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ANÁLISIS DE JON AGIRIANO
10 de diciembre de 2008
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JON AGIRIANO.-

A veces, las palabras de un entrenador al término de un partido no son un cansino ejercicio de retórica hueca. A veces, son una revelación. El domingo tuvimos un ejemplo de ello en Santander cuando Joaquín Caparrós aseguró que sus pupilos habían completado ante el Racing una gran actuación y que su comportamiento, en el plano táctico, había sido «buenísimo». La satisfacción del técnico de Utrera con sus jugadores era visible. Otra cosa es que la victoria se hubiera escapado por un par de errores, pero los chavales, vino a decir, se habían portado.

La afición rojiblanca ya sabe, pues, a qué atenerse. Durante meses, en realidad desde hace año y medio, hemos sido muchos los que nos hemos preguntado acerca del tipo de Athletic que quería construir el técnico andaluz. Sobre su modelo. Y no nos valía la respuesta de que quería un bloque sólido y equilibrado, firme en defensa y eficaz en ataque. Porque ese deseo, como el de jugar con once o el de que el árbitro no te haga un destrozo, lo tienen todos los entrenadores, lo mismo Guardiola o Ferguson que el técnico del Mollerusa o el del Apurtuarte. Nuestras dudas residían en cómo quería Caparrós conseguir que su equipo, tras dos años en el borde del precipicio, creciera y se fuera acercando a ese ideal compartido por todos los entrenadores del mundo, con que jugadores, con que estilo, con que argumentos. Y es que los jugadores variaban de un partido a otro, el estilo era tan opaco que no llegaba a identificarse y argumentos se veían muy pocos. Esta temporada, en concreto, sólo uno: Fernando Llorente.

La actuación del equipo en Santander y las declaraciones posteriores del técnico ensalzándola han despejado las dudas. Ya sabemos lo que nos espera de aquí a final de temporada, salvo que esto salte por los aires. Y lo que nos espera, que en el mejor de los casos es sólo aburrimiento, es como para preguntarse si merecen la pena tantos y tantos desvelos con este equipo. La realidad es bien triste: de la mano de un resultadista sin resultados, el Athletic se ha rendido, ha renunciado al balón, que es como decir que ha renunciado a cualquier expectativa sugerente, y se ha convencido de que es un equipo mediocre, de una vulgaridad tal que su ideal táctico es hacer lo que hizo, ante un rival pobrísimo, en los campos de Sport de El Sardinero: defenderse muy replegado, presionar y pegar balonazos sin desmayo. Lo que podrían hacer, sin ir más lejos, el Mollerusa o el Apurtuarte, cuyos técnicos -a quienes uno no tiene el gusto de conocer- quizá tengan un concepto de la perfección táctica más elevado que su colega del Athletic.

Hay que prepararse, pues, para lo que viene. En su estado actual, el Athletic es predecible. Hasta se puede hacer futurismo sin gran riesgo de equivocarse. Los partidos serán un cara y cruz, más una cruz que una cara. El fútbol aparecerá en ocasiones contadas y cuando surja parecerá un milagro, como esas flores que a veces crecen en las rendijas del hormigón. El equipo aburrirá a las ovejas, incluso a las ovejas eléctricas con las que sueñan los androides. Y al final, allá por mayo, se beneficiará de que cuatro o cinco equipos son bastante peores que él y se librará, por pura inercia, del descenso. Un planazo, oiga.

Postada. Se ha acusado al Athletic de comprar el partido que le valió la salvación hace dos años. Ni más ni menos. La honestidad del club ha quedado en entredicho. Y todavía estamos esperando a que la defiendan quienes deben salir a hacerlo. Por ahora, han preferido mirar hacia otro lado. No darse por aludidos. La pregunta es hasta cuándo van a dejar que siga creciendo la sospecha de que el que calla, otorga.

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