La inesperada alegría para una generación

Hace 21 años que el Athletic, con un gol de Etxeberria, consiguió el segundo puesto de la Liga y la clasificación para la Champions

Los jugadores del Athletic celebran la clasificación para la Champions League./J. L,. Nocito
Los jugadores del Athletic celebran la clasificación para la Champions League. / J. L,. Nocito
Juanma Mallo
JUANMA MALLO

Bilbao amaneció con un cielo plomizo, gris. Sin embargo, a ras de calle, en los edificios, sólo se veían dos colores: el rojo y el blanco. En los colegios, en las oficinas, en los bares, en los quioscos, en cualquier rincón, se respiraba el Athletic. Ese 15 de mayo de 1998 era especial, único. El cuadro entrenado por Luis Fernández estaba a un paso de recaudar el segundo puesto, el subcampeonato, el billete para la Liga de Campeones, la antigua Copa de Europa. Debía superar al Zaragoza en un San Mamés abarrotado, en una noche que transformó los nervios, la tensión y la incertidumbre en un estallido de ilusión, de felicidad, de euforia a las 23.48 horas de aquel día de San Isidro de hace 21 años, cuando el asturiano Mejuto González hizo sonar su silbato. Pi, pi, pi. Casi una década y media después, la escuadra rojiblanca regresaba a la principal competición continental.

A los 16 años, fue una noche mágica. La primera en la que mis padres me dejaban acudir solo con el carné de socio a mi localidad de Preferencia Lateral. Nunca se me olvidará. El encuentro es una bruma en mi memoria por la excitación, esa sensación de que iba a vivir mi primer momento importante en el estadio de mi equipo, pero el resto se conserva con mayor claridad. Se desataron horas de fiesta, de euforia, con Pozas y la fuente de la Playa Moyua como centros neurálgicos de la juerga, tomados por muchos jóvenes (también adultos) huérfanos de hazañas de un equipo rojiblanco que sumaba entonces doce años sin títulos. Porque había una generación -también de jugadores-, esos vizcaínos nacidos a partir de inicios de los 80 que, en su memoria deportiva, no encerraban -encerrábamos- ninguna gesta de ese Athletic que había surcado la ría con la gabarra demasiado pronto para ellos, cuando no levantaban un palmo. Bueno, quizá se puede enmarcar en esta categoría la eliminatoria de UEFA contra el Newcastle... Otra machada.

Esa jornada de mayo y las posteriores resultaron inéditas para muchos: recepciones, Bilbao en la calle, imágenes de jugadores repletos de emoción encaramados en el balcón del Ayuntamiento y, sobre todo, de la Diputación... Y todo gracias al ímpetu, la garra, la intensidad y la valentía de esos hombres del técnico tarifeño para tumbar al Zaragoza por la mínima (1-0).

Sabían los profesionales que esa debía ser su noche. Como los aficionados eran conscientes de que había que apoyar al equipo. San Mamés, cómo no, se quedó pequeño. De hecho, hubo muchos hinchas que se juntaron en dos pantallas gigantes habilitadas en la desaparecida Feria de Muestras; alguna quizá coincida con el césped del nuevo estadio. Desde que Mejuto dio por iniciado el duelo, a las diez de la noche, la imprescindible comunión entre grada y césped entró en ebullición. La escuadra rojiblanca salió en tromba. Volcada. Había que asediar la portería de Juanmi.

Pronto llegó el primer aviso con una grada que configuró la atmósfera de esas noches inolvidables, tan escasas en algo menos de tres lustros. Para todos, pero también para esos adolescentes que se emocionaban por vez primera con un encuentro en el que su Athletic podía protagonizar una proeza. Fue el ídolo de la época, el más querido, el que detonó las gargantas de los 41.000 espectadores en las gradas. Por muy poco, Julen Guerrero lanzó fuera una falta. «Gooool», se gritó en «La Catedral». No. Error.

Hubo que esperar casi 38 minutos. De fuerza, de ímpetu, pero también de temor: en ocasiones, el jugar al límite provocó algunos sustos y extrañas decisiones. Como el hecho de prescindir de las bandas. Faltaba precisión, sobraban agallas. Y el Zaragoza, a lo suyo. Tampoco sin excesivo peligro, más que un disparo del hipermotivado Ander Garitano. Pero llegó el momento, el instante. La magia... ¡El gol! Minuto 40. Joseba Etxeberria se adueñó de un rechace cerca del punto de penalti, un balón de Guerrero repelido por el larguero, y, con templanza, témpano, lo coló en la portería maña.

El ritmo, lejos de decrecer, aumentó. A muerte en cada balón. Al límite en cada carrera. Pero no se producía la sentencia. Bueno, sí, a las 23.48 horas, cuando Mejuto, el asturiano que se despidió de la Liga en San Mamés trece años más tarde, decretó el final del encuentro. Tres silbidos. El Athletic, a la Liga de Campeones. Y un terremoto de alegría agitó Bilbao. Un seísmo que sacudió Bizkaia durante 72 horas.