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El modelo de Jupp Heynckes brilló por primera vez en todo su esplendor durante noventa minutos inolvidablesEl Athletic no pierde en Gijón desde el histórico recital de fútbol que dio allí en 1992
13 de marzo de 2010
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El partido perfecto
Julen Guerrero, Josu Urrutia y Genar Andrinua, en presencia de Ernesto Valverde, aplauden al público de El Molinón al término del partido. :: EL CORREO
JON AGIRIANO.-

Sucede muy raras veces, como alguno de esos fenómenos extraños, pensemos en la famosa ciclogénesis, con los que a veces nos sorprende la naturaleza. Nos referimos al partido perfecto, un acontecimiento extraordinario cuya existencia requiere de una serie de condiciones que sólo se dan muy de tiempo en tiempo. Y es que resulta complicadísimo que los astros se alineen de forma que un equipo mundano pueda hacer un fútbol primoroso durante los noventa minutos -no vale con hacerlo treinta o cuarenta-, imponga sobre el césped una superioridad indiscutible, obtenga un resultado espectacular y salga del campo ovacionado no ya sólo por su propio público sino también por la afición rival. Pues bien, ahora que el Athletic se dispone a visitar El Molinón se impone recordar el que ha sido, probablemente -se podría discutir mucho sobre el tema-, el último partido perfecto que ha disputado el equipo rojiblanco. Nos referimos al 0-4 que obtuvo en Gijón el 29 de noviembre de 1992.

Lo que ocurrió aquel domingo, festividad de San Saturnino, fue algo inesperado. En principio, no se daban las condiciones para que el equipo bilbaíno alcanzara la perfección. El Athletic de Jupp Heynckes todavía estaba tomando forma. Y no era un proceso fácil. Todo lo contrario. Lo que intentaba el técnico alemán era, ni más ni menos, que una metamorfosis: convertir a una plantilla que venía de sufrir dos temporadas angustiosas, un grupo desnortado y sin confianza, el de los «mingafrías» como lo bautizó Javier Clemente, en un equipo de calidad, bonito y sugerente, que ofreciese un fútbol ofensivo jugado al toque. La empresa requería tiempo y paciencia. Era un cambio fortísimo y, aunque el equipo estaba ilusionado con su propia transformación, era imposible que ésta llegara de la noche a la mañana.

De este modo, cuando el Athletic salió al campo de El Molinón aquel domingo de noviembre de hace 18 años, nadie podía presagiar lo que finalmente sucedió. Los rojiblancos marchaban octavos en la clasificación, sin positivos ni negativos, y llevaban cuatro partidos sin ganar. En el último, el Burgos de Luis Fernando había rascado un empate de San Mamés. Y no sólo eso. Tres semanas antes, además, habían sufrido una humillación al caer en la primera ronda de la Copa ante el Xerez. Por otro lado, el rival imponía respeto. El Sporting de Bert Jacobs era una tropa muy sólida. Sextos en la tabla, los asturianos tenían un fortín en su campo. Juan Carlos Ablanedo, de hecho, sólo había encajado un gol en los cinco partidos que había disputado como local. A nadie extrañó, por tanto, que la víspera del partido, antes de viajar a Gijón, Heynckes reconociera en Lezama que el objetivo del equipo era lograr «un punto o dos». El empate se antojaba un buen resultado.

Urrutia, en la derecha

El alemán escondió el once titular hasta el último momento. La única sorpresa de la convocatoria fue la presencia de Patxi Rípodas, uno de los futbolistas a los que Jupp Heynckes tenía postergados y con quienes su trato era bastante distante. Ya se sabe que el técnico de Holt no era, precisamente, un ejemplo de mano izquierda con aquellos futbolistas que no le interesaban. De hecho, unas declaraciones suyas recordando a esos jugadores que la tasa de paro en España era del 18% habían caído bastante mal en el vestuario.

La convocatoria de Rípodas fue interpretada por la Prensa como «un gesto conciliador» del entrenador. El navarro, eso sí, no tenía ninguna posibilidad de jugar de principio. Heynckes sólo tenía una duda en el once: el interior derecha. Eskurza estaba lesionado y su lugar lo venía ocupando Estibariz, pero el míster rumiaba un cambio que, finalmente, realizó: situar a Urrutia en el vértice derecho del rombo, dejar a Ander Garitano el timón del medio centro y colocar a Mendiguren por la izquierda. Arriba estaría Julen Guerrero, que sólo llevaba un puñado de partidos en el equipo y estaba ofreciendo un nivel excepcional, mientras que Valverde y Ziganda serían, como siempre, la pareja de ataque. La defensa la ocuparían Lakabeg, Alkorta, Andrinua y Lanbea, que había debutado la semana anterior ante el Burgos. Larrazabal estaba lesionado.

