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Colosos. Belauste y Arrate liderabana cada equipo.
El peor derbi de la historia
125 aniversario del Athletic (1898-2023)

El peor derbi de la historia

Se disputó en Atotxa el 17 de febrero de 1918 y varios jugadores del Athletic resultaron heridos

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Jueves, 9 de noviembre 2023, 01:12

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El último Real-Athletic dejó para el recuerdo la simpática escena de un aficionado rojiblanco manteniendo el tipo en mitad de los hinchas de la grada de animación txuriurdin, que celebraban un gol saltando abrazados de espaldas al campo. Fue una imagen bonita que revelaba algo que ya apuntó en su día Marcelo Bielsa: que los derbis vascos son «civilizados». Y esto no fue siempre así. Hubo tiempos mucho peores y no está mal recordarlos en este 125 aniversario, aunque sólo sea para celebrar nuestra evolución.

El peor derbi vasco de la historia se disputó en Atotxa el 17 de febrero de 1918. Era domingo y, aunque el Athletic se jugaba el título de campeón del Norte –para ello necesitaba sacar un punto más que el Real Unión de Irún, que se enfrentaba al Arenas–, los periódicos de la capital vizcaína no prestaron demasiado atención al evento. Las inminentes elecciones a Cortes, los 'raids' alemanes contra Londres y el recital de poesía a cargo de Ramón de Basterra, que iba a presentar en Bilbao su obra 'Cauce' , eran ese día los centros del interés informativo.

En realidad, nadie esperaba que en Atotxa sucediese lo que sucedió, por mucho que la rivalidad entre el Athletic y la Real estuviese entonces muy afilada después de diez años ininterrumpidos de luchas enconadas, partidos accidentados y fuego cruzado entre los cronistas deportivos de ambas ciudades, a quienes la posibilidad de calentar el derbi les traía al pairo. Un buen ejemplo de esto último lo había ofrecido un par de años antes, tras el Athletic-Real celebrado en San Mamés el 9 de enero de 1916, el enviado especial de 'La Crónica' de San Sebastián. «Nunca hubiéramos creído que en el pecho bilbaíno residieran gérmenes tan bajos como los exteriorizados ayer en San Mamés. Ni hubiéramos pensado que cual borregos cumplieran exactamente las sandeces ruines y venenosas que unos cuantos zulús les han expuesto, diciendo todo menos lo que es sport», escribió.

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Eran tiempos de guerras en el sur de África, así que la comparación con los zulús, que en la mentalidad de la época eran algo así como el paradigma del salvajismo, tenía su enjundia. De hecho, José María Mateos, en 'La Gaceta del Norte', no dudó en volver a utilizarla, aunque en su caso fuera pidiendo perdón a los zulús por compararles con los aficionados donostiarras que estuvieron en Atotxa aquel 17 de febrero de 1918.

Fue un derbi tenso y malencarado desde que Arostegui, el 'referee', dio el pitido inicial. La Real sólo se jugaba la honrilla, pero salió desbocada y, en apenas veinte minutos, con goles de Bidagor y Barrera, consiguió ponerse 2-0. Todo parecía indicar que aquello iba a ser un paseo militar de los locales, pero los rojiblancos, alentados por el carisma y la fortaleza hercúlea de José María Belauste, comenzaron a reaccionar y consiguieron acortar distancias. Lo hicieron por mediación de Pichichi, que transformó un penalti que se inventó el colegiado. Los aficionados realistas la tomaron con Arostegui y, sobre todo, con Belauste, el gigante enemigo, al que acusaban de abusar del juego sucio aprovechándose de su corpulencia. Tanta era la inquina contra él que el legendario medio centro del Athletic, cuando se llegó al descanso, no tuvo mejor ocurrencia que dirigirse educadamente al público para preguntarle a qué se debía semejante acritud.

Hizo mal. Un conato de invasión de campo, abortado por los guardias, le hizo comprender que lo mejor era dejar las cosas como estaban. Que estaban mal y se pusieron todavía peor. Mucho peor. En la segunda parte, la Real salió con diez por lesión de Bidagor. El Athletic aprovechó la superioridad y consiguió pronto el empate, en una acción de Pichichi en la que los realistas reclamaron fuera de juego.

En cólera

A partir de ese momento, todo empezó a complicarse. El público perdió los nervios, encolerizado con el árbitro y con los jugadores del Athletic, que ya dominaban el juego a su antojo. Fue entonces, en pleno acoso rojiblanco, cuando Germán Echevarría lanzó un pase a Belauste. Al intentar controlar el pelotón, el rojiblanco chocó con Mariano Arrate, otro angelito como él. El capitán de la Real llevó la peor parte en aquel choque de trenes. Cayó al suelo, dolido, y su hermano, que jugaba con él, se fue hacia Belauste y le lanzó un puñetazo. No contento con ello, agarró el bastón que le cedió gentilmente un hincha y la emprendió a golpes con el jugador del Athletic.

Faltaban siete minutos para el final, pero el mayor zafarrancho vivido y por vivir en un derbi vasco ya estaba montado. El público invadió el campo y se lió a bastonazos con todo rojiblanco viviente, mientras los jugadores realistas hacían mutis por el foro. El que no tenía bastón, buscaba pronto remedio. Un trozo de valla, por ejemplo, fue el arma con el que un hincha donostiarra demostró su sentido del fair play dándole un estacazo en la cabeza a Sabino Bilbao que le dejó sin conocimiento. El árbitro y los guardias las pasaron tiesas para conducir a los rojiblancos hasta una caseta que había junto a la grada, donde pudieron resguardarse unos minutos.

