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HISTORIAS COPERAS
23 de abril de 2009
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Gloria en rojo y blanco
Foto histórica de uno de los equipos-tipo de la temporada 1909-10. / HISTORIA DEL ATHLETIC
JON AGIRIANO.-

Después de levantar las tres primeras Copas disputadas en España, el Athletic entró en crisis y se pasó un lustro entero sin volver a conquistar el título. Entre 1905 y 1910, la luz se apagó. El club vivió una época de desaliento, inquietud y dudas. A esta depresión contribuyeron una serie de factores que, unidos, tuvieron un efecto tan nocivo que hasta la propia supervivencia del club llegó a estar en entredicho. Para empezar, la escasez de partidos comenzó a desmotivar a los jugadores, que entrenaban poco y sin grandes ilusiones. Y eso que, desde la prensa, que ya comenzaba a tener en el fútbol uno de sus grandes bocados informativos, no se les dejaba de recordar su responsabilidad como representantes de la ciudad. Pero no había manera. Para jugar la final de 1905, por ejemplo, el Athletic tuvo que recurrir a jugadores de su sucursal en Madrid, ya que de Bilbao no viajaron suficientes para completar el once.

La derrota ante el Madrid, que se repetiría al año siguiente por un contundente 4-1, acabó de extender el desánimo en una ciudad conmocionada por las inundaciones de agosto de 1906. El club perdía aficionados. La idea de resucitar al Bizcaya para reactivar el pulso de la hinchada no tuvo éxito. La Copa de 1907 cayó también del lado del Madrid. Por otro lado, el hecho de que las Copas se celebraran por decreto en la capital de España comenzó a irritar a los clubes de la periferia. Tanto es así que el Athletic no acudió a la edición de 1908, de nuevo ganada por el conjunto blanco. Sí lo hizo a la de 1909, la primera organizada por la recién creada Federación Española, pero tampoco entonces pudo alzarse con el trofeo. Fue el Club Ciclista San Sebastián, que en apenas un par de años se había convertido en el enemigo predilecto del Athletic, el que interrumpió cuatro años de dominio madridista.

Se entró así en 1910, un año que marcaría la historia del club bilbaíno. El 9 de enero, en un partido amistoso disputado en Amute contra el Sporting de Irún, el Athletic jugó por primera vez con la camiseta rojiblanca. El sorprendente cambio de indumentaria, de cuya razón poco o nada trascendió y fue aceptado sin mayores problemas, no fue una apuesta de la directiva sino una casualidad. Resulta que Juan Elorduy, un estudiante bilbaíno de Ingeniería de Minas que jugaba en el Athletic de Madrid, había viajado a Londres a pasar las Navidades. Antes de partir, recibió un encargo de la directiva del Athletic de Bilbao: la compra de 25 camisetas de fútbol. Las inglesas eran las mejores. Estaban forradas de felpilla y no desteñían. En el Athletic, por supuesto, las querían azules y blancas, como las del Blackburn Rovers.

Eran la Real

Elorduy era joven, rico y bien parecido. Supongamos también que poco previsor. Y convengamos que Londres ofrecía muchas distracciones para alguien como él. El caso es que dejó las cosas para el último día y, cuando fue a comprar las camisetas, en la tienda ya no quedaban. Así que tuvo que improvisar. Al llegar a Southampton, antes de tomar el barco que le devolvería a casa, compró 50 camisetas del club local, que vestía de rojo y blanco. Al fin y al cabo, eran los colores de la bandera de Bilbao. El Athletic, tras sopesar la situación, decidió quedarse con 25. La otra mitad la llevó Elorduy a Madrid. A la 'sucursal'.

El segundo hito de 1910 fue la recuperación de la gloria. El Athletic ganó su cuarta Copa y lo hizo a lo grande. En la semifinal superó al Madrid y en la final, a los vigentes campeones y en su propia casa, en el campo de Ondarreta. Que el nombre del rival fuese Vasconia Sporting Club no debe llevar a engaño. Se trataba de un cambalache. Los jugadores del Ciclista San Sebastián habían formado meses antes un nuevo club, la Real Sociedad, pero como éste no tenía el año de antigüedad al que obligaba el reglamento de la Copa decidieron competir bajo el pabellón de otro club de la ciudad que sí cumplía ese requisito, el Vasconia Sporting. Pero eran los campeones, los defensores del título. Un rival de cuidado.

El partido no pudo ser más vibrante. Tras cinco años de agitaciones y cambios constantes en su plantilla, el Athletic presentaba por fin un equipo solvente. Comenzaban a destacar futbolistas importantes como José Mari Belauste, Zuazo, Iza, Arzuaga o Iceta y, por si éstos jóvenes no fueran suficientes, el club se había reforzado para la ocasión con cuatro futbolistas británicos: Grapham, Burns, Veitch y Cameron. Un gol del gallartino Remigio Iza decidió la final. Los rojiblancos defendieron esa renta con coraje y oficio para desesperación de la hinchada local, que al final del partido se tiraba de los pelos. Un sector del público, el que ocupaba las localidades más populares, no soportó la afrenta y apedreó a los rojiblancos cuando se retiraban eufóricos a los vestuarios. Fue la primera vez que un derbi terminó como el rosario de la aurora, pero no sería la última.

Gran recibimiento

La victoria en San Sebastián provocó el primer recibimiento multitudinario al Athletic. Los anteriores habían sido emotivos, siempre con la banda de música de Garellano amenizando la fiesta y mucha pólvora en el aire, pero el público se limitó a unos pocos centenares de espectadores. En 1910, en cambio, la cosa comenzó a desbordarse. A las siete cuarenta de la tarde del 21 de marzo, 3.000 personas esperaban a los campeones en la estación de Atxuri. Fue una fiesta por todo lo alto. Cohetes, hachas de viento, sombreros al aire y hurras, muchos hurras. Los jugadores, con su capitán Arzuaga al frente llevando la Copa, desfilaron en carruajes por el Casco Viejo hasta la plaza del Arriaga, donde hicieron un alto antes de continuar por la Gran Vía y detenerse en la sede de la Federación Atlética. Desde allí hablaron a una afición que volvía a ser feliz.

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