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los inolvidables
«Para rematar necesitaba la referencia del defensa. Y luego me aprovechaba de que subíamás que ellos» explica el delantero de Urbinaga
1 de mayo de 2011
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JON AGIRIANO , MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN | .-

Desde el salón de la casa de Fidel Uriarte enCastro se domina el mar, pintado esta mañana con penachos de espuma. El viento sopla con fuerza y levanta remolinos de arena en la playa cercana. El legendario león de Urbinaga, uno de los grandes rematadores de la historia del fútbol español, sale a la terraza y respira hondo. Hablando con él, la primera impresión que tienen los visitantes es que destila la misma energía que el propio Cantábrico agitado, y que haría falta un rompeolas para detenerle mientras habla, escucha, se sorprende, recuerda, ríe o llora recordando a su íntimo amigo Txutxi Aranguren. Fidel es una fuerza de la naturaleza, un hombre que mira con los ojos muy abiertos, como un niño impresionado, un espíritu libre, un sentimental irremediable con el que la conversación, inevitablemente, gira fuera de toda convención, caótica, libre, onomatopéyica e inolvidable, como lo fue este extraordinario futbolista en el que miles y miles de niños vizcaínos nacidos entre mediados de los cincuenta y principios de los sesenta se sintieron retratados. Era el guerrero indestructible que todos querían ser.

– Háblenos de sus inicios en el fútbol. Es usted de Sestao, como Panizo, Venancio y Etura. Antaño, su pueblo era uno de los grandes viveros del Athletic.

– Es verdad. Salíamos buenos, ja, ja. Nosotros estábamos siempre con el balón. En la calle, en el patio del colegio... Yo me pasaba todo el día dándole a la bolilla. Entonces no había otra cosa. ¿Qué ibas a hacer? Estuve en el Patronato hasta los 10 años y luego en Los Hermanos. Había partidos durante todo el día y yo me metía en todos los que podía. Con 12 años ya jugaba contra chavales de 15 o 16. Era un deportista total, al fútbol, a mano, a pala... Yo le pegaba a todo.

– Su primer equipo, formado con los amigos, fueron los ‘Boinas’ de Urbinaga. Si no estamos mal informados tenían ustedes una canción que decía así: «Todos con alpargatas y no les tenemos miedo a esos chulos de corbata».

– Eso te lo canto ahora mismo.

(Y Fidel se pone a cantar)

– ¿Y quiénes eran los chulos de corbata?

– Los de Barakaldo, claro.

– ¿Quién era su ídolo de niño?

– Yo no tenía ídolos. Siempre fui por libre. Hasta que me fichó el Athletic nunca tuve un entrenador, que yo recuerde. Nos juntábamos los amigos y a jugar. Contra la Iberia, íbamos por Portu, por Sestao, por Barakaldo...

– ¿Cómo fue su fichaje por el Athletic?

– El Athletic iba a formar su primer equipo juvenil y organizaba torneos por los pueblos para que los ojeadores pudieran ver a los chavales. Y un día me vieron a mí.

– ¿Quién le vio?

– Piru Gainza. Fue Piru el que me dijo que iba a fichar.

– Yusted encantado.

– Imaginaos. Lo malo es que aquella primera temporada no jugamos partidos. Sólo entrenábamos, con José Luis Garay. Él iba haciendo como una selección con chavales de un lado y de otro de Vizcaya. Vino Salsidua, de Zorroza, Fernando Ochoa, al año siguiente Deusto, Zugazaga, Aranguren... Y otros que no me acuerdo. Han pasado 50 años, joder.

– Fueron campeones de España.

– Dos veces. En una final contra el Real Madrid en el Nou Camp marqué dos goles y me anularon otros dos. ¿Ysabéis quién estaba de portero del Real Madrid?

– No.

– ¡Manolo Delgado!

– No se lo perdonaría.

– Sí, hombre. Aquel día le jodí bien, ja, ja, pero Manolo es un chaval extraordinario.

– Su puesto entonces era el de medio centro. Fue años después, ya en Primera, cuando empezó a jugar más arriba.

– Sí. Jugaba de medio centro, aunque tirando más para arriba que para abajo. Yo he jugado de todo. De 6, de 10 y de 8. A mí el número siempre me importó tres cojones.

– De hecho, siendo una de las estrellas del equipo no tuvo ningún problema en jugar con el 8 y dejarle el 10 a Clemente.

– Es que el de Barakaldo quería jugar con el 10 y se lo dejé porque a mí me traía sin cuidado.

– Por cierto, y haciendo un breve inciso con Javier Clemente. Usted fue testigo directo de su lesión. Se cuenta que le gritó para que esquivara la terrible entrada de Marañón.

