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Controvertido y talentoso, dice adiós al Athletic después de doce años en los que nunca ha llegado a explorar sus límites
22 de mayo de 2010
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Retrato de un genio sin remedio
Al teléfono. Fran Yeste atiende una llamada mientras toma el sol en un barco situado a escasos cien metros del puerto de Cala Galdana. :: IGNACIO PÉREZ
JON AGIRIANO.-

La historia que hoy termina comenzó hace 20 años, cuando Francisco Javier Yeste Navarro, un rubiales de grandes ojos claros y piernas de alambre, acudió a Lezama a jugar un partido con el equipo de su colegio, el Lope de Vega de Basauri. Los detectores de talentos del Athletic pocas veces lo tuvieron tan fácil. Su reacción al contemplar aquella zurda llena de duende tuvo que ser la misma que la de un buscador de oro que, tras mucho cribar sin suerte en las aguas del río, descubre, de repente, una pepita del tamaño de una calabaza. Aquello era un tesoro y había que ponerlo a buen recaudo en la caja fuerte de Lezama. Koldo Aguirre no lo dudó un instante y Yeste ingresó en el equipo alevín que dirigía Gonzalo Beitia. No tardaría nada en convertirse en una de las joyas de la cantera rojiblanca, en la típica promesa cuya llegada al primer equipo se espera con paciencia y alegría contenida, como la eclosión de una crisálida.

La mariposa echó a volar el 7 de febrero de 1999 en Santander. Fue una sorpresa de Luis Fernández. Tanto es así que el encargado del marcador electrónico del Sardinero ni siquiera disponía de una foto del jugador y tuvo que dejar en negro la pantalla cuando anunció su nombre y su primer dorsal, el 32. Con los años se haría con el 10, el número de los grandes. No fue la de su debut una gran tarde para el Athletic, que jugó mal y perdió por 1-0. Yeste, sin embargo, dejó algunos detalles que, vistos con once años de perspectiva, adquieren un indudable valor premonitorio. El basauritarra sacó brillo a su bota en tres o cuatro jugadas, tuvo el descaro suficiente como para sacar varias faltas -una suerte, en principio, reservada a los futbolistas con más galones- y, al concluir el partido, ¡no quiso hacer declaraciones!

A pesar de su talento indudable y de los elogios que recibió en su estreno -«tiene calidad y maneras», dijo Julen Guerrero-, Yeste no logró asentarse en el primer equipo. Intervino en ocho partidos más hasta final de temporada, pero en el siguiente curso el tarifeño le devolvió al filial, donde las lesiones le impidieron rendir en condiciones. Ya entonces, en los primeros días de su debut, sin haber cumplido todavía los 20 años, al de Basauri le faltó la fiera ambición y el hambre de gloria que impulsa hacia el éxito a todas las estrellas del fútbol. Nunca las ha tenido. O dicho de otro modo, quizá más exacto: nunca necesitó tenerlas. Y es que, desde el principio de su carrera, este jugador exquisito, probablemente el mayor talento natural que ha dado el fútbol vizcaíno en las dos últimas décadas, ha sido un recuerdo permanente de uno de los grandes peligros que acechan al Athletic: la falta de competencia de sus canteranos con más clase. Yeste siempre supo que, salvo lesiones o imprevistos del destino, él jugaría en el Athletic. Para saberlo le bastaba con mirar a su alrededor.

El primer entrenador que confió, de verdad, en Fran Yeste fue Txetxu Rojo en la temporada 2000-01. En la anterior, la última de Luis Fernández en el Athletic, el zurdo volvió a pasarlo mal, de nuevo a dos aguas, entre el filial y el primer equipo, arrastrando lesiones y disgustos. Que Rojo fuese el introductor de Yeste tenía algo de inevitable: dos zurdas de la misma estirpe aristocrática tienden a reconocerse y valorarse más allá del tiempo y el espacio, como se reconocen los integrantes de una secta secreta. El de Basauri intervino esa temporada en 34 partidos. Fue más suplente que titular, pero se hizo un hueco en la plantilla. Fue entonces también cuando comenzó a desarrollarse un debate que se ha prolongado, sin solución, durante los diez años siguientes: el lugar ideal de Yeste en el campo.

En el lugar de Guerrero

Txetxu Rojo probó con él de medio centro y en la banda izquierda, como interior. No pudo ponerle de media-punta porque allí tenía a Julen Guerrero, todavía intocable. En sus declaraciones de aquella época, Fran Yeste no parecía tener ningún problema de ubicación. «La verdad es que me siento igual de a gusto jugando en la banda o en el pivote», declaró a este periódico el 25 de octubre de 2000. Tres años después, durante la concentración veraniega en Papendal, había cambiado de opinión. En el último tramo de la temporada anterior, Jupp Heynckes le había colocado de media-punta -para ello, el alemán tuvo que atreverse a lo que muchos consideraron un magnicidio: cargarse a Guerrero-, y Yeste no sólo marcó seis goles sino que pareció descubrir su lugar en el mundo. «A mí me gustaría seguir en la posición en la que acabé la pasada campaña, que es donde más a gusto me encuentro y donde más puedo rendir. Ahí estoy más cerca de la portería, tengo más recorrido, más participación en el juego, puedo caer a una banda u otra, tengo más presencia en el juego y cuento con más posibilidades de llegada», aseguró a EL CORREO en agosto de 2003.

