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La hinchada del Anderlecht se mostró muy provocadora, saltó al final al césped y el partido casi termina en una batalla campal
19 de febrero de 2010
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Los agentes de seguridad reducen a un aficionado belga. / VIDEO: LUIS CALABOR
J. GÓMEZ PEÑA.-

El Tratado de la Unión Europea no incluye al fútbol. Una vez finalizado el partido, San Mamés vivió ayer una noche de vergüenza, con la afición del Anderlecht en medio del campo, retando a la grada, y con algunos aficionados rojiblancos respondiendo al desafío y perdiendo la compostura. En medio de ese partido que comenzó nada más acabar el de fútbol, la Ertzaintza y los miembros de una empresa de seguridad privada hicieron el papel de árbitros. Todos sobre el césped. Patadas sin balón.

La afición rojiblanca reclamó un trato más duro contra la hinchada belga, que había pasado el partido provocando y montando bronca. También Fernando García Macua censuró la actitud de la Ertzaintza, pasiva, a su juicio. El presidente del Athletic está convencido de que el delegado de la UEFA informará de que los altercados fueron causados por parte de la hinchada rival, por lo que espera una fuerte multa, pero no el cierre del estadio.

El lamentable final del partido comenzó a generarse horas antes. Bastantes de los hinchas belgas llevaban desde la mañana montados en una ola de cerveza. Mucha espuma junto a las carpas de El Arenal, instaladas para la Copa del Rey de baloncesto. Triple trago por la mañana y luego a cortar a pie Bilbao por la calle Licenciado Poza. En grupos, desperdigados. La mayoría voceaban tranquilos. Hasta que un joven voló una bengala justo bajo el escudo del Athletic en la fachada de San Mamés. Esa mecha prendió en zona peligrosa: había un líquido inflamable, el alcohol, y un gas con aroma a porro. Explotó, claro. Se enfrentaron unas docenas de aficionados a las puertas del campo. Cruce de botellazos. Carreras por la acera. Retos, gestos desafiantes y algún manotazo. Nada de unión europea.

Los hinchas belgas llevaban combustible alcohólico de sobra. Al borde de los incidentes, varios miembros de la Ertzaintza aguardaron hasta la llegada de dos furgonetas con agentes antidisturbios. Silbaron entonces las porras. Desbandada sobre el crujir de vasos de plástico. «¡Darles! ¡Darles!», se escuchó desde las puertas de los bares. La afición azuzando a la Policía autónoma para que cargara. Las cosas del fútbol. «A ver si nos van a vacilar cuatro monos. Casi me dan con la bengala», se quejaba un rojiblanco. «¡Que se vayan a su puta casa por donde han venido!», bramaba.

Aliento en la nuca

Los agentes detuvieron al menos a cuatro hinchas belgas. Uno de ellos se encaró e intentó agredir a un ertzaina. Los flashes de los fotógrafos clavaron imágenes de seguidores del Anderlecht contra la pared. Duró sólo un rato. Cerca ya del inicio del partido, dejaron de alarmar las sirenas y la marea belga se metió con su espuma a San Mamés. Entraron los primeros y estrenaron un lugar inusual para las aficiones rivales: la UEFA decidió colocarles justo detrás de la portería de Ingenieros. Habitualmente, las voces de fuera van siempre a una esquina. Esta vez los ubicaron en la chepa de los porteros. Aliento en la nuca.

Por eso, porque llegaron primero los belgas, el Athletic fue recibido con una pitada cuando salió a calentar. La megafonía regateó enseguida ese efecto. Sonó el himno rojiblanco. Aunque ni eso les desanimó: bailaron al son de la tonada. Venían preparados. Cuando el árbitro pitó el comienzo, empezaron a lanzar sillas contra la afición bilbaína. Zaranderon la valla de separación. Y otra vez tiraron de bengala. San Mamés les abroncó. La grada se giró hacia el palco, en busca del presidente del Anderlecht: «¡Fuera! ¡Fuera! ¡Animales!».

La Ertzaintza ingresó en el rincón del campo donde braceaban los más desaforados y montó un cortafuegos. La afición rojiblanca tenía la mirada dividida: al juego y a los incidentes. El caso es que así el Anderlecht esquivó la presión del inicio del encuentro. Gracias a su trichera de forofos. Tiesos. Gesticulantes. Hasta sacaban fotos a los ertzainas para quedarse con el recuerdo. Turismo de bronca. Les gustaba provocar. Al final de la primera mitad entonaron el 'Que viva España'. Una pitada les respondió. Pero ellos a lo suyo. El gol de Biglia les llenó de aire. Más voces. Eran dos mil y sonaban como muchos más.

Un bote de humo morado, el color de la piel del Anderlecht, cayó sobre el césped. Humo de guerra. De victoria momentánea para ellos. La segunda parte fue distinta. Sonó el «¡Athletic! ¡Athletic!». Y el «¡A por ellos!». El empate calmó a los belgas. Y así acabó el partido. O eso parecía. Volvieron a volar objetos. Los insultos. Lo peor del fútbol. La exaltada afición del Anderlecht acabó sobre el césped, pavoneándose, mientras por la otra portería respondía a su desafío un grupo de hinchas locales. Por un momento, el ambiente fue bélico. Al final, la Ertzaintza y los guardias de seguridad rodearon a la expedición belga y la mantuvieron en su grada hasta que San Mamés quedó vacío. Aun solos siguieron provocando. Y en el exterior del campo las cargas se sucedieron.

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