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A Aduriz ya solo cabe pedirle el favor de que ayude al equipo a encarrilarse en los dos próximos meses

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Jon Agiriano
JON AGIRIANO

El héroe providencial también es un arquetipo del fútbol. Hace poco escribía de uno de ellos, Jupp Heynckes, bromeando con la posibilidad de que el Bayern, asustado por la mala racha de resultados y su insólito sexto puesto en la Bundesliga, acudiera de nuevo a él como salvador. Y es que no era difícil imaginar a Hoennes y Rummenige tocando la puerta de la casa de Jupp, toc, toc, pidiéndole por favor que regresara y jurándole que, tras este último favor, le dejarían en paz para siempre. No es el mismo caso, pero esta semana tengo con Aduriz una sensación similar. Hasta el punto de que empiezo a sentirme un poco incómodo, como si estuviera siendo injusto al depositar de nuevo mi confianza –mis esperanzas, sería mejor decir– en un futbolista que está a punto de cumplir 38 años y lo normal es que estuviera ya retirado.

 

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