro y éste o sus representantes (suena gracioso cuando los futbolistas, como si fueran magnates, hablan de sus abogados), o todos ellos le echan un pulso al club. Ignoro las cifras que se están manejando, tan sólo escribo artículos de opinión, pero sería una extraordinaria torpeza que no se pusieran de acuerdo, que el club que acaba de vender a un portero por ochenta millones regatee más allá de lo razonable, la ficha de otro al que las circunstancias han convertido en titular al menos durante dos meses, con la oportunidad durante ese tiempo de hacerse con el puesto. Sería una torpeza que el club dejara ir a un portero que tenga la mitad de las virtudes que de Remiro señalaba el entrenador hace unos días, y decepcionante que Remiro renunciara al acuerdo tras las afortunadas carambolas que le han dado la oportunidad con la que seguramente soñó desde niño.

Ante el Leganés, en un partido nervioso y flojo, incierto en el resultado, Unai Simón hizo una parada decisiva, como sacada de un cuento ejemplar, la historia de los cuatro porteros.

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