Sin una gota de inspiración

El Athletic estuvo aplicado y trabajador, pero le faltófilo para culminar sus constantes llegadas al área

Juan Carlos Latxaga
JUAN CARLOS LATXAGA

Osasuna le quitó el campo al Athletic en el sorteo previo. Los rojiblancos tuvieron que atacar la portería norte en el primer tiempo, en contra de su costumbre. La cosa no tiene más trascendencia, pero es la demostración de que los viejos trucos perduran en este deporte. Se trata de incomodar al rival, comerle la moral desde antes del minuto uno a ser posible. De momento, parece que la tecnología no es capaz de acabar con los viejos usos, lo que no deja de ser una buena noticia. Que lo del sorteo de campos no pase de lo anecdótico no excluye que tenga su pequeña influencia al menos durante unos minutos, ya saben, aquello de los pequeños detalles llevado al extremo. Lo cierto es que el Athletic empezó el partido un tanto incómodo, como a contrapié, o eso pareció durante un cuarto de hora en el que Osasuna estuvo más tranquilo de lo previsto. Les costó a los de Valverde entrar en el partido, y su floja puesta en escena fue como una premonición de lo que vendría después: un Athletic aplicado y trabajador, pero sin filo y sin una gota de inspiración para culminar con éxito eso que ahora se llaman jugadas prometedoras.

Y hubo unas cuantas hasta el descanso porque Osasuna, una vez logrado su propósito de parar la primera embestida, pareció conformarse con asumir el papel que tradicionalmente se asigna al visitante, el de equipo aplicado en defender a la espera de un golpe de fortuna en alguna jugada suelta. No fue el caso, aunque a punto estuvo, porque, aunque con retraso, el Athletic acabó tomando las riendas y llevó el partido al área rival, de donde apenas salió hasta el final. Tuvo que ver con que Osasuna solo hizo honor a medias a la letra de su himno. De lo de equipo valiente y luchador solo cumplió la segunda parte. Luchar si que lucharon los de Arrasate pero solo para interceptar, para incomodar, para impedir que el juego del Athletic fluyera con regularidad.

Los de Valverde lo tuvieron que fiar casi todo a los buenos envíos largos de Yeray y a la velocidad de los Williams en las bandas. La intermitencia de Sancet hacía que el equipo dibujara una línea irregular de rendimiento. A medida que Zarraga entraba en calor esa línea fue picando hacia arriba, pero nunca lo suficiente como para atravesar las posiciones de un Osasuna que defendía más por acumulación que por calidad. Lo malo para el Athletic es que en sus filas también faltó la calidad imprescindible para tomar la decisión correcta en el momento adecuado, para centrar donde hubiera una camiseta rojiblanca y no al amigo invisible, para atreverse con un disparo desde el borde del área, una suerte que, salvo noticia de última hora, sigue estando permitida por el reglamento.

El Athletic volvió a pagar muy cara su dichosa falta de precisión, una carencia que es algo más que un tópico. Durante muchos minutos pareció que el partido acabaría cayendo del lado rojiblanco por su propio peso. Pero los méritos no cuentan en este negocio, y las victorias morales solo son el triste consuelo de los impotentes. Si hacemos balance los dos porteros salieron a una intervención decisiva por cabeza. Aitor Fernández le hizo un paradón a Guruzeta en la primera parte y Unai Simón salvó los muebles en un mano a mano con Manu Sánchez en el minuto 89. Hubiera sido el colmo que Osasuna se llevara los tres puntos, pero al Athletic ya se los birló el Espanyol en un partido muy parecido en el arranque de la temporada. A Osasuna no le salió el plan porque el portero internacional consiguió no quedarse helado después de pasarse noventa minutos viendo el partido de lejos. De hecho, estuvo más despierto que todos sus compañeros; porque, aunque al árbitro se le hubiera ocurrido decretar una de esas prolongaciones casi eternas del pasado Mundial, el marcador habría sido el mismo.