1

Desde el primer momento, el público asus iras contra los jugadores del Athletic y, especialmente, contra Belauste.

2

A siete minutos del final,Belauste y Mariano Arrate, dos colosos, chocan en la disputa de un balón.

3

El capitán realista cae al suelo tras el encontronazo y su hermano decide intervernir. Lo hace a su modo, soltando un puñetazo a Belauste.

4

Un espectador le cede un bastón y el pequeño de los Arrate agrade de nuevo con él al rojiblanco.

5

Se produce la invasión del campo. Los aficionados la emprenden a bastonazos con los jugadores del Athletic.

6

Protegidos por los guardias, los rojiblancos logran guarecerse en una caseta que había en el campo.

7

Una carga de los guardias permite a los jugadores y al árbitro acceder a la casa, cercana al ahabían cambiado.Estuvieron allí dos horas hasta que la multitud se dispersó.

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Desde el primer momento, el público asus iras contra los jugadores del Athletic y, especialmente, contra Belauste.

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A siete minutos del final,Belauste y Mariano Arrate, dos colosos, chocan en la disputa de un balón.

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El capitán realista cae al suelo tras el encontronazo y su hermano decide intervernir. Lo hace a su modo, soltando un puñetazo a Belauste.

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Un espectador le cede un bastón y el pequeño de los Arrate agrade de nuevo con él al rojiblanco.

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Se produce la invasión del campo. Los aficionados la emprenden a bastonazos con los jugadores del Athletic.

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Protegidos por los guardias, los rojiblancos logran guarecerse en una caseta que había en el campo.

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Una carga de los guardias permite a los jugadores y al árbitro acceder a la casa, cercana al ahabían cambiado.Estuvieron allí dos horas hasta que la multitud se dispersó.

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Desde el primer momento, el público asus iras contra los jugadores del Athletic y, especialmente, contra Belauste.

A siete minutos del final,Belauste y Mariano Arrate, dos colosos, chocan en la disputa de un balón.

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El capitán realista cae al suelo tras el encontronazo y su hermano decide intervernir. Lo hace a su modo, soltando un puñetazo a Belauste.

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Un espectador le cede un bastón y el pequeño de los Arrate agrade de nuevo con él al rojiblanco.

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Se produce la invasión del campo. Los aficionados la emprenden a bastonazos con los jugadores del Athletic.

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Protegidos por los guardias, los rojiblancos logran guarecerse en una caseta que había en el campo.

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Una carga de los guardias permite a los jugadores y al árbitro acceder a la casa, cercana al ahabían cambiado.Estuvieron allí dos horas hasta que la multitud se dispersó.

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Desde el primer momento, el público asus iras contra los jugadores del Athletic y, especialmente, contra Belauste.

A siete minutos del final,Belauste y Mariano Arrate, dos colosos, chocan en la disputa de un balón.

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El capitán realista cae al suelo tras el encontronazo y su hermano decide intervernir. Lo hace a su modo, soltando un puñetazo a Belauste.

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Un espectador le cede un bastón y el pequeño de los Arrate agrade de nuevo con él al rojiblanco.

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Protegidos por los guardias, los rojiblancos logran guarecerse en una caseta que había en el campo.

Se produce la invasión del campo. Los aficionados la emprenden a bastonazos con los jugadores del Athletic.

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Una carga de los guardias permite a los jugadores y al árbitro acceder a la casa, cercana al ahabían cambiado.Estuvieron allí dos horas hasta que la multitud se dispersó.

Fue allí donde los jugadores del Athletic, todos contusionados o malheridos recibieron la visita del presidente de la Real, un tipo gracioso que había presenciado la somanta sin decir esta boca es mía. «El Real Unión ha ganado 3-0», les dijo a los magullados, haciéndoles ver que los de Irún eran los campeones. Era mentira. El Real Unión había perdido en Jolaseta y el campeón era el Athletic, pero al presidente realista no le debió parecer oportuno consolar a los bilbaínos.

A porrazos

En aquella tesitura, en cualquier caso, lo de menos era conocer la identidad del campeón. El verdadero problema era salir de la caseta, cruzar la carretera y, llegar hasta la casa, cercana al campo, que los jugadores del Athletic habían utilizado como vestuario. Los guardias optaron por la estrategia fina: salieron zumbando, lanzando porrazos a mansalva y abriendo hueco entre la turbamulta para que los jugadores del Athletic y el árbitro pusieran pies en polvorosa como pudieran. Y la verdad es que pudieron mal. Aquello fue como una evacuación de heridos de guerra. Cojos varios, contusionados todos y alguno sin recuperar del todo el conocimiento acabaron cruzando la carretera y ganando la casa bajo una lluvia de piedras que alcanzó a Hurtado en la cabeza, al 'referee', a cuatro guardias y a un niño de doce años que resultó herido de gravedad.

El peor derbi vasco del siglo concluyó dos horas más tarde, cuando la multitud se dispersó y los sitiados pudieron emprender el regreso a Bilbao. Días después, Atotxa fue clausurado por un año y Arrate, suspendido por dos. Las madres de los futbolistas rojiblancos se negaron a dejar que sus hijos volvieran a San Sebastián, al menos hasta que les pasara el susto. El recuerdo de aquel partido tardó en olvidarse. Se necesitaron años para que las aguas volvieran a su cauce.

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