– Es verdad. Era sobre la línea de banda. Le grité porque veía que le iba a dar, pero no pudo reaccionar. Nos dejó muy jodidos. Al terminar el partido pensamos en ir a matarle a hostias, pero... Fue para meterle en la cárcel. Al final, esa entrada le retiró del fútbol.

Pareja de Mauri

– Con 17 años, Ángel Zubieta le subió al primer equipo. ¿Le supuso una sorpresa o ya se lo imaginaba?

– Sorpresa, ninguna. Es que yo en los juveniles no tenía ya nada que hacer. Zubieta era una buena persona, muy majo. Estuve como Dios con él. A los chavales nos tenía mucho cariño...

– ¿Qué recuerda del debut?

– Fue en Málaga, donde luego me retiré. Iribar también debutó aquel día porque se lesionó Carmelo. Allí empezamos los dos. Hacía un calor tremendo. Del partido no recuerdo mucho. Perdimos, eso sí.

– Jugó haciendo pareja con Mauri. Ni más ni menos.

– Imaginad lo que tuve que correr jugando al lado del cabrón de Mauricio. Él tenía 30 años y yo 17. ¿Quién iba a correr? Venga chico, vete allí y vete allá... No paraba de darme órdenes. Y yo de mandarle a tomar por... ja, ja. Mauri, Mauri... Es un cachondo, una gran persona.

– ¿Estaba nervioso el día de su debut?

– ¿Yo nervioso? Yo me ponía nervioso si no jugaba. Jugando al fútbol, nunca. Cuanto mejor era el rival, mejor. Yo siempre he creído en mí mismo.

– ¿Recuerda alguno de los consejos que le dio Zubieta de cara a su debut?

– Pues no me acuerdo. La verdad es que los entrenadores nunca me dijeron muchas cosas. Eso sí, todos me dieron mucha confianza. En cuanto Zubieta me puso a jugar, ya me quedé de titular.

– Esa confianza se la ganó con su juego. Le dejaban a su aire porque sabían que era la mejor manera de que rindiera.

– Es que yo soy un poquito independiente. Es verdad. Con mis compañeros siempre me he llevado fenomenal, pero a los entrenadores nunca les hice mucho caso. Jugando al fútbol quería libertad. Si alguno me decía algo le decía que sí, pero luego, si yo creía que era lo mejor para el equipo, hacía lo que me salía de los cojones.

– Alguna bronca ya le caería.

– Hombre, si me hubiese caído una buena bronca le hubiese dicho ‘sí, bwana’, pero como jugaba bien y marcaba goles pues no me decían nada.

– ¿No cree que los entrenadores son menos importantes de lo que ellos se creen?

– Y tanto. Mirad, yo estuve en el Athletic doce temporadas, entre 1962 y 1974. Jugué casi 400 partidos y en el 90% de ellos hice lo que yo quería. Pero nunca perjudicando a un compañero. Que conste.

– Los buenos futbolistas deben tener libertad.

– Te tienen que dejar improvisar. Si te dejan y no te agobian es mejor para todos.La mejor orden que puede dar un entrenador, ¿sabéis cuál es?

– Diga

– Haz lo que te salga de los cojones.

– Pero eso sólo vale con los grandes futbolistas.

– Claro. ¿Creéis que nosotros ensayábamos mucho? A nosotros, a Koldo, a Txetxu, a Antontxu y a mí, las jugadas nos salían porque sabíamos jugar al fútbol.

– Nunca le gustaron las órdenes.

– Nunca. Ni en la mili.

– Por cierto, ¿dónde la hizo?

– Al principio en Vitoria. Juré bandera en Araca.

– Sería usted un privilegiado siendo un futbolista del Athletic.

– ¡Qué coño! Estuve siete meses sin jugar. Sólo lo pasé bien cuando vine a Bilbao y me pusieron de machaca en el Gobierno Militar, que entonces estaba en el palacio de Ibaigane, en la sede del Athletic. Los militares vivían en San Ignacio y yo les llevaba a casa en mi coche, les hacía los recados... El problema es que estaban todos descojonados.

– ¿Cómo?

– Sí. Uno cojo, el otro lisiado... Pero eran muy majos. Me llevaban a tomar vinos por Deusto y me dejaban quitarme el uniforme. Eran la leche. Sólo les faltaba llevar la metralleta. Uno iba con un sable grande de esos y yo le decía que se lo quitase, que así no podíamos tomar potes, ja, ja.

Todos amigos

– Cambiando de tema y hablando de la afición de San Mamés. Usted siempre contó con su cariño. Era uno de sus favoritos. Nunca le discutieron, como sí sucedió con otros grandes futbolistas del Athletic.

– Es verdad, y se lo tengo que agradecer. Yo noté hasta el final el cariño del público.

