1947-2022

Muere Txetxu Rojo, leyenda del Athletic

Su fallecimiento a los 75 años pone de luto a la familia rojiblanca, que pierde a un futbolista genial y a una persona entrañable

JUAN CARLOS LATXAGA

Sus compañeros le llamaban 'polvorilla' y ya se sabe que los apodos suelen ser la mejor descripción de la persona. Txetxu Rojo, fallecido en Bilbao a los 75 años, se movía como un colibrí, gesticulaba con la manos y con el cuerpo y mientras hablabas con él tenías la impresión de que estaba a punto de dejarte sentado con un regate. Pero no dejaba de ser un gran tímido que levantaba la barbilla por no bajar la mirada. El artista que dibujaba el fútbol en la banda izquierda de San Mamés levantando pasiones en la grada con su juego y sus desplantes, era un ser humano afable, ajeno a cualquier vanidad, entrañable y hasta cariñoso con su interlocutor. Todos los que le acusaban de arrogante y provocador por su gestualidad sobre el césped habrían cambiado radicalmente de opinión si llegan a conocer al Txetxu persona, que era la antítesis del Rojo futbolista.

El día de Nochebuena por la mañana, la primera plantilla del Athletic tenía entrenamiento. Los rostros sobre el césped de Lezama eran sombríos. A nadie se le escapa que se marcha un genio. Por ello, ha sido recordado por Ernesto Valverde, los integrantes de su cuerpo técnico y sus jugadores con un minuto de silencio antes de comenzar el trabajo sobre el césped. Al frente del homenaje, estaba José Ángel Iribar, ex compañero y amigo de Rojo.

El club rojiblanco también ha informado que el funeral por Rojo será el martes a las 19.00 horas en la basílica de Begoña, en Bilbao. Asimismo, los jugadores portarán brazaletes negros en los partidos contra el Betis (fuera) y contra el Osasuna (primero en San Mamés).

Gorostiza, Gainza, Rojo, después Argote… el Athletic ha disfrutado durante muchos años de una saga de artistas del balón en la banda izquierda. Zurdas de seda, como les definían los cronistas de la época, genios del balón entre los que José Francisco Rojo Arroita fue uno de los más destacados.

En su condición de futbolista que hacía prevalecer la técnica sobre la fuerza, Txetxu también dividió a la grada entre los incondicionales que disfrutaban de su regate elegante, la precisión de su zurda y su visión del juego, y quienes le censuraban su falta de garra y su frialdad en determinados momentos de los partidos. Todos los rojiblancos geniales han sufrido esa división de opiniones en la catedral. Claro que cuando Rojo tenía una de esas tardes en las que su marcador solo alcanzaba a ver el once de su espalda, San Mamés llegaba a la más feliz unanimidad.

Sus detractores, que los tuvo, le acusaban de frío y hasta de miedoso porque no iba al choque ni se estrellaba contra aquellos anuncios de chapa tratando de alcanzar el balón. Él mismo era consciente y se lo tomaba con humor. «Ya sé que en San Mamés a la gente le gusta que corras a por el balón, pero si yo veía que no llegaba, no iba a gastar energías solo para que me aplaudieran», solía recordar, ya retirado, mientras, de paso, a los que le censuraban que no disputaba los balones aéreos les ganaba apuestas sobre el número de goles que había marcado de cabeza.

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Estéfano, Uriarte, Arieta, Clemente y Rojo, en la temporada 69/70.

Debutó de la mano de Piru Gainza, su ídolo de niño y amigo después, como interior zurdo, el 10 de la época, porque en el costado izquierdo despuntaba Lavín, pero muy pronto se fue a la banda, donde completó una carrera de 17 temporadas en las que jugó 541 partidos y marcó 68 goles. Argoitia, Uriarte, Arieta, Clemente y Rojo formaron, en el final de la década de los sesenta y los comienzos de los setenta, una de las históricas delanteras del Athletic que se recitan de carrerilla.

Ganó dos Copas, la del Elche y la del Castellón, y se le escurrió entre los dedos la Liga de la 69-70, en la que se quedó sin jugar las últimas jornadas tras ser expulsado en Atocha junto a Antón Arieta. Su imagen sentado en la hierba de San Mamés, contemplando desolado la alegría de los jugadores de la Juventus, que celebraban el título de la UEFA, se convirtió en el icono de la tristeza rojiblanca.

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San Mamés rindió homenaje a Txetxu Rojo en 2015. / LUIS ÁNGEL GÓMEZ

Su partido de homenaje fue todo un acontecimiento: Inglaterra jugó un partido contra un equipo de club por primera vez en su historia. Fue en marzo de 1982 y el Athletic empató con un gol de Sarabia, el tanto inicial de Keegan.

Cinco meses después de jugar contra la selección inglesa, Iñaki Sáez, un viejo compañero y amigo, le reclutó para Lezama. Iñaki le asignó la dirección del equipo más joven de la cantera, el alevín, el primer peldaño. «Txetxu era un ídolo que estaba jugando unos meses antes y para aquellos críos lo que les dijera tenía que ser palabra de Dios», calculó Iñaki.

Rojo aceptó encantado el reto de empezar por el primer escalón, donde encontró a Kike, Eskurza y Galdames. Subió peldaño a peldaño hasta el Bilbao Athletic, y por sus manos pasaron camino del primer equipo, Alkorta, Garitano, Lakabeg, Uribarrena, Mendiguren, Del Val, Merino, Urrutia, Agiriano, Ayarza, De Diego, Lizarralde y Roberto Martínez.

Como formador, Txetxu Rojo tenía una curiosa forma de analizar a los jugadores; la longitud de su descripción era inversamente proporcional al futuro que auguraba a las jóvenes promesas. «Es un zurdito espabilado, tiene cosas buenas, ve el fútbol, la toca bien… en fin, ya veremos», concluía dejando en el aire un gesto de duda. Por el contrario, cuando veía un talento en ciernes, le bastaban tres palabras: «Ese es futbolista».

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Con Howard Kendall, con quien llegó al banquillo del primer equipo.

Llegó al banquillo del primer equipo como ayudante de Kendall, pero por dos veces las elecciones le negaron la oportunidad de demostrar su valor como máximo responsable. Sustituyó al técnico inglés en el tramo final de la 89-90, con el equipo en declive, y una división latente en la afición desde el cisma de 1986. Txetxu no era un buen cartel electoral en aquellos comicios que Lertxundi ganó a Arrate y Francés, de la mano de Clemente. En la 2000-2001, con Valverde de segundo, regresó al banquillo que acababa de dejar Luis Fernández. Con una temporada discreta, el equipo acabó decimosegundo en plena transición, le sucedieron en verano unas nuevas elecciones que Javier Uria ganó con Heynckes como reclamo.

Txetxu salió de la que había sido su casa con una cierta sensación de injusticia, pero sin reproches. Años después continuó ejerciendo su magisterio en estas páginas «analizando el comportamiento global del equipo, sin criticar a nadie» Ahora que nos ha dejado para siempre, nos queda el recuerdo de un genio del balón que se hacía querer porque era una gran persona.