Pacheta da instrucciones a sus futbolistas en un partido de Liga del Valladolid.

Pacheta, pura pasión

El técnico de Salas de los Infantes, un bielsista de corazón, ha contagiado su personalidad volcánica a un Valladolid que mejora partido a partido

JON AGIRIANO

En 1994, José Ramón Rojo, 'Pacheta', fichó por el Espanyol. El futbolista de Salas de los Infantes (Burgos) se encontraba en una situación personal difícil por los graves problemas de cobro que había sufrido en sus dos equipos anteriores, el Atlético de Marbella y el Mérida. De hecho, tuvo que pedir dinero prestado a sus padres para irse con su mujer a Barcelona, donde José Antonio Camacho le había ofrecido la primera oportunidad de jugar en Primera. Pacheta tenía 26 años y se hubiera dejado asar en una parrilla como San Bartolomé antes de desperdiciarla. Desde el primer entrenamiento, demostró tanta pasión y un compromiso tan extremo que Camacho se rindió a él hasta el punto de que, sin darle la titularidad en un puesto concreto, en los tres años siguientes llegó a alinearle en las diez posiciones posibles de un futbolista de campo, algo probablemente único en la historia del fútbol.

Pacheta demostró en el Espanyol ser el tipo de futbolista que todo entrenador quiere tener a sus órdenes y todo jugador desea tener como compañero. Era un castellano recto, honesto y apasionado, un chico humilde que había trabajado de carpintero en Santo Domingo de la Calzada y Quintanar de la Sierra y andaba por la vida apoyado en unas palabras sabias que su padre nunca dejó de repetirle. «Tú trabaja y ve siempre con la verdad por delante. Y la vida te sonreirá».

En 1998, el camino del jugador burgalés se cruzó con el de Marcelo Bielsa. Estuvieron juntos sólo tres meses, pero para él fue una experiencia única. Pacheta asegura que el rosarino le removió todos sus cimientos futbolísticos y, conociendo a ambos, tiene todo el sentido que así fuera. 'El Loco' venía a ser el gran maestro, el entrenador que había desarrollado e intelectualizado un concepto de fútbol vertiginoso, audaz, interpretado hasta el último aliento y pensado para hacer vibrar a los espectadores. Justo el fútbol con el que soñaba Pacheta. Su ideal absoluto.

La sintonía con el entrenador argentino, sin embargo, no se limitó a compartir una idea del juego. Iba más allá, hasta la forma misma de sentir. Ambos vivían el fútbol de la misma manera: exageradamente intensa, se podría decir. Bielsa siempre ha dicho que una derrota le «incapacita para la felicidad» hasta que llega el siguiente partido. Al técnico del Valladolid le ocurre lo mismo. «La derrota no me autoriza a irme a cenar con mi mujer y mis hijos. Me meto en casa y tengo que pasar unas horas de duelo hasta que reflexiono sobre ello. Admiro a la gente que relativiza todo esto», aseguró en una entrevista el pasado mes de agosto.

José Ramón Rojo se retiró del fútbol en el Numancia en 2003 y, al cabo de cuatro años, regresó como director deportivo. No era fácil imaginarle en un despacho, donde nunca dejó de parecer un tigre enjaulado, un animal melancólico que soñaba con el fútbol a pie de campo. En 2009, le llegó la oportunidad de dirigir al equipo soriano, aunque sólo fue durante los últimos catorce partidos y no pudo evitar el descenso a Segunda. De regreso a los despachos, el burgalés sólo aguantó un año más y decidió abandonar el Numancia para empezar su carrera como entrenador.

Lleva en ella once años y ha vivido un poco de todo. Comenzó en el Oviedo, siguió en el Cartagena, no tuvo reparos en irse a Polonia, al Korona Kielce, luego al Hércules, más tarde a Ratchhari tailandés, de donde todavía recuerda con ironía su ingenua pretensión de hacer dobles sesiones hasta que comprobó que entrenaban a más de cuarenta grados... De regreso a España, Pacheta ascendió al Elche a Segunda B y dos años después a Primera, pero no continuó. Fichó por el Huesca, al que no pudo salvar del descenso y en 2021 recaló en el Valladolid y le ascendió a Primera.

Valentía

En la capital castellana, donde se encontró según él «con un presidente cojonudo», en referencia a Ronaldo Nazario, Pacheta expresó al llegar un deseo tan firme que podía considerarse una promesa. Quería construir un equipo pasional y reventar las gradas del nuevo Zorrilla. «Vamos a ser muy agresivos, muy valientes. Vamos a cometer errores por ser valientes, pero nunca los cometeremos por especular. Eso no se lo admito ni a mis hijos. Yo intento transmitir a todo el que me rodea el optimismo de la vida. Y más en esta profesión, joder. Que nos dedicamos al fútbol. A la emoción de la gente. No somos gente que salvemos vidas. Damos ilusión», declaró a su llegada a Pucela. Y lo cierto es que lo está consiguiendo. Décimo con 17 puntos, después de tres victorias en los cuatro últimos partidos, el Valladolid está disfrutando de la pasión que transmite Pacheta.