El Athletic salió a por el partido desde el pitido inicial. Ya en el primer minuto, los rojiblancos disfrutaron de dos buenas ocasiones para abrir el marcador. El Sporting comenzaba a marearse viendo cómo su rival robaba y tocaba a una velocidad endiablada. En el minuto 11, tras una bella jugada de Mendiguren por la izquierda, Valverde abrió el marcador. Poco después, Ziganda desperdició una ocasión clamorosa para hacer el 0-2. Con toda la portería para él, envió el balón al larguero. Los asturianos no sabían qué hacer. Cuando Pablo remató de cabeza al larguero un saque de falta -fue su única ocasión- muchos de ellos comprendieron que aquel no iba a ser su día. No iba a serlo, en efecto. El Athletic continuó jugando a un nivel excepcional. Aquello era un rondo al mejor estilo del Barça de Cruyff. «Estabas en el campo y tú mismo te decías: ¡joder, qué bien estamos jugando! Fue una sensación magnífica», recuerda Ernesto Valverde.

La fe del alemán

Uno de los protagonistas del encuentro fue Ander Garitano, imperial en la distribución y letal en las llegadas. El deriotarra, que había reaparecido dos semanas atrás en el Camp Nou -en la pretemporada se rompió un metatarsiano que le dejó tres meses en el dique seco-, marcó el segundo gol en el minuto 33 y lo celebró desaforado, tropezando al saltar un cartelón de publicidad. En la segunda parte, envió un chutazo al larguero. Pudo ser el 0-5. «La verdad es que dimos un recital. Pudimos acabar 0-10. Lo recuerdo como el mejor partido que jugué en el Athletic», evoca Garitano, que culpa a Heynckes de aquellos noventa minutos inolvidables. «Lo decisivo de aquel partido y de aquellas dos temporadas fue la fe que tenía en nosotros el alemán. Porque hace falta mucha fe para jugar con un rombo en el centro del campo y sin ningún jugador defensivo».

El Athletic se fue al descanso con el partido sentenciado después de que Ziganda lograra el 0-3 casi al final de la primera parte. La segunda fue un paseo militar de los rojiblancos, a los que les salía todo. Controlaban el juego y lanzaban dardos a la contra. Josu Urrutia recuerda el placer que le proporcionó aquel partido. «En el campo tenías la sensación de gozar, que es algo muy raro. Al menos lo era para nosotros, que veníamos de sufrir dos años muy malos. Fue algo inolvidable. Es rarísimo que en un partido, como nos sucedió aquel día, le salga todo a todo el mundo», dice. Tan raro como escuchar los aplausos sinceros de la afición rival. El primer rojiblanco en disfrutarlos fue Julen Guerrero, al que Heynckes sustituyó en el minuto 86. Fue un bonito detalle. El portugalujo había marcado el 0-4 en el minuto 63 y había completado un partido sensacional. Comenzaba a ser una figura, un icono.

El punto de inflexión

Urrutia y Valverde coinciden en la importancia que tuvo aquel choque. «Fue la confirmación de que íbamos por el buen camino», explica el lekeitiarra. 'Txingurri' insiste en ello. «Necesitábamos refrendar la propuesta del entrenador, un nuevo estilo, muy ofensivo. En casa ya habíamos demostrado algunas cosas, pero necesitábamos hacerlo fuera. Y allí lo conseguimos. Fue un punto de inflexión», comenta. José Julián Lertxundi es de la misma opinión. El ex presidente del Athletic disfrutó de lo lindo aquella tarde en el palco, hinchado de satisfacción y de orgullo. «Fue una borrachera de fútbol. No había visto nunca jugar así al Athletic fuera de casa. Los directivos del Sporting estaban alucinados», recuerda. Tan alucinados como Ablanedo, el portero gijonés, que no reparó en elogios hacia sus rivales. «El Athletic ha sido hoy como el Barça, el Madrid y el Milán juntos», dijo, cuando un periodista le preguntó si el fútbol del Athletic esa tarde se podía comparar al de los más grandes.

Aquella gran victoria histórica tuvo un efecto positivo que se fue comprobando con el paso de los años: el Molinón se convirtió en un campo talismán para el Athletic, que no ha vuelto a perder allí, como si el perfume del partido perfecto todavía perdurase.

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