Ernesto Valverde decidió confiar en él y Yeste vino a completar con el técnico de Viandar de la Vera las dos mejores temporadas de su carrera. En la primera marcó 11 goles y fue decisivo para que el equipo se clasificase para Europa. En la segunda, firmó 13 entre Liga, Copa y UEFA. Pese a algunos borrones disciplinarios que terminaron de cimentar su fama de cierrabares, Yeste se convirtió en indiscutible. Ahora bien, ni siquiera esos números estupendos y algunas exhibiciones de bandera pudieron evitar que, ya entonces, aflorase una certeza que nunca abandonaría a la gran mayoría de los aficionados, técnicos y ex jugadores del Athletic: la de que Yeste tenía mucho más potencial del que estaba dispuesto a ofrecer.

Era cierto. Yeste nunca exploraría sus límites. Jamás asumiría los sacrificios que se requieren para dar lo mejor de uno mismo. Jamás se le pasaría por la cabeza la obligación moral de ser un ejemplo para los niños de Lezama que soñaban con seguir sus pasos. Jamás se empeñaría tampoco en ser internacional y reeditar con la selección absoluta el único gran título que luce en su palmarés: el Mundial sub'20 de Nigeria. Iba a conformarse, en fin, con un buen pasar en el Athletic, incluso con ser un icono mediático de provincias cuyos peinados, tatuajes y atrevidos 'looks' no impactarían nunca, salvo excepciones cómicas como la de sus gayumbos rojiblancos, más allá de Pancorbo. Un pésimo ejemplo, en fin, en un club que sólo resistirá en su titánica lucha contra la corriente del fútbol global si sus jugadores, especialmente los de más clase, tienen comportamientos ejemplares.

¿Los motivos de este conformismo? Es inevitable hablar de los efectos perniciosos que la fama y los millones ganados a paladas producen en un chaval que nunca ha parecido ni bien rodeado ni bien aconsejado. También es obligado referirse a la peculiar personalidad de un jugador incapaz de someterse a los rigores que exige la vida de un profesional de élite en cualquier especialidad deportiva. Cada uno es como es. Y Fran es Fran. Nunca será el primero en llegar y el último en irse del entrenamiento. De otros lugares, como le sucede a su íntimo amigo Asier Del Horno, un caso todavía más sangrante de talento desperdiciado, puede que sí. Y también hay que hablar, como decíamos antes, del propio Athletic, cuya filosofía no propicia la competencia feroz que muchas personas necesitan para darlo todo. O, sencillamente, para espabilar y eludir el fracaso.

El techo, a los 26 años

De este modo, Yeste llegó a su techo con 26 años. A partir de ese momento, tras la marcha de Valverde y el derrumbamiento de su proyecto deportivo, al que siguieron los peores años en la historia del club, su declive ha sido evidente. Se podría decir que ha corrido en paralelo al del equipo, cuyo fútbol lleva un lustro premiando el esfuerzo y castigando el talento. Los poetas rebeldes nunca han sido más sospechosos que ahora en el Athletic. El caso es que el de Basauri ya no volvió a jugar en su lugar preferido, tal vez porque en los entrenamientos nunca se ganó el privilegio de que el técnico cambiase su esquema preferido para hacerle a él un sitio en la media punta. Ese lujo hay que trabajárselo como un fogonero de lunes a viernes y Yeste nunca ha estado por la labor. Le ha faltado aplicación y le han sobrado problemas gastrointestinales. Los ha tenido en cantidades preocupantes. El caso es que regresó a la banda o al medio centro, donde nunca ha acabado de sentirse a gusto. Y allí ha disputado las cinco últimas temporadas, un periodo en el que nunca ha jugado de forma brillante con un mínimo de continuidad. En realidad, se ha limitado a dejar detalles, algunos de ellos, eso sí, deslumbrantes, como su golazo magistral del otro día en el Bernabéu.

Y no es que Fran Yeste no haya sentido los colores, como le acusan algunos de sus detractores más acérrimos, los mismos que, en los últimos partidos, han cumplido con él el rito de la pitada, que San Mamés suele reservar a los futbolistas bendecidos por la naturaleza, nunca a los que se rebelan contra ella por los pocos dones que les ha otorgado. Su implicación en los momentos críticos del bienio negro -ahí está su llorera de corazón tras marcar aquel gol al Zaragoza que valió media permanencia- no se discute. El problema es que Yeste ha sentido los colores a su manera. En realidad, todo lo ha hecho a su manera en la vida, incluso guardar silencios infantiles durante años ante los periodistas. Muchos no se lo perdonan, ni siquiera en la hora de su despedida, un extraño adiós que se hace obligado lamentar. Aunque sólo sea pensando en lo que este extraordinario futbolista pudo haber sido, no fue y ya nunca será en el Athletic.

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