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Soñó con ser matador, jugó al balonmano, coqueteó con el atletismo y acabó en el fútbol y en el Athletic, su equipo durante quince años Joseba Etxeberria se va tras disputar 514 partidos vestido con la camiseta rojiblanca
15 de mayo de 2010
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ROBERT BASIC.-

Joseba Etxeberria jugará hoy su partido número 514 con la camiseta del Athletic. Será el último, el del adiós, el que cierre un círculo de 514 tardes y noches llenas de emociones, alegrías y tristezas. Y quién sabe cuántas cosas más, inconfesables, íntimas, intransferibles. Cuando el cuarto árbitro enseñe la tablilla con el número 17, parpadeando en rojo, se marchará un hombre que llegó a Bilbao siendo un niño. El delantero se quitará el brazalete de capitán, levantará las manos, aplaudirá a la grada de San Mamés y los ojos se le llenarán de lágrimas. Los gallos nunca lloran, marcan el territorio. Mirará al suelo, un gesto tan suyo, inconfundible, y luego alzará la cabeza para enfilar el túnel de vestuarios de donde salió por primera vez hace quince años. Tiempo de recordar.

El padre de Joseba, José Antonio, se plantó un día delante de su esposa para decirle que su hijo, un chaval delgadito y 'chuleta' que apenas levantaba un palmo del suelo, viviría del fútbol. La madre, Arantxa, le contestó que era un «fantasma» y que le dejara en paz con sus fantasías de entrenador. Quería que estudiara. Pero resulta que José Antonio vio algo diferente en el crío, al margen de su desapego por los libros, aunque aún no sabía muy bien el qué. Cuando vino al mundo, allá por 1977, no dio tregua a sus aitas. Pasaban las noches en blanco, llenas de lloros, y el padre se marchaba a trabajar vencido por el sueño. Quizás fuesen gases o cólicos, algún problema estomacal, que no le dejaban tranquilo. El caso es que desaparecieron un año después y por fin se convirtió en un bebé ejemplar.

Los que conocen a Joseba Etxeberria destacan su «carácter especial», palpable desde su más tierna infancia, cuando trasteaba por las calles de Elgoibar en compañía de su primo Aitor. No le gustaba el colegio, los libros; su 'biblia' era redonda y la llevaba cosida al pie. Sacaba los cursos como el que come acelgas, a duras penas. Le atraía el deporte en general, una fijación permanente, y antes de decantarse definitivamente por el fútbol jugaba al baloncesto y al balonmano, y además coqueteaba con el atletismo. Destacaba en todo. Corría como el diablo. De hecho, ganó más de una carrera popular y un día se plantó de golpe en Ermua, a pesar de tener el dorsal comprado. A partir de ahí, decidió dejarlo y se reencontró con el balón.

Pasaba los días en la calle y su padre se encargaba de entrenarle. En realidad, el chaval quería ser torero, su verdadera pasión, y el álbum familiar guarda más de una foto de Joseba Etxeberria vestido de matador. Cuando se hizo futbolista y famoso, regaló una de esas instantáneas a la plaza de toros de Bilbao y hoy en día sigue siendo un incondicional de la tauromaquia. José Antonio le echó un capote y le enseñó los encantos del fútbol, del gol, y el todavía capitán del Athletic mordió el anzuelo. Le picó el gusanillo. Se le daba bien, más que bien, y aunque a los once años apenas pesaba 36 kilos no había quien le tosiera. La madre se desesperaba, aversión al maldito balompié, pero con el tiempo aprendió a apreciarlo. Cuentan que, hoy en día, entiende bastante.

