El Athletic alegra a sus vecinos

El Athletic alegra a sus vecinos

Los rojiblancos, prisioneros de sus errores en ambas áreas, vuelven a caer en un derbi como ya hicieron en Anoeta

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Acertaron los resignados, los cáusticos, los pesimistas, los desesperanzados. Todos aquellos, en fin, que están hasta el gorro de este Athletic crepuscular no esperan ya ni siquiera una pequeña satisfacción en forma de victoria en un derbi. Es lo mejor. Lo comprobamos en Anoeta y lo certificamos de nuevo, con idéntico resultado, en Mendizorroza. Muy superiores en la primera parte, los rojiblancos acabaron cayendo ante un Alavés muy práctico que agradeció un regalo monumental del Kepa para adelantarse justo antes del descanso y supo rematar la faena en la segunda parte. No hace falta decir que, como sucedió también en San Sebastián, la satisfacción de las gradas fue desbordante, el subidón, general. En fin, que otra cosa no hará este Athletic pero elevando la moral del vecindario está entre la élite mundial. Qué cosas.

3 Alavés

Pacheco; Martín, Laguardia, Maripán, Alexis (Wakaso, min. 53); Ibai Gómez, Tomás Pina, Manu García, Alfonso Pedraza; Munir (Ely, min.85) y Guidetti (Sobrino, min. 75).

1 Athletic

Kepa, De Marcos (Córdoba, min.65), Unai Núñez, Yeray, Iñigo Martínez, Saborit; Beñat, Mikel Rico (San José, min. 40); Muniain, Williams y Aduriz.

Goles
1-0, m.42: Guidetti. 2-0, m.60: Munir, de falta directa. 3-0, m.77: Ibai Gómez. 3-1, m-79: Muniain
Árbitro
Estrada Fernández (C. Catalán). Amonestó a los locales Maripán (min. 31), Munir (min. 34) y a los visitantes Beñat (min. 27), Saborit (min. 33), Yeray (min. 58), San José (min. 72) e Iñigo Martínez (min. 92).
Incidencias
Partido correspondiente a la trigésimo séptima jornada de LaLiga Santander, disputado en un repleto estadio de Mendizorroza de Vitoria con 19.458 espectadores. En el descanso del encuentro tuvo lugar un homenaje a la plantilla alavesista que ascendió a Primera División en la temporada 1997-98

Ziganda repitió la apuesta por los tres centrales. Se podía decir que era la prueba definitiva. Y no tanto porque solo quedaran dos partidos, sino por los precedentes antagónicos de este esquema. En Girona fue un desastre y, en cambio, ante el Betis funcionó como un reloj. Era necesaria una tercera oportunidad, por tanto, para poder extraer una conclusión con una mínima base empírica. Al cabo de los noventa minutos, sin embargo, hacer esta valoración ya no tenía sentido. Porque lo cierto es que, como engranaje, funcionó más o menos bien, pero no sirvió de nada. El fútbol es mucho más que sistemas y dibujos en la pizarra. Es solvencia y eficacia en las áreas; justo lo que no tuvieron los bilbaínos. Su desperdicio de jugadas de ataque -más que de ocasiones- fue sangrante.

Ahora bien, insistimos, aunque sea como una cavilación sobre el porvenir: al Athletic se le notó cómodo con su traje. Y esto es una gran noticia para un equipo que lleva ocho meses a disgusto, que si un día le tiran las sisas, que si otro le quedan las mangas muy largas, o el dobladillo deshilachado... El caso es no sentirse nunca lo suficientemente bien como para mirarse en el espejo, es decir, en el rival, y sentirse satisfecho. Que esto ocurra en las fechas en que nos encontramos, en la primavera florida aunque en Vitoria creyésemos estar en pleno invierno siberiano, resulta desconsolador. Pero es lo que hay. En lo que se refiere a juego, los rojiblancos fueron claramente superiores durante la primera parte. Que se fueran al descanso perdiendo tras un error clamoroso de Kepa en el minuto 44 que Guidetti supo aprovechar fue un accidente. O quien sabe si el resultado de una maldición que no terminará hasta que baje el telón de la temporada.

El Athletic dominó con autoridad, apoyado sobre todo en el buen trabajo de Beñat, Muniain, Williams y De Marcos, que disfrutaba jugando de carrilero, sin el agobio de tener que comprobar, en cada una de sus salidas al ataque, si había dejado bien cerrada la puerta de casa. De eso se encargaba Núñez. Beñat, por su parte, disfrutaba tocando sin agobios. Bajaba a recibir y se encontraba con el Alavés dentro de su campo, es decir, sin aprietos para maniobrar. No era fácil de entender la táctica del equipo de Abelardo, que parecía asumir su inferioridad de una forma exagerada. Pocos equipos se le han enfrentado al Athletic en su estadio con tantas reservas, metiéndose atrás sin ningún pudor y esperando que suene la flauta en alguna contra.

Esta táctica cicatera y reservona contrastaba, además, con el ambientazo habitual de Mendizorroza. La grada de animación no dejaba de cantar. Sonaban allí tambores de guerra y gritos de apoyo a sus gladiadores. La música y la coreografía empujaban al abordaje y el Glorioso, sin embargo, no salía de la cueva. Lo hizo dos o tres veces, sin apenas peligro ante la portería de Kepa, que se pasó la primera parte aburrido, haciendo ejercicios de gimnasia y estiramientos para no helarse. Quizá la inactividad con el balón tuviera algo que ver en la pifia del 1-0, un gol insospechado que terminó de coronar a Guidetti como ídolo alavesista. Natural. ¿O acaso no hemos admirado siempre a los guerreros vikingos?

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Pacheco, en cambio, tuvo trabajo. Y, sobre todo, necesitó jugar con los cinco sentidos. El Athletic hacía daño por la derecha, que era por donde se activaban las conexiones entre Muniain, De Marcos y Williams. Al delantero rojiblanco volvió a fallarle la puntería. Pegó un larguerazo en el minuto 20, hizo un pase horrible en una ocasión clamorosa poco después y mandó más tarde una volea casi a la tribuna de prensa. Aduriz, por su parte, obligó a lucirse a Pacheco con un buen disparo desde el borde del área. Sólo con este recuento de ocasiones valdría para asegurar que el Athletic estaba por el buen camino y que su objetivo no podía ser otro que perseverar en la segunda parte; a ser posible poniendo a su juego una punta más de velocidad.

Pues bien, esto es justo lo que no hizo y algo tuvo que ver en ello la presencia de San José, que había salido por Mikel Rico en el minuto 41 tras lesionarse el centrocampista de Arrigorriaga. El tran-tran del navarro, unido a sus problemas irresolubles con el balón, fueron un lastre muy pesado para los rojiblancos, que a la hora de juego acabaron recibiendo la puntilla. En el que era el segundo remate a portería del Alavés en todo el partido, Munir clavó una falta directa con maestría. Faltaba media hora y apenas sirvió para que Ibai Góméz hiciera de volea el 3-0, Muniain tuviera un premio a sus ganas haciendo el gol de la honrilla tras un córner y, sobre todo, que la afición de Mendizorroza se divirtiera de lo lindo. A estas horas juraría que siguen cantando.

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