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el ambiente en la semifinal de copa
Esta noche quedamos en Licenciado Poza, esa calle vestida de rojo y blanco que huele a fútbol, a utopías y a pueblo
7 de febrero de 2012
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La calle del Athletic
Ambiente en Pozas previo a un partido del Athletic.
JON URIARTE | .-

No es una avenida, ni la calle más elegante. Pero es la más romántica y alternativa. Háganme caso. En ella no solo han surgido parejas. También tríos. Dos personas y, en medio, el Athletic. Bautizada con nombre de sabio, eligió esta calle cambiarlo por apelativo, en el imaginario compartido. Y de Licenciado Poza pasó a humilde Pozas. En plural. Porque no es una sino muchas las aguas de fuego que allí se ofrecen. Tantas, como tabernas encontrará el caminante. Hasta los portales huelen a hostelería. Y a fútbol, añado. Esta noche volverá a hacerlo. Como siempre y como nunca. Porque Pozas se supera. Luciendo eufórica, como si fuera el último día. Da igual el rival. Solo hay un equipo. El nuestro. De hecho, Pozas no es una calle. Es “la calle del Athletic”. Quienes estamos fuera, añoramos muchas cosas. Pero, sobre todo, los días de fútbol. Los vividos en una vía, vestida de rojo y blanco, con bufandas al viento.

En esa calle, que comienza a la altura del Instituto Central y termina en San Mamés, el fútbol lo llena todo. Hasta cuando no hay partido. No hay día sin tertulia, ni tertulia sin balón. Al menos, en esta vena de la Villa. De hecho, hay tantas Pozas como gentes la frecuentan. Cada cual con su rincón. Mugi, Ziripot, Oker, Busterri, Sotera, Matxi, Gales, Ona, los 40…y así hasta el infinito. A veces, sin ser Pozas, lo es. Y acabas haciendo la caidita de Roma, hacia Particular de Indautxu, Campuzano o, la otra vena sempiterna, García Rivero. "Es una pena tener que ir ahora al partido", escuché decir a un aficionado de otro equipo, entre pintxos y potes. Porque esa es otra. No hay veto. Las aficiones se juntan. Como si fuera el tercer tiempo, del hermano Rugby, en versión bilbaina. Y lo es, tanto antes como después. Pregunten en Newcastle. En la casa de las urracas aún recuerdan cierta derrota, como una victoria. Les ganamos el partido. Pero, aún más, el corazón. Y no es excepción. Salvo si han ido faltos de un hervor o de una mínima educación, los rivales han disfrutado en Pozas. Hablando de semifinales, la que jugamos frente al Sevilla se ganó antes de pisar el verde. Recuerdo escuchar a César Cadaval, de los Morancos, que aquello era indescriptible. Y que lo diga un sevillano y humorista resulta revelador. Pero no era novedad. Siempre fue así. Como la semifinal frente al Madrid que nos abrió el camino hacia la Copa del 84. O la cita frente al Barça de Ronaldo, que terminó 2 a 1 y la euforia desatada. Por no hablar del día en que remontamos tres goles de Osasuna y acabamos ganando. Aunque no todo fueron días de vino y rosas. Recuerdo un partido en el que uno de los árbitros más sibilinos y dañinos que hemos padecido, de nombre Raúl y de apellidos García de Loza, la lió parda. A tanto llegó que hubo carga policial y la afición se desparramó por Pozas. Por suerte, los bares aguardaron con persiana a media asta para acoger al aficionado. No eran tiempos para lucir inocencias. Estar ya era ser sospechoso. Así que, a muchos, nos salvaron los tasqueros de un porrazo y de acabar viéndolo todo gris. Por eso, siempre será mucho más que una calle de bares. Al fin y al cabo, lleva nombre ilustre.

Andrés de Poza nació en Orduña, en 1530, y estudió en sitios tan ilustres como Lovaina. Fue un erudito, viajero y enamorado de Bilbao. De hecho, dejó escrito “Bilbao es villa ilustre, que con ser toda Vizcaya una floresta muy hermosa, es la más amena población de toda ella”. Y añadía: “Gente magnífica en su trato”, para cerrar diciendo, “Los extranjeros y forasteros que aquí entran, desean perpetuarse”. Ahí queda eso. Nada habla de fútbol, cierto, pero se intuye. Porque el balón sin la bota del vecino, los cánticos variados, el abrazo global y el bocata de turno es tirando a soso. Bien lo sabe la afición, que calienta a la par que el equipo. Los segundos, en el vestuario. Los primeros, en las tascas. Afinando garganta y espíritu. A veces, en la barra. Otras, en la calle. Porque Bilbao es peatonal desde siempre. Nos gusta la calle. Corrijo. Nos gustan nuestras calles. Y entre todas, “la del Athletic”. Como decía, no será la más grande ni la más hermosa. Pero huele a fútbol, a utopías y a pueblo. Esta noche toca partido. Ya saben dónde nos vemos. En el túnel más largo del Mundo de un campo de fútbol. Y si se despistan, no se preocupen. No tienen pérdida. Agarren del hombro a quien tengan a su lado y caminen confiados. Otros se guían por el sol y las estrellas. En Bilbao, otro astro nos marca el camino. El viejo escudo. Se encuentra al Oeste. En la última frontera. En San Mamés. ¿Ven?, sin estar ya me he emocionado. Es lo que tiene lo bueno, que se añora. En fin, hasta mañana…y a por la Final.

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