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26 de abril de 2009
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Los mimbres de mister Barnes
José Mari y Ramón Belauste, Eguía, Iceta, Solaun, Ibarreche, Hurtado, Pichichi, Apón, Zuazo y Germán.
JON AGIRIANO.-

Aunque la experiencia con mister Sheperd fue un rotundo fracaso y la autogestión de los jugadores estaba dando buenos resultados, en el verano de 1914 la directiva del Athletic creyó conveniente fichar un técnico. Alejandro de la Sota estaba convencido de que el magnífico plantel de futbolistas que tenía el Athletic podía mejorar sus prestaciones si se ponía en buenas manos. El elegido fue William Barnes (Londres, 1879), ex jugador de Sheffield United, West Ham, Luton Town y Queens Park Rangers. Barnes cumplía la mayor parte de los requisitos que exigía el presidente del Athletic. Era un hombre joven -35 años- y había desarrollado una larga carrera como futbolista, siempre jugando de extremo. Era, además, un tipo muy serio y responsable. Hijo de un capataz del muelle Victoria, había recibido una educación estricta. Pertenecía al Partido Laborista, como su hermano Alfred, que hizo una gran carrera política y llegó a ser ministro de Transportes del Gobierno de Clement Attlee entre 1945 y 1951.

Mister Barnes llegó a Bilbao en agosto y cayó bien en la plantilla. Aunque fijó los entrenamientos a las ocho de la mañana, todos entendieron que el madrugón merecía la pena. Al nuevo técnico no le convencía el 'passing game' escocés que practicaba el Athletic. Había que ir olvidando los pases cortos y el ritmo trotón. El futuro pasaba por la velocidad. Barnes la trabajaba a diario con sus pupilos, que se hincharon a hacer sprints y a ensayar movimientos rápidos al primer toque y disparos a gol sobre la marcha. «Yo introduje en el antiguo Athletic el juego rápido y de pases largos, llevando el balón de ala a ala, con chutadores en el centro», aseguró años después. Aparte de instaurar el clásico 'kick and rush' inglés, un estilo que ha definido desde entonces al Athletic, Barnes también introdujo la figura del masajista. Él mismo se encargaba de tratar los músculos de sus jugadores y se cuenta que tenía un ojo clínico extraordinario para determinar la duración de las lesiones. El ex presidente Pedro Astigarraga, que era médico, nunca dejó de sorprenderse con la exactitud de sus dictámenes.

Un equipo inolvidable

Aparte de ojo clínico, William Barnes tenía un pedazo de equipo. El pintor y caricaturista José Arrúe lo eternizó en un dibujo histórico que no ha dejado de reproducirse desde entonces. Pichichi y José Mari Belauste eran las dos grandes figuras, pero sería injusto no recordar al resto. A Luis Iceta, capitán e intérprete del técnico, un fuera de serie con una excepcional visión de la jugada y un gran toque de balón. A Seve Zuazo, pequeño, fibroso y guerrero, un buen goleador. A Ramón Belauste, un prodigio físico como su hermano, tremendo por su banda izquierda, todo un 'sportmen' y un hombre de extraordinaria biografía: abogado, corresponsal de 'El Sol' en Londres, reportero de guerra, viajero, ranchero en México... Un crack, en fin.

Cómo olvidar a Cecilio Ibarreche, un portero ágil e implacable por alto. O a la pareja de 'backs', Solaun y Hurtado. El primero tenía un impresionante toque de balón y era una centella en los cruces. Fue, de largo, uno de los mejores defensas de su época. Hurtado, por su parte, era un tipo durísimo, el soldado implacable con el que sueña todo entrenador. Muy distinto era Germán Echevarría, conocido como 'Maneras' por el garbo y donaire taurino con el que paseaba por Bilbao. En el campo rezumaba clase y centraba desde la derecha con mira telescópica. Apón era el cazagoles oportunista del equipo mientras que Eguía era una lapa, un operario concienzudo que secaba rivales con la misma entrega con la que ejercía su oficio de carpintero. En aquel equipo de jóvenes universitarios de buenas familias -los jugadores pagaban al club dos pesetas de cuota al mes-, era el único artesano.

La reacción

Con estos mimbres y algunos otros que no retrató Arrúe, caso de los centrocampistas Mestraitua y Cabieces y de los delanteros Zubizarreta, conocido como la apisonadora, y el gran Txomin Acedo, el Athletic conquistó la Copa de 1915. El formato del torneo fue el mismo que el año anterior, por lo que los rojiblancos, tras ganar otra vez el torneo regional, entraron directamente en semifinales. De nuevo, su rival fue el Fortuna de Vigo, al que eliminaron con autoridad: 0-0 en la ida y 5-1 en San Mamés. El pase a la final acabó de animar a la afición, a la que el fútbol del equipo había dejado bastante fría esa temporada. Los rojiblancos no acababan de jugar bien. Tras un partido en Irún, en su crónica de 'La Gaceta' José Marías Mateos lanzó al aire el dardo de una pregunta indignada: «¿Pero es que cada día se aprende a jugar peor?» Más de uno se preguntaba aquellos días si William Barnes hacía algo aparte de dar buenos masajes.

En la final, sin embargo, apareció el mejor Athletic. Su superioridad sobre el Español fue tan apabullante que el partido por el título no tuvo mucha historia más allá de una correosa polémica por la designación del árbitro. Juanito Arzuaga fue recusado por los catalanes dado su pasado rojiblanco y el siguiente trencilla designado, el madrileño Ruete, tuvo que volverse a casa rápidamente tras recibir un telegrama en el que se le anunciaba que estaba ardiendo un almacén de su propiedad. Al final, el suizo Walter Hermann dirigió el encuentro, disputado en Irún. No tuvo mucho trabajo. El Athletic arrasó (5-0) con tres goles de Pichichi y uno de Zubizarreta y Germán. La muerte de un joven seguidor rojiblanco cuando regresaba a Bilbao -se llamaba Agustín Cortadi y fue arrollado por un tren en la estación de Deba- hizo que se suspendieran todas las celebraciones.

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