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17 de marzo de 2009
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PATXI ALONSO.-

N o sé si a usted, amigo lector, le han robado alguna vez. Si ha sido víctima de un hurto, conocerá sin duda el agrio sabor, mezcla de rabia e impotencia, que le invade a uno en momentos como ese. El único consuelo en tales situaciones consiste en esperar que la policía pesque a los cacos y te devuelva lo que se llevaron. Algo que, por desgracia, sucede en contadas ocasiones. El problema se agrava cuando descubres que los ladrones son los policías. O, ya puestos, los jueces. ¿Qué hacer entonces? Denunciarlo en otros foros. Por ejemplo, en la Prensa. Hay muchos tipos de robos. El Lute se hizo famoso por llevarse hasta las gallinas. Ali Baba acumulaba sus tesoros en una cueva y los asaltantes del tren de Glasgow tienen el dudoso honor de haber protagonizado el golpe más famoso de la historia. Hay rateros cutres y ladrones de guante blanco. Lo del color va sin segundas, que conste. Y luego están los robos no tipificados en el Código Penal. ¿Puede considerarse como tal una actuación arbitral tan tendenciosa como la que sufrimos el sábado en San Mamés? Veamos.

Cuando a los tres minutos dos jugadores rivales que a la postre resultaran decisivos no han sido expulsados tras sendas agresiones (Huntelaar y Laas). Cuando tras sólo cinco de juego los dos laterales de tu equipo (Iraola y Koikili) están ya amordazados por sendas tarjetas que convierten las bandas en una autopista hacia el cielo para la estrella visitante (Robben). Cuando un defensa rival tiene licencia para derribar en su área con total impunidad (Heinze). Cuando un gol del equipo contrario llega tras una falta inexistente (0-2, Robben). Cuando expulsan a tu mejor futbolista hasta ese momento (Yeste) por una desconsideración merecedora de amarilla y perdonan al que la provoca (Casillas), justo en el momento decisivo del choque. Cuando los futbolistas denuncian (Llorente) constantes provocaciones del árbitro. Cuando el colegiado se preocupa más de lo que pasa en el banquillo local (Velez, Luci...) que de lo que se está cociendo en el césped... Cuando todo eso sucede, ¿podemos hablar de robo deportivo? Ustedes mismos.

Escupir en la calle está mal. Para eso no hace falta recurrir a los libros de leyes. Es una cuestión de educación cívica. Hacerlo en el pórtico de una iglesia es de un mal gusto indecente, por lo que tiene de provocación y de desprecio a las creencias ajenas. Muñiz Fernández escupió, futbolísticamente hablando, en 'La Catedral'. Lo suyo no fue un mal arbitraje. Entra directamente en el terreno de la herejía. O, si ustedes lo prefieren, de la profanación, entendida como uso irrespetuoso de suelo sagrado. ¿Qué bulle en la mente de ese hombre, bajo ese chapapote de fijador? Mejor no saberlo.

El Real Madrid tiene un equipo espléndido. Desde el mejor portero del mundo (Casillas) hasta el extremo más desequilibrante de Europa (Robben). También tiene orgullo. De hecho, lo traía herido. Por ahí comenzó a gestarse la batalla del sábado. El Athletic fue víctima de un tsunami de errores y provocaciones en los que acabó cayendo de bruces. Y ahí la autocrítica es necesaria para evitar noches tan negras en el futuro. La casta nos define. La crispación nos mata. En el fútbol y en otros ámbitos de nuestra vida social. Nuestro banquillo es, en noches como ésta, un campo minado. El general Patton decía que él no estaba al mando de un ejército para llevar a sus soldados a una muerte heroica, sino para asegurarse de que los enemigos murieran por la suya.

El sábado el enemigo se fue vivo y coleando. Y los nuestros acabaron inmolándose ante una afición que nos dio una lección de diferente calado a la del glorioso día del Sevilla. Esta vez el triunfo de la parroquia rojiblanca consistió en separar con sabiduría indignación justificada y ánimo inquebrantable, evitando incidentes de cualquier tipo. Ese fue el verdadero milagro de 'La Catedral'. Y es que, si hay algo que nunca nos podrán robar, es el orgullo y la ilusión de ser y sentirnos diferentes. De ser y sentirnos Athletic.

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