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El reto del futuro pasa por aprovechar el impulso de la final para forjar un equipo competitivo basado en una cantera más abierta
17 de mayo de 2009
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Se busca un Athletic tan grande como su afición
La afición del Athletic dio una lección ejemplar al término de la final a pesar de la clara derrota ante el Barcelona. / EFE
JON AGIRIANO.-

Han pasado cuatro días desde la final. Los hinchas del Athletic los han dedicado a regresar a la realidad. Ya saben: rutinas grises y algún que otro rayo de sol. Como la vida misma. El bajón, esa mezcla de flojera, melancolía y pesadumbre que nos dejó la derrota ante el Barça, ya está superado. Muchos quisieron demostrarlo el viernes en las calles de Bilbao durante el homenaje al equipo, un festejo del que la directiva de Fernando García Macua tenía que haber prescindido por puro respeto a la historia del Athletic, a la memoria de sus grandes campeones. Por ellos, por tantos y tantos jugadores que en su día se ganaron en el césped el derecho al paseo triunfal, resulta obligado seguir distinguiendo muy bien, como siempre se ha hecho, las victorias de las derrotas. Sufrir por esa diferencia -no lo olvidemos- es lo que separa a los grandes de los mediocres. Y el Athletic, qué se le va a hacer, perdió por goleada ante el Barcelona.

Otra cosa es que del 13 de mayo de 2009 muy pronto ya sólo quede el recuerdo de una movilización popular extraordinaria, sin precedentes en el fútbol español, que ha desatado en todos nosotros el orgullo de pertenecer a un club único. No es para menos. La lección que la hinchada rojiblanca dio en Valencia merecería una mención especial por parte de la UEFA, una distinción simbólica. Como seguro que a ella no se le va a ocurrir, alguien se lo podría proponer a Ángel María Villar, ese ente autónomo que un día fue jugador del Athletic. Y el que crea que a este cronista le puede la pasión que ponga sobre la mesa un ejemplo de fidelidad a unos colores, cuerpo de jota e impecable señorío tras la derrota como los que demostró el miércoles la afición del Athletic. Buen catador de los mejores aromas del fútbol, Xavi supo apreciarlo. Fue muy bonito su detalle de dar la vuelta de honor con una bandera rojiblanca.

Digan lo que digan los cenizos de guardia, la experiencia ha merecido la pena. ¡Vaya que si la ha merecido! Los que creen que, durante estos dos últimos meses, se nos ha ido la mano -y hasta un poco la olla- alimentando la quimera de ganar al mejor equipo del mundo es que no acaban de entender la necesidad tan imperiosa de vivir algo grande que tenía este viejo club. Todos sabíamos que el Barça es de otra galaxia y que el Athletic de Caparrós, pese al mérito de haber alcanzado esta final, es un equipo de lo más terrenal, sin el mínimo imprescindible de fútbol y grandeza para ser campeón. La cruda realidad es que lo que se le vio al Athletic en Mestalla a partir del minuto 8 -no dar dos pases seguidos- se le ha visto muchas veces a la largo de la temporada y ante rivales de mucha menos enjundia. Pero había que creer en la victoria, había que disfrutar como nunca de la cuenta atrás, había que reventar de ilusión y despertar al león dormido, a un Athletic que estaba perdiendo el pulso tras 24 años de sequía. Y eso se ha conseguido. Es una magnífica noticia.

El Athletic ha demostrado que está más vivo que nunca. De lo que se trata ahora, y más con la perspectiva de un regreso a Europa que obligará a reforzar la plantilla (y no de rebajarla, como ha sucedido esta temporada con la venta de Aduriz), es de aprovechar la ocasión histórica que se presenta para dar un giro a la institución y ponerla en el siglo XXI. Ha llegado la hora de comenzar a poner entre todos las bases para terminar de una vez con la disfunción brutal que nos ahoga: la que existe entre la mediocridad del equipo -por no hablar de la de algunos de sus responsables en estos últimos años- y la grandeza incomparable del club. Y para ello hay que seguir compitiendo. Hay que ganar. Y no vale con hacerlo en las gradas. Esa victoria siempre la hemos dado por descontada. Hay que hacerlo en el césped. Hay que aspirar a títulos y jugar finales con mucha más asiduidad. El Athletic es lo que es y tiene la filosofía que tiene porque fue un equipo campeón. Imaginar otro largo paréntesis de más de dos décadas alejados de la pomada de Europa y de los títulos sería tanto como imaginar el desplome del club.

Por supuesto, resulta muy fácil hablar sobre la necesidad de competir y muy difícil cumplir esa exigencia. Pero el miércoles, aparte de zumbarnos, el Barcelona de Guardiola nos mostró el camino. En gran medida, ese formidable equipo que combina de un modo asombroso la música dulce de los violines con el fragor de las máquinas trituradoras es un equipo de cantera. Como nosotros, oiga. Más de la mitad del bloque titular (Valdés, Piqué, Puyol, Messi, Iniesta y Xavi), a los que se les podrían sumar Busquets y Bojan, son chavales formados en La Masía. Lo escribía el otro día en estas páginas Santiago Segurola. «Corren tiempos globales. ¿Por qué no una cantera global?».

Paso al frente

Lo cierto es que no hay ninguna razón para negarse a ello. Sólo hace falta plantear la cuestión con valentía y sin complejos a la masa social del club y dar el paso al frente. En diciembre de 2006, en medio del oleaje de una temporada nefasta, Miguel González San Martín y este cronista defendimos la necesidad de abrir las puertas de Lezama a niños de toda España y de todo el mundo. Si no tenemos chavales suficientes, veníamos a decir, si el descenso demográfico ha provocado una reducción del 60% en la base de captación del club, si nuestra cantera necesita una masa crítica de jugadores mucho mayor, pues vayamos a buscarlos. ¿Qué parte bonita de la filosofía rojiblanca se rompe con eso? ¿O lo nuestro no es un sentimiento?, como se preguntaba hace unos días un peñista de Belmonte (Cuenca), quejoso porque no se permita jugar en el Athletic a sus hijos, a niños que aman al club desde que nacieron. ¿Qué sentido tiene seguir manteniendo esas absurdas barreras?

Me temo que si mi amigo pobeñés y yo no escuchamos entonces ningún argumento sólido en contra es porque no lo hay. De hecho, un 66% de los socios, según la encuesta que publicó este periódico en las últimas elecciones, está ya a favor de convertir Lezama en una cantera global. El reto es extraordinario, a la altura de la afición del Athletic: convertirnos en una de las mejores factorías de futbolistas del mundo. Me temo que sólo así podrá el Athletic ser algún día en el campo lo grande que es fuera de él.

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