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12 de mayo de 2009
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Con cantera y afición...
Jugadores y directivos posan con el trofeo conquistado ante el Castellón. / MANU CECILIO
JON AGIRIANO.-

La resaca dulce de un título que había puesto fin a once años de sequía no duró mucho. En el verano de 1969, hubo mucho oleaje dentro del club, entre marejada y fuerte marejada. Rebajado en su autoridad por la figura del nuevo manager, Rafa Iriondo abandonó el Athletic. No puede decirse que Félix Oraá se sintiera muy apesadumbrado con la marcha del guerniqués. Su apuesta era Ronnie Allen, un histórico delantero del West Bromwich Albion con escasa experiencia como técnico. Lo del inglés fue llegar y besar el santo equivocado. El mismo día de su presentación le montó una bronca terrible a un fotógrafo que había entrado en el vestuario del equipo para regalar a los jugadores fotografias de la final ganada unas semanas antes. Se armó un lío tremendo y Allen quedó crucificado para los restos por los chicos de la prensa.

Por otro lado, el club perdió ese verano a uno de sus futbolistas emblemáticos, Koldo Aguirre, traspasado al Sabadell por decisión del nuevo entrenador. Pocos meses después, también perdería a un diamante que todavía se estaba puliendo, Javier Clemente, cazado por Marañón en Sabadell. El equipo, sin embargo, supo sobreponerse a las adversidades. Es cierto que caer en la primera ronda de la Recopa ante el Manchester City fue un bajonazo muy duro para un bloque que había completado actuaciones más que meritorias en la Copa de Ferias, pero lo cierto es que aquel Athletic tenía un paso extrañamente firme. Las maratonianas sesiones de entrenamiento de Ronnie Allen, que solían incluir carreras por la playa de Sopelana, habían tenido un efecto sorprendente: el equipo comenzó a demostrar una asombrosa regularidad. Tanto que tuvo el título de Liga al alcance de la mano. Se lo regaló al Atlético de mala manera tras caer en Mestalla en la penúltima jornada.

El golpe fue muy duro. El equipo decayó, como si le hubieran descorchado y hubiera comenzado a perder burbujas. Cayó en primera ronda de la Copa, eliminado con claridad por el Madrid, y no levantó cabeza en las dos temporadas siguientes. La primera de ellas encendió las alarmas: quintos en la Liga y apeados a la primera en la Copa de Ferias y en octavos de la Copa por el Barca. El proyecto de Allen hacía aguas y eso que estaba sustentado en dos de las grandes figuras de la historia del Athletic, los que todavía son, de hecho, los jugadores que más veces han vestido la camiseta rojiblanca: José Ángel Iribar y Txetxu Rojo.

Sobre 'el Chopo', uno de los mejores porteros de la historia, ya se ha dicho casi todo. Los halagos se agotaron hace años. Basta recordar lo que dijo de él un periodista catalán, tras presenciar una actuación sobrenatural del portero de Zarauz en el Camp Nou. El Athletic había ganado 0-1 y el hombre estaba alucinado. «Es un gigante. El monstruo de los seis brazos. Mejor que Zamora», sentenció. No es extraño que se le siga venerando como a un tótem. Rojo era otra cosa. Hablamos de un genio rebelde que ejercía un influjo fascinante. Provocaba amores indestructibles y algunos odios implacables. San Mamés vivió pendiente de él durante 17 temporadas. No es de extrañar. Había que verle. Rojo ponía la zurda en el camino del balón, detenía el cuero en el regazo de su bota y entonces el mundo se detenía, expectante. Algo iba a pasar. Y sólo por disfrutar de ese misterio uno podía entregarle el alma.

Ni siquiera estas dos grandes figuras, a las que se les podría añadir un tercer león tan poderoso como Fidel Uriarte, pudieron evitar el naufragio. En la campaña 1971-72, el equipo se hundió y hubo que operar. Ronnie Allen dejó su puesto a Salvador Artigas, que acabó salvando los muebles y conduciendo al equipo hasta las semifinales de Copa. La labor del técnico catalán, un tipo reservado como un cartujo que hacía su vida en las recién inauguradas instalaciones de Lezama, fue meritoria. El problema fue que su caracter le impedía ejercer de revulsivo. Eso era lo que necesitaba el Athletic y para eso se contrató a Miroslav Pavic, un doctor en Educación Física por la Universidad de Belgrado, buen teórico del fútbol, que había hecho una carrera aceptable en el Brujas y el Standar de Lieja. Con él llegó el título de Copa número 23.

Nadie lo hubiera dicho durante sus primeros meses de estancia en el equipo, de los que se recuerdan dos problemas. El primero es la famosa sanción disciplinaria de tres semanas a Txetxu Rojo, sobre el que el Real Madrid y el Barcelona estaban echando sus tentáculos. Fue una tontería. Pavic dijo que quería gladiadores en el campo y el de Begoña le contestó que ellos eran jugadores. La directiva lo interpretó como un desacato y Rojo fue apartado de la plantilla. El segundo problema fueron las fiebres tifoideas que apartaron a Iribar dos meses de los terrenos de juego, un período en el que Vizcaya rezó más que nunca. El Athletic, pese a todo, resurgió en la Copa, como tantas otras veces.

Tras aprovechar la ventaja de un sorteo propicio -Oviedo, Sevilla y Málaga fueron sus rivales-, el equipo se plantó en la final, donde le esperaba el Castellón. El Athletic, que había estrenado presidente en la figura de José Antonio Eguidazu, se conjuró para sumar un nuevo título semanas después de que la Federación aprobase la contratación de dos extranjeros por equipo, un gran palo para el club. Y lo consiguió. El Castellón de Lucien Muller había ascendido un año antes, pero tenía un buen conjunto. Allí estaban Planelles, el jefe de la tropa, Clares y un joven Vicente del Bosque.

En la final, sin embargo, los levantinos pagaron la novatada. El rival imponía. Muy serio, apoyado por una hinchada ardiente que reventó las gradas del Vicente Calderón, el equipo de Pavic dio una lección de solvencia. Y no importó que cinco futbolistas -Zubiaga, Guisasola, Rojo II, Lasa y Villar- debutasen aquel día en una gran final. Su superioridad fue indiscutible a lo largo y ancho de un partido que se decidió con goles de Arieta II en el minuto 27 y Zubiaga en el 53. La celebración del título tuvo esta vez un carácter reivindicativo, bien resumido en el lema de la pancarta con la que la expedición del Athletic se encontró al comienzo de la cuesta de Miraflores, antes de coger el camión que bajaría al equipo hasta el Ayuntamiento: «Con cantera y afición, no hace falta importación».

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