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Al entrenador argentino le gusta compartir una buena comida con sus más allegados; en ese clima surge un Bielsa divertido y conversador, alejado de su imagen de hermetismo El técnico del Athletic desconecta del fútbol con largos paseos al alba junto al mar cerca del hotel de Las Arenas que ha convertido en su casa
14 de agosto de 2011
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Bielsa vive en el Embarcadero
Pasión por el fútbol. Marcelo Bielsa se apoya en el poste de una portería mientras dirige un entrenamiento. :: IGNACIO PÉREZ
IVÁN ORIO iorio@elcorreo.com | .-

Marcelo Bielsa vive el fútbol como un monje de clausura la religión. Cuando la puerta al mundo exterior se cierra, el entrenador del Athletic se sumerge en un escenario propio de pizarras, vídeos y análisis exhaustivos al que dedica horas interminables hasta que la luz decae y le sorprende la noche. Lo hace en Lezama al terminar los entrenamientos y, desde hace unos días, en el Hotel Embarcadero, en Las Arenas, que ha convertido en su nueva casa. Desde que aterrizó en Bilbao, hace poco más de un mes, su particular noción del tiempo y sus desvelos giran siempre en torno al equipo rojiblanco, sumido en un frenético carrusel de entrenamientos y amistosos con la mirada puesta en el 18 de agosto, la primera prueba de fuego del técnico rosarino en la ida de la Europa League. Su bisturí de entomólogo disecciona desde el sorteo de Nyon al Trabzonspor turco con cientos de imágenes repetidas hasta que se le nubla la vista. Sólo entonces se permite un descanso, hasta el amanecer.

Al despuntar el alba, Bielsa, madrugador irredento, desayuna y sale del establecimiento de la cadena Ercilla en dirección al Paseo del Muelle, una terraza privilegiada frente al mar que a esas horas permanece semidesierta. Antes de iniciar su trabajo diario, suele darse una larga caminata en la intimidad para intentar desconectar, aunque en su diccionario la palabra desconexión adquiera otro significado cuando se habla de fútbol. Es, en realidad, una evasión a medias, un intento de escapar a una rutina laboral, y sobre todo pasional, que le persigue desde hace más de veinte años y que no tiene visos de abandonarle. Al salir del hotel, el exseleccionador de Chile y Argentina observa el horizonte y echa a andar, bien hacia el Puerto Deportivo o hacia el Puente Colgante. Cabizbajo, un gesto que nace de una profunda timidez, avanza como perdido, sin rumbo aparente. Su aire despistado recuerda al de un científico abstraído que oculta la genialidad bajo el paraguas del ensimismamiento natural.

Bielsa procura escapar del bullicio. Se encuentra más cómodo en ambientes silenciosos, alejados del mundanal ruido. Bien es cierto que tampoco ha tenido mucho tiempo de explorar las relaciones sociales en su nuevo destino desde que se hizo cargo del banquillo del Athletic. Casi sin tiempo para instalarse en la capital vizcaína -donde al principio se hospedó en el hotel Meliá-, viajó a Oliva, en Valencia, para dirigir la pretemporada. Después, dobles sesiones de preparación, desplazamientos a Inglaterra, jornadas maratonianas de DVD de sus futbolistas y de los rivales, decisiones impopulares -como los descartes-, duermevelas, conversaciones constantes con José María Amorrortu, revisión de los informes sobre las jóvenes promesas... Trabajo, trabajo y trabajo. Fútbol, fútbol y fútbol. Y, desde hace una semana, tranquilos y solitarios paseos cerca del mar antes de que un coche le recoja para trasladarle a la factoría rojiblanca y devolverle al entorno real.

Pero su intronspección no está reñida con la agudeza. La cabeza del argentino siempre está despierta y vuelca todos los estímulos en la actividad laboral. Esta faceta la heredó de su madre, Lida Silva, una maestra que educó a sus tres hijos en una cultura del trabajo casi espartana. «En lo que seas, tenés que ser el mejor. Nunca te guardes el último esfuerzo», les repetía. Ese mensaje caló hondo en Marcelo, un técnico que desgasta las gafas de tanto estudiar dosieres y vídeos.

De hecho, caló hasta tal punto que, tras caer Argentina a sus órdenes en la primera fase del Mundial de 2002, una eliminación con tintes de drama nacional después de una brillante fase de clasificación, se despidió de su esposa, Laura Bracalenti, y de sus dos hijas, Inés y Mercedes, y, como un ermitaño, se recluyó en una hacienda en tierra de nadie en Máximo Paz, un pueblo aislado de la provincia de Santa Fe. Meditación, reflexión, lectura y caminatas por los alrededores moldearon un nuevo Bielsa, un hombre convencido de que la mejor forma de avanzar en la vida es saber gestionar el fracaso.

Palacio de Ibaigane

En las múltiples conferencias que ha impartido en Latinoamérica, los asistentes solían quedarse con la boca abierta cuando comprobaban que el fracaso era el eje central de su discurso al poner el énfasis en el aprendizaje. Sobre el éxito pasaba de puntillas porque, en su opinión, su labor pedagógica es residual. Entiende el rosarino que las lecciones valiosas para la profesión, y también para la vida, nacen de episodios negativos correctamente resueltos. De caer y saber levantarse con nuevas expectativas de futuro. Él ya lo demostró cuando, terminado su retiro voluntario, condujo a la albiceleste al oro olímpico en los Juegos de Atenas.