– Creo que en eso influían no sólo su calidad y sus goles sino su carácter, su casta. Koldo Aguirre solía decir que usted irradiaba optimismo.

– Es verdad. Yo siempre pensaba en ganar, jugásemos contra el que jugásemos. Nunca pensaba en que podíamos perder. Todo lo contrario. Mi mentalidad cuando salía al campo era decir: ‘¿Cómo no les vamos a ganar a esos?’.

– Incluso cuando iban perdiendo con claridad no perdía la ilusión. Koldo Aguirre suele recordar aquella remontada al Español en Sarriá después de ir perdiendo por 3-0. En cada gol se apostaban un ‘gin-kas’ a que marcaban otro.

– Sí. ¡Qué bien entraban los ‘gin-kases’ después del partido con la sed que teníamos, ja, ja! Y Koldito marcó cuatro. Era un jugador extraordinario.

– Se entendía muy bien con él.

– Eso era fácil. La verdad es que me entendía muy bien con todos. A mí me encantaba que jugara Larrauri.

– Para que hiciera el trabajo sucio.

– Claro. Cuando jugaba él, sabía que podía irme tranquilo para arriba, que era lo que me gustaba. La verdad es que teníamos un gran equipo. Yteníamos una cosa muy importante.

– Diga.

– Que ante todo éramos amigos. Ninguno quería ser más que los demás. ¡Qué va! Nunca tuvimos problemas. Éramos más majos que la hostia. Ahora me estoy acordando por ejemplo de Antontxu (Arieta). Un partido en Córdoba, que para nosotros era un campo de horror. Vaya banda. Al acabar un partido nos empezaron a dar de hostias en el medio del campo a Antontxu y a mí. Los demás cabrones se habían metido ya a la caseta. Y tuvimos que defendernos los dos. ¡Dimbi! ¡Damba! Ahostia limpia. Acabé con todo el ojo morado. ¡Qué cojones los de Antontxu! ¡Qué duro era! Se le salía la rótula y se la volvía a meter.

– Ganó dos Copas con el Athletic, pero sus dos primeras finales las perdió contra el Zaragoza y el Valencia. ¿Cómo recuerda aquellas derrotas?

– Lo pasas mal, claro. Pero yo tampoco soy de los que se ponen a llorar. Pierdes y ya está. No puedes hacer nada. Me dolía por la gente. De todas formas, lo que más me jodió perder no fueron aquellas Copas sino la Liga con Ronnie Allen. Era el título que nos faltaba. La tuvimos en la mano, pero ya sabéis: el partido contra la Real con las expulsiones de Txetxu y Antontxu, aquella derrota en Valencia de la que no quiero ni oír hablar... Esa espina se me quedó clavada.

– ¿Y qué recuerda de las dos finales ganadas?

– Pues que fueron una maravilla. Entonces sí que lloré. Aquello fue lo más grande que me pasó en la vida. Era la tercera final y estábamos muy presionados, con mucho agobio. No podíamos volver a fallarle a la gente.

– Se sentían en deuda.

– Claro. Es que lo de la gente era increíble. Les veías salir en camiones desde aquí hasta Madrid, todo el pueblo... Era de ‘chapeau’. En el mundo no hay nada igual.

– ¿Cómo vivió el recibimiento en Bilbao?

– Fue tremendo. Recuerdo que me casé al de diez días. Nos casamos unos cuantos después de ganar aquella Copa: Txutxi, Larrauri, Antón Arieta, Zugazaga...

Internacional

– Hablemos de la selección. Siempre se dijo que mereció ir muchas veces más. Incluso siendo el Pichichi de la Liga no le llevaban.

– Ya sabéis lo que pasaba entonces con Franco. Para nosotros era muy difícil ir a la selección. Con uno del Athletic ya valía y llevaban al Chopo, claro, que era el puto amo. Los demás, a ser posible del Real Madrid. De todas formas, cuando íbamos nos trataban muy bien. Eso hay que decirlo. No teníamos ningún problema por ser vascos. Hice grandes amigos como Claramunt, Pirri, Manolo Velázquez... Grandes jugadores.

– Terminó su carrera como futbolista en el Málaga y luego se hizo entrenador. Sin embargo, su carrera como técnico fue muy corta.

– Sí. Tardé unos años en ser entrenador. Lo que hice al dejar el fútbol fue poner unos negocios con mi mujer que ahora tenemos en alquiler. Me hice entrenador, pero no me iba. Estuve en el Bilbao Athletic y luego en el Villarreal, cuando estaba en Segunda. Me llevó Claramunt. También estaba Llaneza. Yo le conocía porque mi hermano había jugado en el Valencia y su padre era el gerente. Pero no valía. Iñaki, Txutxi, Koldo, Txetxu o Clemente sí valían para eso. Yo no.

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