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ANÁLISIS
19 de mayo de 2009
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MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN.-

Una chica llamada Ainara dice, en su comentario a una columna brillante (como todas las suyas) del joven Zarracina, que no necesitamos ganar la Copa para celebrarlo, puesto que somos así de chulos. Está bien, es bonito, de Bilbao y sus pueblos, pero sé que debo refrenar mi simpatía. Ainara no tiene una columna semanal, sobre el Athletic pero también sobre el fútbol y la verdad a nuestro alcance. Probablemente le llevo algunos años a Ainara, como aficionado y, vamos a decir en plan finolis, ay, de experiencia vital. Mira, Ainara, cielo, los aficionados del Athletic, los jugadores, el cuerpo técnico, la directiva, no deberían celebrar cualquier cosa. Tendrían que darse razones muy serias para embarcarnos oficialmente en cualquier celebración, considerando nuestro historial, salvo que nos resignemos definitivamente a ser un equipo menor. Celebrar cualquier cosa es rebajarnos.

Si empezamos a celebrar una derrota por goleada, acabaremos sacando la gabarra cada vez que evitemos el descenso. Lo decía De Quincey, se empieza asesinando, y se acaba faltando el respeto a las señoras. Ainara, corazón, una cosa es la fiesta y otra el fútbol. No hace falta buscar razones para la fiesta, cualquiera es buena, pero no enaltece al Athletic, sino que lo rebaja, considerar que una derrota por goleada es una razón suficiente para celebrarlo. Estoy seguro de que no fue por mala fe sino por ganas de marcha, pero que el Athletic celebrara una derrota por goleada fue una humillación innecesaria. Leo a Jon Agiriano y confirmo que no soy un bicho raro. Su mesurada opinión sostiene mi punto de vista. Deberíamos tomarnos las cosas más en serio. Celebrar una derrota por goleada es impropio del Athletic, lo sería incluso de un equipo menor, que no tuviera nuestro historial.

El partido ante el Espanyol fue uno más de ésos que nos hemos tragado durante tantos años, que se pierden a última hora, por un penalti discutible, un rechace, un error, un gol en propia meta, empujado más allá de la fatídica divisoria con los cuartos traseros, propios o ajenos, yo qué sé, pero uno de esos partidos de los que se saben con alguna certeza, mientras se padecen, que se pierden casi de fijo. El Athletic no jugó nada, no fabricó una ocasión, correteó de acá para allá, pasando el tiempo, haciendo eso que suele llamarse, siendo generosos, controlar el partido. Qué controlar ni controlar. Los entendidos los denominan también a veces, a esos tostones, partidos tácticos. Qué tácticos ni tácticos. El Athletic no jugó nada y el partido fue un paquete.

Los tres cronistas deportivos más cabales del periodismo deportivo nacional, Unzueta, Segurola y Agiriano, que además son bilbaínos y seguidores del Athletic, plantearon, sin ponerse de acuerdo con antelación, cada uno por su lado, el dilema respecto del modelo de eso que habría que volver a nombrar, porque es una petulancia que sigamos denominando 'filosofía'. Unzueta se limitó a citar el argumento sociológico del menor número de niños nacidos en el territorio Athletic. Segurola propuso el modelo del Barça, es decir, una cantera no sólo global sino de unos jugadores con destrezas determinadas. Agiriano, de cuya amistad me enorgullezco, recordaba la solución que yo veía a los apuros clasificatorios de las temporadas precedentes, similar a la que podríamos adoptar ahora, que somos meritorios, pero episódicos, subcampeones de Copa. El Athletic, como el Barça, podría traer a Lezama muchachos de cualquier parte, no sólo del territorio Athletic sino del resto de España y del resto del mundo. Les daríamos estudios, afecto, les haríamos sentirse de los nuestros.

Nunca entendí que el presidente Macua rechazara esa posibilidad con un tremebundo argumento, como si esa solución fuera poco menos que tráfico de menores. Muy joven, casi un niño, llegó Messi a Barcelona, y es, con toda legitimidad, un jugador de la cantera. Catalán y argentino, como el título de un tango. Esos niños que vinieren a Lezama, y a los colegios concertados por el Athletic, a una residencia modélica, procedentes de los potreros de las cinco partes del mundo, tendrían no sólo la oportunidad de educarse entre nosotros sino esa opción que sólo está al alcance de algunos privilegiados de cualquier parte del mundo, la de jugar en el Athletic.

Ainara, bonita, precisamente porque somos de Bilbao no deberíamos festejar cualquier cosa.

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