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4 de mayo de 2010
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Mal cuerpo
Muniain sigue atento a una jugada junto al banquillo del Athletic. :: EFE
JON AGIRIANO.-

Si un reflejo tuvo el desencanto que se apoderó de la hinchada del Athletic el pasado domingo ése fue el de la imagen triste de los graderíos de San Mamés vaciándose cuando todavía faltaba más de un cuarto de hora para el final del partido. Pocas veces se ha visto una retirada en masa de semejante calibre en La Catedral, y mucho menos con el equipo metido en la pelea por Europa, pero lo cierto es que tampoco era difícil de entender: la impotencia de los rojiblancos era tan evidente que apenas dejaba resquicios para la esperanza. Y no sólo eso. Me temo que, detrás de ese desfile anticipado de espectadores, detrás de ese mal cuerpo general que dejó el partido, había algo más profundo, algo que no tenía que ver directamente con el disgusto puntual de una derrota dolorosa. Podríamos hablar del desasosiego que dejan las ilusiones perdidas y de la irritación que provocan los errores que no se reconocen.

Cuando hablamos de las ilusiones perdidas no sólo nos referimos a lograr una plaza en Europa. De hecho, esa puerta no está cerrada del todo por mucho que el Athletic se haya venido abajo -2 puntos de los últimos 12 posibles- en el momento decisivo de la temporada. Todavía quedan opciones y hay que intentar apurarlas al máximo. Faltaría más. Nos referimos, sobre todo, al juego, que ha vuelto a las lúgubres andadas de casi toda la era Caparrós, a ese fútbol primario de arreones y riñones que algunos creímos corregido y superado hace apenas tres semanas. Por lo visto, estábamos equivocados. Ha sido imposible dar la necesaria continuidad a una línea de juego sugerente que los propios futbolistas rojiblancos eran los primeros en valorar. La duda es si la causa la tiene el bajón físico del equipo tras una campaña de enorme exigencia -ojalá sea esto lo que ocurre- o se trata de que se ha renunciado a unos principios en los que, en el fondo, ya se sabe que la cabra tira al monte, no se acababa de creer. Sospecho que la respuesta no la conoceremos ya hasta la próxima temporada.

A los errores de los que hablaba se les puede poner nombre. El primero de ellos es Aritz Aduriz, que nos ha dado con el mazo tanto en el Ono Estadi como en San Mamés. Reconozco que lo paso muy mal cuando veo al guipuzcoano en el equipo contrario. No acabo de aceptarlo. Y tengo la impresión de que el mío es un sentimiento muy extendido entre la afición del Athletic, sobre todo cuando se piensa en la compañía que tiene Fernando Llorente: Toquero, De Marcos, Díaz de Cerio, Ion Vélez y Joseba Etxeberria. Si a esta nómina se añade la dramática ausencia de delanteros con gol en el filial, cuyo máximo realizador es un centrocampista fino como Iñigo Pérez con 6 tantos, pensar en una lesión del riojano provoca escalofríos.

Que el Mallorca no haya pagado todavía el traspaso del donostiarra no hace sino añadir gravedad al que considero uno de los lujos más peligrosos que se ha permitido nunca este club en su planificación deportiva. Eso sí, puesto a sobrellevar la pena, hay que agarrarse a un consuelo. Estoy convencido de que, de haber continuado en el Athletic, Aduriz no hubiera tenido la progresión que ha tenido en estos dos años. No sería el pedazo de delantero que es, vaya. Para esto, para que haya aprendido tan bien a colocarse para los apoyos y el remate, a serenarse, a economizar esfuerzos y estar siempre al quite, ha necesitado tener encima suyo a un gran profesor como Gregorio Manzano.

El segundo error se llama Iker Muniain, cuya irrupción fue la noticia a comienzos de temporada. La trompetería mediática fue ensordecedora y tuvo dos consecuencias prácticas. Al jugador le sirvió para firmar un señor contrato y a Joaquín Caparrós para pasar en toda España como el gran valedor de Lezama, como el gran adalid de las promesas rojiblancas, una distinción ciertamente paradójica en un técnico que, en tres temporadas, sólo ha conseguido afianzar en el primer equipo a un canterano que ni siquiera es titular: Susaeta.

Ante el Mallorca, como es habitual, Muniain salió unos minutos en la segunda parte. Su papel fue intrascendente. No parece un buen plan para un chaval de 17 años que necesita justo lo que se le está escatimando de mala manera: minutos de juego en la posición en la que será futbolista. Muniain no tiene ni una cosa ni la otra. Juega poco y fuera de sitio. Todo lo que sea este jugador en el mundo del fútbol lo será como segundo delantero, dentro del área o en sus aledaños. Eso lo sabe hasta el que asó la manteca, ese adelantado de la cocina futurista. De modo que, si el plan va a ser que el navarro continúe saliendo un ratito en las segundas partes para recibir balones de espaldas a la altura del banquillo, no estaría mal que el club se plantee una cesión este verano. Lo que no puede es continuar así.

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