Tranquilo en Sanfermines

Lo que destaca todo el mundo de Etxeberria es su carácter. Siempre echado para adelante. Cuando el club pagó 550 millones de pesetas por un chaval de 17 años, el vestuario de los Ziganda, Urrutia, Goikoetxea, Larrazabal y Garitano, entre otros, no lo entendió. Apuesta arriesgada, pensaron. Hasta que le vieron entrenarse. Enseguida reconocieron a un fuera de serie que, además, no se cortaba ante nada ni ante nadie. Mientras se fraguaba su fichaje por el Athletic, con una Real tensa como la cuerda de Juanito Oiarzabal, él estaba de vacaciones con su novia. Primero donde los abuelos y luego en Pamplona, San Fermín, para disfrutar del ambiente festivo. Su padre le localizó de milagro. Tuvo que coger un taxi el día de la firma y plantarse en Mutriku, donde veraneaba su familia, para dirigirse después a Ibaigane y sellar el acuerdo.

Ha podido cometer errores, pero siempre ha llevado con dignidad el brazalete de capitán. Cuando se ha divertido ha sabido hacerlo con inteligencia y nunca ha dado problemas a la junta directiva de turno. Es una persona que sabe distinguir entre el bien y el mal, el exceso y el equilibrio, y uno de sus defectos es su enorme afán de superación, tanto en el fútbol como fuera de él. Persigue sus metas con determinación y no para hasta conseguirlas. Lleva toda la vida con Ariane, su esposa y madre de su hija, que conoció un 17 de diciembre mientras jugaba en el Sanse. Número de la suerte de la familia Etxeberria Lizardi. De su camiseta. De su padre, que nació un día 17 y que busca la misma cifra en los boletos de lotería que compra.

Lo dicho, todo un carácter el todavía capitán del Athletic. Hasta el último minuto, hasta que levante los brazos para aplaudir a San Mamés. Y después también. Forma parte de su mapa genético. Siendo un niño, jugó un partido arbitrado por su padre. Cogió la pelota, regateó a un par de chavales y, en vez de dársela a un compañero, 'rompió' a otro y marcó. José Antonio paró el entrenamiento y le recriminó: «Joseba, mal hecho, debías haber pasado». No se achantó. «¿Pasar para qué? ¿Para que la falle?». El 'gallo' salía de la cáscara y llamaba a las puertas del mundo adulto.

Coches y relojes

Cuando entró en el vestuario del Athletic, cara a cara con futbolistas que admiraba, le dijeron que se preparara porque le aguardaban momentos duros. Les miró, sonrió, y contestó: «Yo no juego para sufrir, sino para disfrutar». Extrovertido y lanzado, nunca se arrugaba en los momentos de la verdad. «¡Esto lo sacamos adelante!», solía decir para animar a la caseta. Su apodo, 'el gallo', le venía como anillo al dedo. Quería comerse el mundo, triunfar, y lo ha hecho. Pero le ha faltado retirarse con un título vestido de rojiblanco y se marchará con esa pena en el corazón.

Tras quince años en la élite, de contratos y renovaciones, Joseba Etxeberria no sabe cuánto dinero tiene. Su padre se encarga de ello. De las cifras y de las operaciones bancarias. El delantero vive en Bilbao desde hace tiempo y tiene dos grandes pasiones: los coches y los relojes. Le vuelven loco y disfruta con ellos. Y también con la música. Aunque es bastante aficionado al sonido disco, es un gran fan de Fangoria. No se pierde ni un concierto de Alaska y guarda un montón de fotos firmadas por uno de los grandes iconos de la 'movida madrileña'.

514 partidos y 104 goles después, todos ellos en rojo y blanco, el capitán se baja del barco. Está seguro de la decisión tomada, que ha germinado durante un par de temporadas, al igual que lo de jugar gratis el último curso, aunque sus allegados sostienen que lo pasará mal cuando todo acabe. Pero no sufrirá 'el potro', inmune al desaliento, que se tomará un par de años antes de volver. Porque volverá. Quiere sentarse en los banquillos, entrenar, y su padre ya le ha dado el primer consejo para su nueva vida: «Debes ser coherente como técnico, el resto lo tienes».

El número 17 parpadeará hoy en rojo por última vez. Y él se irá entre aplausos. Por el mismo camino de hace quince años, sólo que en dirección contraria. Los gallos nunca lloran, marcan su territorio.

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