Al expreparador de Newell's le impresionó el Palacio de Ibaigane cuando llegó a Bilbao, pocos días después de que Josu Urrutia ganara las elecciones. La sede de Mazarredo le confirmó la estrecha y singular unión entre el club y la villa, una relación muy valorada por un técnico que concede gran relevancia a la idoneidad del entorno por encima de otras consideraciones. También le convencieron las instalaciones de Lezama, cuyos campos revisa casi a diario con lupa para comprobar que el césped está en perfectas condiciones. Puede resultar extraño, pero la constante circulación del balón por el 'piso', uno de los mandamientos intocables del innegociable estilo del 'Loco', obliga a tener una hierba cortada con tino y a la altura idónea. Y es que la fábrica de talentos es su segunda casa y la quiere tener bien amueblada. Desde el ático -el primer equipo-, hasta la cocina -el Bilbao Athletic y el Basconia- y las habitaciones -de juveniles para abajo-. Es otra de las funciones a las que concede una dedicación plena y por las que Urrutia ha apostado sin condiciones por él.

Recientemente recibió la visita de su mujer, una prestigiosa arquitecta en su país a la que conoció a través de su hermana, quien hizo la carrera en la misma facultad. La pareja aprovechó los pocos momentos libres del técnico para conocer Bilbao y diversas localidades de la costa cantábrica. Acompañada de unos amigos comunes, presenció el amistoso ante el Catania en Barakaldo. Bielsa es un enamorado de la buena comida y le gusta compartirla con grupos reducidos de allegados. Dicen quienes le conocen que alrededor de una mesa bien servida surge otro hombre, el más desconocido para el gran público al romper su imagen de hermetismo por saberse alejado de los focos. Emerge entonces un Bielsa conversador, cercano, divertido, sonriente, rasgos que acostumbra también a mostrar cuando los aficionados le piden autógrafos y fotografiarse con él. Nada que ver con el entrenador que mantiene una distancia calculada con los medios de comunicación y cuyo único contacto con los informadores es a través de las ruedas de prensa. Esa lejanía, sin embargo, no le impide ser un lector asiduo de periódicos -incluso tuvo un kiosco en Rosario-.

El técnico está tan entregado al fútbol y es tan meticuloso en sus quehaceres cotidianos, con análisis permanentes de datos y más datos e informes concienzudos sobre tal o cual futbolista, que de vez en cuando necesita que alguien chasquee los dedos para que pueda darse un respiro, aunque sea mínimo, y se olvide del balón y la pizarra. Esa es una de las funciones de su asistente personal Gabriel Aravena, su conexión con el 'mundo real' cuando las preocupaciones sobre su equipo o un jugador concreto son excesivas o cuando algún sistema táctico no acaba de funcionar. «Es uno de sus vínculos con lo que no es fútbol», corroboran desde su entorno. Pocos conocen a Bielsa como este simpático chileno, su ángel de la guarda desde que ambos aterrizaron en Bilbao y al que los futbolistas han apodado cariñosamente 'Cachu', como él mismo ha desvelado a la Prensa en uno de sus viajes a su país. Eso sí, de su jefe, del 'profe', no suelta prenda: «Prometí no hacerlo y yo soy de palabra», ha declarado.

Aravena no pertenece al cuerpo técnico, por lo que, a diferencia de Luis Bonini y Pablo Quiroga, permanecerá aquí o allá en función de las circunstancias. Cuando se encuentre en Chile, estará, eso sí, pendiente de una llamada del 'Loco' por si tiene que regresar a la capital vizcaína. De momento está encantado, a tenor de las manifestaciones realizadas al diario 'La Cuarta': «Los vascos son muy caballeros y educados y, a diferencia de acá no andan con la talla o lo pícaro que tenemos los chilenos. Aunque los jugadores me pusieron 'Cachu' y les caí bien al tiro. Lo único que puedo decir es que estoy viviendo un sueño».

Sin sobresaltos

Hasta la fecha, la aventura de Marcelo Bielsa en el Athletic ha estado exenta de grandes sobresaltos. La mayoría de los seguidores rojiblancos y los medios de comunicación le han concedido un margen de confianza en su ánimo de dar un aire distinto al equipo. En los partidos amistosos -sobre todo ante el Catania en Lasesarre y en la primera parte ante el Tottenham en White Hart Lane- se ha visto a un grupo diferente, con más movilidad y versatilidad y en el que el pelotazo está prohibido. «Pero los elogios se pueden desvanecer en dos días», suele decir el entrenador rosarino.

El exigente play-off ante el Trabzonspor ocupa ahora todos sus pensamientos. Sabe el argentino la ilusión de los seguidores por el regreso a la Liga Europa y lo que se juega el club en la eliminatoria ante el conjunto turco. Contrarrestar su potente centro del campo será clave para superar el cruce, la primera piedra de toque seria de Bielsa desde que pisó territorio vizcaíno. A ello dedicará horas y horas en Lezama y en su habitación del hotel Embarcadero, un antiguo caserío al estilo de los 'chateaux' franceses con ventanales que miran al mar. Hasta el amanecer.

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