Entre el alivio y el disgusto

Entre el alivio y el disgusto

El Athletic aprovecha la visita del colista para volver a ganar en la Liga, pero no se libra de los pitos de San Mamés por su nefasta segunda parte

JON AGIRIANO

En primer lugar, por supuesto, la noticia: el Athletic volvió a ganar un partido de Liga y ya tiene 31 puntos. Quiere decir esto que, en lo que resta de temporada, salvo hecatombe, el hincha rojiblanco podrá sufrir de otras cosas, astenia primaveral, mal de amores, melancolía, aburrimiento, incluso paperas, pero la lucha por la salvación no será una de ellas. Dicho esto, lo esencial, vayamos al segundo nivel de importancia. Por primera vez, Ziganda escuchó gritos pidiéndole que se vaya y el Athletic se ganó una nueva pitada. Y eso pese a obtener la victoria. La razón fue la respuesta del equipo tras el descanso. Tras firmar una buena primera mitad, de las mejores de este ejercicio, los rojiblancos se disolvieron en la vulgaridad de costumbre en la segunda. Hasta el punto que tuvo que ser Kepa, con tres intervenciones soberbias, sobre todo un penalti en el minuto 60, el que evitó el empate del Málaga y quién sabe si algo peor.

2 Athletic

Kepa; De Marcos, Yeray, Iñigo Martínez, Lekue (Saborit, m.74); Susaeta, San José, Beñat (Williams, m.82), Córdoba (Iturraspe, m.65); Raúl García y Aduriz.

1 Málaga

Roberto; Rosales, Miguel Torres (Bueno, m.82), Luis Hernández, Diego González; Lestienne (Rolan, m.57), Adrián (Lacen, m.36), Iturra, Chory Castro; En-Nesyri e Ideye.

Goles
0-1, m.12: En-Nesyri. 1-1, m.17: Susaeta. 2-1, m.44: San José.
Árbitro
Hernández Hernández (Las Palmas). Expulsó a En-Nesyri, en el minuto 84, por doble amonestación. Además, mostró tarjeta amarilla a los locales Iñigo Martínez (m.14), Lekue (m.61), De Marcos (m.63), y a los visitantes Diego González (m.24).
Incidencias
Partido correspondiente a la vigésimo quinta jornada de LaLiga Santander disputado en San Mamés ante 37.518 espectadores, según datos oficiales. Un puñado de ellos seguidores visitantes. Antes del partido se guardó un respetuoso minuto de silencio en memoria de Inocencio Alonso, el ertzaina muerto el pasado jueves en los aledaños de San Mamés en los incidentes anteriores al Athletic-Spartak.

A la gente le sentaron como un tiro los segundos 45 minutos. Y con razón. No había ningún motivo para que el Athletic reculara, comenzara a arrugarse y se pusiera a jugar con fuego. Hay que ser muy cenutrio, o tener una desconfianza absoluta en tus posibilidades, para no entender que era mucho más peligroso dejar de ocupar el campo rival y permitir que el colista se creciera que continuar como hasta entonces, dominando y buscando el gol. Pocas veces en los últimos meses se le ha visto al equipo terminar una primera parte con una inercia tan positiva, atacando, creando ocasiones y mereciendo el tercer gol. Pues bien, de la misma manera hacía mucho tiempo que no se le veía desperdiciar de una manera tan miserable ese capital. Al público, que había visto en el partido una buena oportunidad para disfrutar después de tanta abstinencia, le sentó como un tiro.

El Athletic salió ayer con propósito de enmienda, consciente de lo mucho que se jugaba y de que al vaso de la paciencia de la afición le falta una sola gota para desbordarse. El equipo se estiró con más tensión que otras veces y buscó las bandas desde el pitido inicial; algo a lo que contribuyó la entrada en el once de Córdoba y el regreso de Susaeta a su lugar natural por la derecha. La cosa era sencilla, pero tenía sentido. Los jugadores de Ziganda comenzaron a sentirse dominadores, es decir, a experimentar una sensación nueva en el último mes y medio. Y les debió gustar ese cosquilleo porque, tras encajar el 0-1 en la primera llegada del Málaga -un centro de Lestienne que En Nesyri embocó de volea-, el equipo siguió a lo suyo, sin inmutarse.

Queremos decir que no se derrumbó y se puso a mirarse las llagas con cara de lástima. Se mantuvo en el carril y apenas tardó cuatro minutos en empatar en una bonita combinación entre De Marcos y Susaeta. El eibarrés estaba ‘on fire’ -por cierto, cuando está así se podía corear su nombre como hace con Will Grigg la hinchada del Wigan- y se mereció el gol, que tuvo un valor enorme. No solo bajó de la nube a un Málaga ramplón hasta decir basta sino que reafirmó a un Athletic que corría el riesgo de torcerse a poco que pasaran los minutos y empezaran las prisas. En fin, que el 1-1 pasado el cuarto de hora fue mano de santo para los pupilos de Ziganda.

Hasta el descanso, protagonizaron un monólogo. Lo suyo era un a, b, c, un guión básico, aunque efectivo. Fue inevitable, por tanto, que en las gradas de San Mamés se elevara una pregunta general. ¿Tan difícil era hacer esto? ¿Acaso había que ser doctor en Harvard? Pues, no, claro que no. Bastaba con una voluntad férrea y con que los jugadores ofrecieran un rendimiento razonable. Tampoco se les pedían virguerías. Simplemente, dinamismo y un mínimo básico de precisión en los pases. Con esto fue suficiente para que disfrutaran De Marcos y Susaeta, para que se hicieran presentes Beñat y San José tras largos meses en el lado oscuro, o para que Aduriz y Raúl García tuvieran al menos la percepción de que estaban allí para culminar jugadas y no para sacar de sus chisteras palomas, conejos y hasta señores de Murcia de paso por Bilbao. Estamos hablando del mejor Athletic del año 2018. Acabó marcando el 2-1, en una gran volea de San José en un córner, y mereció el tercero. Lo tuvo Raúl García en el minuto 44 tras un pase magnífico de Susaeta.

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Así estaba el partido. No solo perfectamente encarrilado, sino preparado en todos los sentidos para que el Athletic disfrutara con el fútbol y se hiciera perdonar un poco tantos suplicios de las últimas semanas. Pues bien, fue un espejismo. El equipo se fue aplatanando hasta acabar convertido en el alma en pena ya conocida. Sin nada que perder, los andaluces se fueron hacia arriba y comenzaron a importunar a Kepa. Primero fue un cabezazo alto de En Nesyri, luego una jugada del Chori y después un penalti de Lekue como para comer cerillas. Primero por el fallo de marcaje y luego por la manera de derribar con la mano a Rosales.

Kepa, sin embargo, salvó los muebles con una parada excepcional. Los rojiblancos se dedicaron a partir de entonces a defender -el cambio de Iturraspe por Córdoba lo dijo todo- y el portero de Ondarroa tuvo que volver a lucirse en un par de ocasiones más, sobre todo en un cabezazo de Rolan en el minuto 77. La gente comenzó a morderse los nudillos de la indignación y acabó con un mosqueo de campeonato. Debería tener cuidado Ziganda. Puede que Urrutia le aguante todo, pero el público ya ha perdido la paciencia y, sin apuros en la tabla, no va a permitir más espectáculos lamentables.

 

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